Nombre: El precio de la codicia
Categorías: Drama, Política, Basado en hechos reales, Histórica
Director: J.C. Chandor
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Samuel Castro * * *

El precio de la codicia (2011)

Cifras y palabras

Los datos nunca mienten. Los que mienten son las personas encargadas de interpretarlos. Pero para aquel que sabe leerlos, los datos son incluso más transparentes que el lenguaje que hablamos. Esa es la explicación del gesto de miedo que hace Peter Sullivan frente a su pantalla, leyendo los análisis que le acaba de pasar su jefe en una memoria USB, antes de ser despedido de la firma financiera en la que trabajan. Ahí está el mensaje, claro como el agua: no habrá mañana ni supervivencia si no hacen algo antes de que abran los mercados.

De eso se trata El precio de la codicia. De lo que ocurre en esta firma, que podría llamarse perfectamente Lehman Brothers, cuando un analista descubre que los cálculos en los que se basa la estabilidad financiera de la compañía están mal. A partir de ese momento, las llamadas, las juntas, las reuniones secretas, se sucederán una tras otra, mientras vamos conociendo a los compañeros y jefes de ese joven, cada uno con una personalidad definida en pocas palabras y en algunos gestos sutiles por un elenco que cualquier superproducción millonaria querría tener: Kevin Spacey, Jeremy Irons, Paul Bettany, Demi Moore, Stanley Tucci. Todos reunidos gracias a un excelente guión original que fue nominado al Oscar, y que logra hacer un drama muy creíble sobre la crisis de 2008 de la que todavía el planeta no se repone.

Frente a lo que logran las palabras cuando están bien escogidas, a los datos les falta emoción. Porque una cosa es saber —como nos lo contó de forma estupenda el documental Inside job— que en la crisis los principales directivos de los bancos más grandes de Estados Unidos conservaron sus bonificaciones mientras el mundo se caía a pedazos, y otra escuchar aquí, asombrados por su cinismo, el monólogo de John Tuld (Irons interpretando con tino al presidente de la firma) diciendo que las crisis económicas seguirán existiendo y que los economistas y agentes de bolsa seguirán ganando dinero gracias a ellas, si saben hacer las cosas bien. El dato pierde impacto frente al drama. Por eso la película se encarga de recordarnos a través de buenos diálogos que ninguno de estos corredores que destruyeron la economía vendiendo derivados financieros, es realmente malo: todos son productos de la sociedad que hemos creado, en la que lo único que importa es de qué marca es tu carro y a cuál ciudad viajarás en vacaciones. Son los jinetes del apocalipsis que hemos escogido.

Ver El precio de la codicia es una experiencia dolorosa. Nos damos cuenta a través de sus escenas oscuras, iluminadas siempre con las tonalidades neón de las frías oficinas de hoy, de que a lo mejor también hubiéramos dilapidado el dinero si hubiéramos estado en su lugar, porque los personajes son tan humanos y débiles como nosotros. Que la economía es, como cualquier otra religión, un asunto de fe. Que incluso en el más cruel de los escenarios, las mujeres llevan la peor parte. Y que una noche de estas, sin que sepamos muy bien cómo y a causa de cuál bolsa, nos convertiremos en un dato en la sección de economía del periódico.

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