Nombre: Duch
Categorías: Documental, Histórica
Director: Rithy Panh
País: Camboya
Año: 2012

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Andrés Solórzano * * * *

Duch (2012)

El hombre de la foto, Kaing Guek Eav, alias Duch, dirigió una prisión camboyana durante el régimen de Pol Pot (1975-1979). Era un mando medio, hecho a pulso, de buena reputación y leal. Cualidades imprescindibles para integrar los Khmer rojos, cuya revolución dejó cerca de dos millones de muertos. De esa cifra aproximativa, además de espantosa, 12.000 hombres y mujeres fueron torturados, asesinados (o destruidos según sus propias palabras) y sus cuerpos desaparecidos bajo sus órdenes. En muchos casos para siempre porque pulverizaron sus osamentas.

En febrero de 2012, alias Duch fue condenado a prisión perpetua por crímenes contra la humanidad. Presumiblemente morirá en la cárcel, leyendo la Santa Biblia y recitando poemas de Alfred de Vigny y de Stéphane Hessel, el mismo de ¡Indignaos!. Pero ni siquiera su majestad Bokassa murió en la cárcel. Aunque Bokassa estaba loco. Duch no. A lo mejor morirá mientras duerme en su celda, acaso en un ancianato conectado a una botella de oxígeno.

Maestro de torturadores más que torturador él mismo, no dudaba en recomendar tres cucharadas de su propia mierda para detenidos problemáticos. Uno de los momentos más difíciles de su carrera lo narra atragantado, apretando los puños sobre la mesa; porque este documental es un monólogo de Duch (con la excepción de algunos testimonios y reconstrucciones de arrestos), Duch habla a la cámara y cuenta sus pesadillas. Esa verdad, dicho sea de paso, genera desconfianza. Pero fascina. El arrepentimiento de un criminal fascina. Al igual que su falsa gentileza y erudición para tergiversar la verdad.

Habría que decir algo al respecto. Por ejemplo se puede minimizar una cifra con otra. Duch sostiene que en otra oficina de seguridad fueron destruidos 60.000 enemigos. Y habla de 196 oficinas en todo el país para exhibir la amplitud de lo ocurrido. Reconoce, eso si, que la suya era la principal porque allí se trataban casos sensibles. Y también admite el carácter pedagógico de su labor; Duch es un profesor de matemáticas cualquiera que ingresa a la guerilla por convicción.

Aquí los hechos que pusieron a prueba el temple de Duch.

Una antigua profesora suya es encarcelada bajo sospecha. La mujer, que uno supone entrada en años, es violada en repetidas ocasiones. Duch hace de tripas corazón cuando es informado de que uno de sus preferidos le ha introducido un palo en la vagina; vale la pena decir que Duch nunca interroga en persona. Ni visita los detenidos. Tan sólo redacta informes y prepara listas que más tarde examinarán los miembros del comité central de Kampuchea democrática.

Siendo apenas un «instrumento del partido» no puede dar señales de fractura, no hay lugar a sentimentalismos bajo la luz del ideario comunista, entonces ordena el cambio de guardia por un grupo de legionarias que continúan la tarea. Es decir, continúan el interrogatorio hasta obtener una de esas disparatadas confesiones donde el acusado reconoce no solamente aquellos delitos que se le imputan sino también otros mucho más reprochables.

Algunos acusados escapaban suicidándose con sus pañoletas tradicionales; un guardia envejecido cuenta que acercaban la silla a la ventana, la amarraban al marco y se dejaban caer con el trapo anudado al cuello. Así los encontraba él. Otros tragaban tornillos. De regreso del hospital la tortura seguía hasta conseguir los diez nombres requeridos por Duch. Esos diez nombres a su vez referirán otros diez cuando llegare su turno. Esta sencilla operación aritmética es puesta en marcha por Duch.

Hombre de principios y romántico, racional dentro de los cánones subversivos, pero también ingenuo y supersticioso, Duch queda intrigado por un comentario que alguien ha hecho acerca de las bondades de la quiromancia. Según las rayas de las manos de algunos detenidos que ha hecho venir para tal efecto, su vida será larga y fructífera. Sólo Duch sabe que no es cierto. Esas son sus palabras. En todo caso eso es lo que insinúa su sonrisa.

La cara genérica del horror bien podría asociarse, entre muchos otros personajes que hacen méritos para ello, con Hitler. Y la del crimen con Pablo Escobar. O la del llamado Popeye, un sicario de sus afectos que seguramente morirá asesinado una vez quede en libertad. De hecho Duch y Popeye se parecen en sus papeles estelares de mandos medios, de simples cumplidores de órdenes arrepentidos ante la sociedad y la justicia y las cámaras, pero visiblemente satisfechos de su comportamiento. Algo tiene la cara de Duch, es la cara misma de la estupidez y del cinismo. Esos son los que mueren de viejos.
 
En esta oportunidad Rithy Panh optó por callarse, de manera estratégica y también sincera. Luego se entrevistó con Duch, solicitó los permisos necesarios y puso a rodar su cámara. En 2002 ya había presentado S21, La máquina de la muerte, una mirada a la cárcel de Duch. Al momento de escribir esto encontré una noticia del exgeneral Jorge Videla. Videla habla de disciplina y eliminación y objetivos desde el penal federal de Campo de Mayo, cerca de Buenos Aires. Tiene 86 años. Está lucido y en buen estado de salud.

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