Nombre: Tenemos que hablar de Kevin
Categorías: Drama, Basado en una novela, Crimen, Horror
Director: Lynne Ramsay
País: Reino Unido
Año: 2011

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Samuel Castro * * * *

Tenemos que hablar de Kevin (2011)

Para qué hablar si podemos ver

“Es mejor no hablar de eso”. Esa es la frase que escuchamos cuando alguien hace una pregunta incómoda. Porque las preguntas incómodas son tan terribles, que preferimos mirar para otro lado y hacernos los que no entendemos. ¿Por qué habríamos de cuestionar algo tan sagrado como la maternidad, por ejemplo? ¿Para qué preguntarnos por la posibilidad de que la maldad sea algo que surge espontáneamente? Lo más fácil es decir que todo hijo es una bendición y que ninguna violencia puede ser gratuita. Pero claro, los verdaderos artistas no son los que se van por el camino fácil.

La directora escocesa Linne Ramsay toma el libro Tenemos que hablar de Kevin, ganador del premio Orange en 2005, y lo adapta a la pantalla grande de una forma que sólo puede calificarse de ejemplar. Desde el comienzo mismo, cuando acompañamos a Eva (nombre que alude, por supuesto, a la culpable del pecado original según el catolicismo) a recibir extasiada la marea humana color sangre que la salpica en algún festival del tomate europeo, comprobamos que ninguno de los planos de esta historia, preciosamente filmada y fotografiada, está puesto al azar. El rojo de aquella situación luego de la cual Eva quedará embarazada de Kevin, se repetirá a lo largo de toda la película, en distintos objetos y circunstancias. Rojo es el número del reloj de mesa, en el primer minuto de la existencia del niño. Roja es la pelota que ese infante de mirada asesina nunca le devuelve a su mamá cuando están jugando. Rojas son las latas de sopa, tras las cuales se oculta Eva en un supermercado, para escapar a la ira de las víctimas de su hijo.

Porque es ella la que deberá pagar las culpas por lo que ha hecho Kevin. Es ella la que tendrá que lavar la mancha (incluso literalmente) con la que ha quedado marcada para siempre. Para los demás, Eva simplemente es la mamá del monstruo; la que no supo educarlo; la que debería podrirse en el infierno, como le dice alguna vecina después de abofetearla. Pero nosotros, que la acompañamos durante casi dos horas de inquietud y de angustia (si usted está buscando una película para salir feliz de la sala de cine, escoja otra), en una narración que viajará sin cesar del pasado inmediato al más lejano, en distintos saltos temporales, sabemos que no es así. El rostro y la actuación casi sobrenatural de Tilda Swinton como Eva, nos ayudan a entender su drama, a ponernos de su parte cuando camina desesperada con ese bebé iracundo que no para de llorar, cuando respira aliviada al poder camuflar aquellos berridos con el repiqueteo de un taladro de construcción. No, esta no es la mamá perfecta que nos ha vendido siempre el cine. Esta es una mujer real en una situación extraordinaria, que se pregunta muchas veces si no habrá sido ella, con el rechazo inicial hacia su embarazo, la causante de la desgracia que la persigue.

Linne Ramsay ha decidido hacernos las preguntas difíciles y presentarnos las respuestas con unas imágenes tan poderosas que, aunque quisiéramos, no podemos mirar para otro lado.

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