| Nombre: | Los descendientes |
| Categorías: | Comedia dramática, Road movie, Basado en una novela, Familiar |
| Director: | Alexander Payne |
| País: | Estados Unidos |
| Año: | 2011 |
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Los descendientes (2011)
Everybody hurts
Ahí están, solos en el apartamento frente a la playa, mientras las mujeres los esperan afuera. Matt King por fin ha encontrado a Brian Speer, el tipo con el que su esposa lo engañaba antes del accidente que la tiene postrada en una cama de hospital, en coma. La situación es dramática, por supuesto. Pero Matt, a lo mejor como cualquiera de nosotros haría, sólo tiene una pregunta que quiere que le contesten: “¿Alguna vez lo hicieron en mi cama?”. Cuando le responden que una vez, Matt dice: “Podrías haber tenido la decencia de mentirme acerca de eso” y Brian contesta: “Está bien, fueron dos veces”.
La vida es más una tragicomedia que cualquier cosa, todos lo sabemos. En el mundo real, los enfermos de cáncer hacen chistes sobre su condición y las mujeres hermosas lloran porque las abandonaron. Casi nada es sólo risas o llanto. Casi todo es más una mezcla bizarra de ambos materiales. El entendimiento de esa verdad es la característica principal del cine de Alexander Payne, que desde Citizen Ruth hasta esta The descendents de hoy, película tras película, ha ido recorriendo el camino coherente de todos aquellos a quienes llamamos autores. Cuando su nombre aparece en el afiche, sabemos que nos vamos a encontrar con un relato donde habrá alguien —un profesor de instituto, un recién jubilado— que un poco a las malas, un poco sin querer, aprenderá algo que necesitaba saber.
En este caso quien debe aprender algo es Matt King, un abogado muy exitoso que de tanto trabajar ha dejado la educación de sus dos hijas en manos de su esposa y se ha convertido en el plan B, en el “padre sustituto”. Sin embargo, el percance que sufre su mujer lo lleva a la incómoda situación de tener que recuperar a las malas el tiempo perdido e intentar ser, en ese momento difícil de la inminente partida de su mamá, el sostén de sus descendientes, esas dos muchachitas rebeldes e inteligentes a quienes ni siquiera sabe cómo hablarles. Será Matt ahora quien deba acompañar a su hija menor, Scottie, a pedir perdón por ofender a una compañera (¿cuántos padres tendrán que pasar hoy por un ritual tan sin sentido como ese?). Será Alexandra, su hija mayor, (una fantástica Shailene Woodley que es, en muchos sentidos, lo mejor de la película) la que le cuente que las últimas peleas entre ella y Elizabeth, su mamá, se debieron a que Alexandra la descubrió con otro hombre.
Que George Clooney interpretando este Matt King engañado, rompa con su imagen de galán rompecorazones no es, como nos lo han querido vender algunos medios, una verdadera novedad. Clooney lo ha hecho durante toda su carrera cinematográfica al menos una vez cada dos películas. ¿O es que nos parecen muy glamurosos el pescador aquel de La tormenta perfecta, el espía con sobrepeso de Syriana o el tonto sin remedio de Burn after reading? Son ese tipo de generalizaciones las que demuestran que tenemos una memoria de muy corto plazo. Ni ésta es la mejor actuación de la carrera de Clooney, (que se merecía más el Oscar hace cuatro años por Michael Clayton) ni mucho menos es la mejor película de Alexander Payne.
A pesar de que sus marcas de estilo —por ejemplo, esa escena desfachatada y un poco absurda que aparece en algún momento de sus títulos, que aquí es la carrera de Clooney para preguntarle a sus amigos/vecinos quién era el amante de Elizabeth— están ahí, reconocibles, no tiene The descendants un guion tan parejo como el de Sideways, que es sin dudas, la mejor película de Payne. Porque no importa que el ritmo de una película sea lento, cuando uno entiende que ese es el pulso necesario para contar la historia. Pero en este caso lo que sentimos en muchos momentos de la cinta es más bien hastío, cansancio. Como si en aquellos lugares donde los guionistas no supieron qué decir hubieran rellenado todo con caminatas en la playa o con terribles canciones hawaianas, que se van volviendo innecesariamente desesperantes conforme se convierten en la única música que aparece en la cinta. ¿De verdad era la mejor alternativa? Si uno ubica una historia en Argentina ¡no es obligatorio que todas las canciones de la banda sonora sean tangos!
Además, la segunda trama de The descendants, ese otro “problema” que debe resolver Matt King no está del todo bien desarrollada. Porque King no sólo tiene que lidiar con la muerte de su esposa; también es el encargado de realizar la venta de un terreno que ha pertenecido a su familia por más de 150 años, que los convertirá a él y a sus primos (los otros descendientes del título) en multimillonarios. Puede que a lo mejor el objetivo era ser fiel a la novela en que se basa el guion, pero donde se ven las virtudes de un escritor que adapta no es en lo que conserva sino en lo que desecha. Y frente al drama familiar, mucho más rico en posibilidades dramáticas, el lío de la propiedad (que al final también se cruza con la primera trama) es como una especia que no combina con el resto del plato. Parecen demasiados minutos gastados sólo para la aparición de Beau Bridges o para el conmovedor momento en que Scottie pide tener su propio momento para acampar en la tierra a punto de ser vendida.
A The descendants le perdonamos sus debilidades porque son muchas más sus virtudes. Como siempre ocurre en el cine de Payne, aquí no hay buenos y malos. Aquí hay seres humanos, contradictorios e ilógicos. Sí, el padre de Elizabeth es un hombre hosco y huraño, pero cuida con todo el amor posible a su esposa afectada por el Alzheimer. Judy, la esposa del amante, parece primero una tonta mujer engañada y luego, una sabia mujer despechada. Sid, el amigo de Alexandra, actúa como un imbécil sin remedio durante toda la historia, hasta que en una conversación de desvelo con Matt, nos revela su propia tragedia. El mismo Matt muestra la complejidad de su interior en sus mejores escenas de la película, cuando conversa y grita y discute y besa a la esposa enferma que no le va a responder. Nada es simple. Nadie es simple. No es necesario contar siempre grandes melodramas, porque las pequeñas tragedias son igual de importantes. Todo el mundo sufre.
“Adiós Elizabeth. Adiós, mi amor, mi amiga, mi dolor, mi goce. Adiós”. En las palabras de Matt está la clave de la película. No existen las relaciones simples. Cada vínculo que nos une con las personas, sean parejas, hermanos, amigos o hijos, tiene una complejidad que es muy difícil de captar para el cine. Y aunque no sea éste el mejor de sus intentos, Alexander Payne sabe cómo hacerlo. Sin golpes bajos, ni heridas mortales.

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