Nombre: Martha Marcy May Marlene
Categorías: Drama, Suspenso, Religiosa, Misterio, Crimen, Horror
Director: Sean Durkin
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Andrés Rodelo * * *

Martha Marcy May Marlene (2011)

Fuera de sí

En el transcurso de una vida mentalmente sana resulta ineludible ponerse en la piel de quien padece alguna clase de desorden psíquico. Usted y yo hemos querido probar, en cierto momento de nuestras existencias, lo que supone estar aislado de la realidad bajo los efectos de una patología de estas características, bien sea a manera de comprensión o de curiosidad.

Aunque, por más que pretenda saberlo, por más que se indague para definir esta condición, el buen estado de su mente será siempre el impedimento máximo para comprobar lo que significa. De allí que el cine –gracias al lazo de identificación que entabla con el espectador– sea una manera de entender lo que podría estar sucediendo en una mente convulsionada.

No obstante, gran parte de las películas que abordan el tema del desequilibrio psicológico dan rienda suelta a las consecuencias externas que esto conlleva, sustentando la génesis de la enfermedad en la violencia o en personajes con más rasgos de asesinos en serie que de lunáticos, dos entidades que los clichés del cine han convertido, forzosamente, en sinónimos.

Martha Marcy May Marlene (2011), la ópera prima del cineasta canadiense Sean Durkin, se empeña en ser una experiencia de una hora y media de duración cargada de la dignidad que precisa el asunto. Narra la historia de Martha (Elizabeth Olsen), una joven que huye de una secta para vivir con su hermana mayor y su cuñado tras dos años de incomunicación. Lo hace con un cruce de tiempos y espacios, soportado en una estructura dramática que recorre los hábitos y vejaciones a las que fue sometida la protagonista en el clan al que pertenecía, hasta llegar a las secuelas que deja su pasado en el diario vivir junto a su hermana, en clave de flashbacks.

La situación se complica cuando la cordura de Martha empieza a desmoronarse a medida que avanza el metraje: lo que en un principio eran pequeños indicios de una actitud singular, hacia el final es la confirmación de algo que está fuera de control, revelándose en escenas como aquella en la que la protagonista irrumpe en la cama de su hermana cuando está teniendo sexo –bajo la inocente excusa de dormir allí porque había más espacio– o aquella en la que se sumerge en un lago desnuda sin sentir pudor ante quienes la observan con sorpresa.

Martha no entiende el enfado de su hermana ante esta clase de situaciones, su reacción es como la de un niño que se esfuerza por comprender el mundo. En la secta, estaba acostumbrada a que las emociones se sometían al escarnio público, dejando a un lado la necesidad de la intimidad y gestando una moral colectiva en la que eran legítimas varias de las prohibiciones de la sociedad en la que ahora vive. Pronto, la paranoia y su incapacidad de amoldarse a las nuevas dinámicas terminarán acabando con lo que resta de su juicio.

Lo que hace de Martha Marcy May Marlene una propuesta interesante es la intención de su director de adaptar los síntomas del personaje a la expresión del lenguaje cinematográfico. Encausa a partir del montaje una manera efectiva de evidenciar el daño neuronal de su protagonista: la estructura dramática viaja del presente al pasado con plena libertad, en aras de que el espectador sufra la dificultad que tiene Martha de distinguir entre esos estados temporales. Sin embargo, esta apuesta no se realiza de forma deliberada –con cámaras vertiginosas o un montaje ininteligible que denote aquella locura- sino que al contrario, confecciona con sutileza, mecanismos encaminados al sentir y menos al espectáculo.

Tras verla se antoja necesario reflexionar sobre las etiquetas morales que asume el ser humano en el transcurso de su vida: esas normas que le indican qué debe hacer o no y en qué momento, esas cláusulas pactadas socialmente que hemos aprendido a interiorizar y que nos atan a los límites de la sensatez, esas que Martha olvidó para desprenderse de un mundo que no logra comprender. En una realidad paralela, si los locos fueran mayoría, quizá nosotros ocuparíamos sus lugares.

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