Nombre: Balada triste de trompeta
Categorías: Drama, Terror, Romance, Guerra, Comedia dramática, Histórica, Crimen, Horror, De época, Thriller
Director: Alex De la Iglesia
País: Espa
Año: 2010

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * ½
Pedro Felipe * * * ½

Balada triste de trompeta (2010)

Una película de transición

Al terminar de ver Los crímenes de Oxford (2008) nadie podía dejar de preguntarse si aquella era realmente una película de Alex de la Iglesia. No lo parecía, al menos a simple vista, con sus protagonistas hablando en inglés y midiendo las consecuencias de cada uno de sus actos, en una actitud que no tenía nada que ver con la de aquellos personajes impulsivos que siempre han vivido en su cine. Es cierto que eran matemáticos, lo que explicaría su comportamiento meticuloso, pero también era verdad que aquella adaptación de una novela argentina era un bicho raro dentro de una filmografía que nunca ha tenido nada de sutil. Uno podía entender que ante las necesidades de una coproducción como aquella, con dinero inglés y francés involucrado, el estilo del español, esa mezcla única entre la comedia y lo grotesco, tuviera que quedar reservada para las digresiones visuales que se permitía de vez en cuando el relato, pero también cabía esperar que ante tanta contención, la siguiente película del vasco sería un “viaje a la semilla”: el retorno a la senda exitosa que con vísceras, sangre y excrecencias ha labrado Alex de la Iglesia desde aquella asombrosa Acción mutante de 1993.

Y la corazonada se cumplió. Balada triste de trompeta es el rompimiento de un embalse, el banquete pantagruélico que causa una indigestión, el grito de alguien que ha estado callado a la fuerza. Todo en esta fábula macabra es extremo: una fotografía que privilegia lo estético a lo verosímil, usando con astucia los claroscuros entintados del cómic; un ritmo narrativo que no descansa, que apenas deja tiempo para que el espectador se pregunte por qué los personajes de la historia parecen a veces declamando sus parlamentos y una banda sonora que no le teme a la grandilocuencia, incluso machacando hasta el cansancio en algunas secuencias, la canción de Raphael de la cual han tomado prestado el título.

Podría pensarse que esta canción es un adorno banal de la película pero si la escuchamos y la vemos con atención, nos da varias pistas acerca del sentido de la misma. Su letra es muy clara: “Con tanto llanto de trompeta, mi corazón desesperado va llorando, recordando mi pasado”. Eso es, ni más ni menos, lo que tenemos acá: los recuerdos del niño (con todo lo que eso implica en cuanto a fantasía y manera de contar) que era Alex de la Iglesia acerca de esa España que a comienzos de los setenta, esperaba, dividida en dos bandos ideológicos irreconciliables, la muerte de Franco como el punto de partida para ser otra cosa, para que el circo cambiara de dueño.

El de la canción no es un video musical cualquiera en el que Raphael salga vestido de payaso (la más obvia de las conexiones con Balada triste de trompeta), es una secuencia de Sin un adiós (1970) de Vicente Escrivá, una de aquellas películas que bajo la dictadura llenaban las pantallas españolas de historias moralmente aleccionadoras y que hacían parte de esa bipolaridad en la que los españoles de la generación de Álex de la Iglesia crecieron: por un lado, la vida real, dura y descarnada de todos los días y por el otro, el país de Jauja que trataban de venderle a la gente en el telediario. Dos realidades: una muy triste para querer aceptarla, y otra muy tonta para que alguien pudiera creérsela.

Actos de payasos

Un payaso tonto y un payaso triste. Esos son los dos personajes principales de Balada triste de trompeta. El payaso tonto, el que hace reír a los niños con su torpeza, el que llena las butacas del circo, es Sergio, interpretado por uno de los mejores actores españoles en la actualidad: Antonio de la Torre, quien realiza una caracterización poderosa, haciendo que detestemos a ese tipo inmaduro y agresivo, que no duda en golpear a cualquiera que le lleve la contraria o que no entienda sus chistes. El payaso triste es Javier, al que Carlos Areces le imprime una carga de patetismo y melancolía que nos hace estar de su lado en la conquista de Natalia, la mujer de Sergio (una Carolina Bang que luce demasiado forzada tratando de encajar en el tono de la cinta), la equilibrista que aparece en la historia de la misma manera en que terminará, descolgándose desde las alturas ayudada por una tela. Los tres hacen parte de un circo pobre, en el que no faltan los personajes patéticos, como aquel hombre-bala incapaz de completar su acto con éxito, o el domador que adora a la elefanta que aplastó a su mujer.

A este triángulo amoroso llegamos después de ver unos créditos donde se superponen astutamente los rostros de protagonistas de dibujos animados de los setenta, con las fotos y las imágenes de los personajes españoles más reconocidos de aquellos años, en una clara declaración de principios: lo que vamos a ver es una historieta de malos y buenos, de Tom y Jerry peleando sin sentido con armas cada vez más temibles. Y además de los créditos tenemos un prólogo que, a pesar de su energía e indudable calidad audiovisual, parece puesto para justificar la transformación futura de Javier en una máquina vengativa que sólo piensa en hacer daño. Como si a sabiendas del desmadre que viene después, de la Iglesia quisiera asegurarse de recordarnos que ya nos lo había advertido.

En general cuando los payasos hablan en sus actos, pocas veces entendemos las palabras que pronuncian. Pasa lo mismo con Balada triste de trompeta: está tan concentrado su director y guionista en hacer un montaje rococó que asombre a su público (con un clímax final que se desarrolla en la emblemática construcción del Valle de los Caídos), tan absorto con su propia exageración narrativa y con la apariencia de sus personajes principales (el uno convertido en un pedazo de carne con una sonrisa maligna y el otro, ataviado con una especie de disfraz de cardenal que le recuerda a la iglesia española lo payasa que fue bajo el mando de Franco) que deja que el drama que había comenzado a narrarnos se diluya en medio de la pirotecnia y el griterío. Probablemente sea la exageración lo que hizo que el jurado de Venecia en 2010 (presidido por Quentin Tarantino, indudable admirador de este tipo de cine) le otorgara el premio al guion y al director del Festival, pero son también esos excesos sin explicación, los que generan desconcierto en buena parte del público cuando ve la cinta.

Al final, cuando se acaba la película, queda claro que en el objetivo de ajustar cuentas con la historia, Alex de la Iglesia gana por nocaut. Pero en el de retornar al cine que de él conocemos, pierde la pelea por sobrepeso.

Crítica publicada originalmente en Revista Kinetoscopio, Edición 97, www.kinetoscopio.com

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