Nombre: Django sin cadenas
Categorías: Drama, Acción, Western, Romance, De época
Director: Quentin Tarantino
País: Estados Unidos
Año: 2012

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Iván Gallo * * *
Caro Morales * * * ½

Django sin cadenas (2012)

Quentin extraña a Sally

Los problemas de Django empezaron el 27 de septiembre de 2010 cuando fue encontrada sin vida al fondo de un abismo Sally Menke, la legendaria montajista de Tarantino. Contrario a lo que se piensa, lo mejor de sus películas no está en sus enrevesados y a veces incomprensibles guiones sino en un concienzudo trabajo de moviola que le daba a sus trabajos un ritmo único. Cuentan los que están cerca del creador de Perros de la reserva que acostumbraba a llegar a la sala de montaje con cientos de hora de metraje, los dejaba sobre una mesa de metal y de allí se iba a una de sus fiestas interminables. La pobre Menke, tenía que empezar a armar las piezas de este rompecabezas sin tener ninguna guía que seguir.

Las primeras críticas hablaban de una obra maestra. Los fans recibimos los comentarios alborozados; era mentira eso de que el Dios Quentin necesitaba de una montajista para hacer de sus películas un festín audiovisual, un acontecimiento contracultural que no se vivía desde los setentas, cuando el cine norteamericano se convulsionaba como una serpiente epiléptica. Desde siempre él había expresado su admiración hacia el spaghetti western. Su fervor no sólo se restringía a las obras maestras de Sergio Leone sino a todas esas películas imperfectas de Damiano Damiani y Sergio Corbucci. Precisamente de este último tomaba el nombre de una de sus películas para hacer su particular homenaje.

No es como se ha dicho un remake de ese clásico protagonizado por Franco Nero (quien acá hace una breve aparición) así al principio en los créditos creamos que estamos viviendo un déjà vu. En la primera parte de la película los ingeniosos recursos de Tarantino (el chiste de las capuchas del Klu Klux Klan, la manera en que el doctor Shultz ejecuta a los bandidos) no son un obstáculo para que la película fluya. Creemos hasta acá que estamos en presencia de un anti-western, de una declaración de principios en torno al llamado “género de géneros”.

Pero después de la primera hora empieza a pasar factura el hecho de que Tarantino confíe a ciegas en un guión inconcluso, hecho a trompicones, creyendo que su inmenso talento puede salvar las enormes lagunas dentro de una historia endeble, débil y demasiado larga. Los defectos narrativos son todavía más notorios cuando dejándose llevar por su ego alarga el relato innecesariamente.

Aceptamos en Bastardos sin gloria que destruyera  el género bélico y haya usado la Segunda Guerra Mundial como una excusa para hacer una de sus películas- tributo. Acá intenta hacer lo mismo pero fracasa estrepitosamente, no porque rompa los códigos del western sino porque Django sin cadenas es el salpicón incongruente de un genio. Por ahí hay destellos: Leonardo Di Caprio interpreta a un malo de antología; Christoph Waltz encarna a un dentista que cansado de no hacer plata se dedica a algo más rentable: cazar bandidos y cobrar las jugosas  recompensas. Un irreconocible Samuel Jackson logra acá una de las mejores interpretaciones de su carrera. Cuando ninguno de ellos tres está recae el peso de la película en su protagonista, Jamie Foxx y es ahí, en ese punto, cuando nos damos cuenta de lo endeble del relato. Soportamos las casi tres horas gracias a tres grandes actores; cuando se van queda el vacío. Foxx representa un rotundo error de casting: no nos interesa que vaya a buscar venganza en la plantación de Candie, no le creemos y a su mujer menos, por mí que alguien los mate a latigazos y que me dejen salir de la sala a ver otra película. La vida es demasiado corta para estar amarrado tres horas a una butaca.

Lo que antes se arreglaba en la sala de montaje ahora no porque Sally Menke ha muerto. Sus detractores van a estar felices, los que dicen que sus películas han envejecido mal van a salir a gritar “se los dije”. Lamentablemente para ellos esto tampoco es así. Dentro de Django hay momentos de genialidad, muy seguramente con el tiempo se convertirá en una película de culto. Le faltó a una mano segura con unas tijeras sacar de adentro de este filme larguísimo el maravilloso western que está sepultado entre tanto diálogo largo y pretencioso, entre tantas secuencias hechas por capricho, para demostrar que su guionista y director conoce el género tan bien que puede destruirlo.

Por lo pronto en taquilla le ha ido bien, lo que le garantiza que sus mentores, los hermanos Weinstein, seguirán dándole todo lo que necesite. Pocos directores hoy en día tienen vía libre en el presupuesto: nadie toca un fotograma sin autorización de Tarantino. Debería aprovechar mejor esa libertad y dejar de dárselas de genio, detener por un momento su ambición de recorrer todos los géneros y volver a esas historias sencillas y locas, a las calles sucias de hampones comunes y corrientes que tan bien supo retratar al principio de su carrera.

Django sin cadenas es un exceso, una indigestión de citas, guiños y homenajes que no debería volver a ocurrir, no sólo para bien de Tarantino sino de este decadente cine nuestro de cada día.

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