Nombre: Atormentado
Categorías: Drama, Suspenso, Misterio
Director: Jeff Nichols
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Andrés Rodelo * * * ½

Atormentado (2011)

Un profeta

Si algo nos enseñó Ingmar Bergman en El huevo de la serpiente fue que predecir la posteridad resultaba sencillo en ocasiones. El presente convulsionado es aquel síntoma que —en diversos periodos de la historia— sirve como indicio deparador de un mañana funesto: “El futuro es como el huevo de una serpiente: a través de la delgada membrana se puede distinguir un reptil ya formado”, sentencia Bergman hacia el final del metraje, apelando a la nitidez del porvenir.

Curtis LaForche (Michael Shannon) no podría ver ese reptil de manera más clara. El personaje protagonista de Atormentado (2011) le da un férreo significado premonitorio a las pesadillas que lo increpan en medio de la noche: cercó a su perro tras soñar que le mordía el brazo hasta el hueso y pidió que retiraran a su compañero de trabajo Dewart del equipo de construcción, ante el presagio onírico de una potencial amenaza.

Desea esquivar el infortunio. Está convencido de que sus visiones lo tienen un paso adelante de los acontecimientos. En la descampada Elyria (Ohio) empiezan a mirarlo con preocupación, pero ahora lidia con asuntos de mayor importancia: construir un refugio que proteja a su esposa Samantha (Jessica Chastain) y a su hija ante la llegada de una tormenta que, asegura, arrasará toda la ciudad.

La segunda película del estadounidense Jeff Nichols es una pequeña hazaña. Y digo pequeña porque su trazo minimalista y austero contrasta con el carácter ostentoso de producciones adscritas al cine de catástrofe como las ideadas por Roland Emmerich o M. Night Shyamalan, entre otros, que ajustan sus propósitos a la pirotecnia visual y a la recaudación taquillera. No obstante, la diferencia no solo se refiere a este aspecto, sino también a los resultados artísticos.

El estandarte de esta obra no puede ser otro que la actuación de Shannon, quien expresa de manera milimétrica el desmoronamiento mental de este ser generador de sentimientos contradictorios —desde una lastimera benevolencia hasta un angustioso temor— que bajo la caracterización de su protagonista sitúa al espectador en la introversión de un hombre subyugado por el miedo.

Aunque si observan con cuidado notarán que más allá de las claras referencias bíblicas de la catástrofe natural o del tono apocalíptico, se encuentra una alusión más interesante. Qué más puede representar ese hombre que construye un refugio de tormentas ante la mirada incrédula de su comunidad sino el pasaje del arca de Noé. Un profeta que atiende a aquella señal para iniciar una empresa soportada en su furioso discurso: “¿Creen que estoy loco?, pues escúchenme, ¡una tormenta se avecina!, ¡una como nunca han visto antes!, una para la que no estarán preparados”, advierte a sus vecinos bajo el reparo temeroso de su familia.

Esto transcurre al margen de otra línea argumental que se antoja poco obvia ante el protagonismo del desequilibrio psicológico, aunque no por ello es menos importante. Se trata de las secuelas de la crisis económica actual, manifestadas en las dificultades de Curtis por conseguir un préstamo que le permita construir el refugio, o en los innumerables trámites que afronta con el fin de convencer al sistema sanitario de su país para que apruebe una cirugía que le permita oír a su hija.

Esa pequeña provincia obrera del noreste de los Estados Unidos que conserva la belleza del paisaje rural, distante del grisáceo progreso y de la metrópoli americana, aunque asolada por el voraz efecto de la crisis, no es más que otro motivo para revalidar el alcance del problema.

A medida que avanza Atormentado el espectador empezará a sospechar que el origen de todos los males radica sólo en la mente de Curtis. El objetivo de proteger a sus allegados tendrá el efecto contrario cuando éstos reprochen la irracionalidad de sus actos. El actor Albert Finney dijo en The dresser: “¡Yo soy la tormenta!”. Intuyo que en boca de Curtis tendría también mucho sentido.

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