Nombre: El caballo de Turín
Categorías: Drama, Basado en una novela
Director: Béla Tarr
País: Hungria
Año: 2011

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Andrés Solórzano * * * *

El caballo de Turín (2011)

El caballo tuerce la cabeza e intenta escupir el freno. Su inmensa cabeza es negra. Al igual que sus patas. Pero podrían estar apenas embarradas. Todo su cuerpo tira de la carreta. La carreta avanza con dificultad en mitad de una tormenta de viento. El cochero va inmóvil en lo alto del asiento, sujetando las riendas. Llegando a la estancia, por un camino de tierra, es él quien arrastra al caballo; que en realidad es una yegua y habría que llamarla como tal.

A lo lejos una joven viene corriendo. Es la hija del cochero. Ella lo ayuda a retirar el aparejo del caballo (y también a abotonarse la camisa y ponerse las botas) porque un brazo le cuelga. Muy rápido va y abre las puertas del cobertizo. Pone unas rocas para trancarlas. Ambos empujan la carreta. El viejo camina hacia el establo y el caballo lo sigue despacio. La joven esparce el pienso con el rastrillo. Enseguida se dirigen juntos a la casa principal.

Dice el narrador que un día de 1889, Friedrich Nietzsche sale de su domicilio en la vía Carlo Alberto de Turín;  al observar una multitud se acerca a curiosear. Ni los gritos ni azotes hacen mover un centímetro al caballo. Nietzsche abraza conmovido al animal. Al cabo de dos días de estar sentado en el diván, pronuncia una frase sombría: «Mutter ich bin dumm*». Su muerte sobreviene unos diez años después, en una placida demencia y al cuidado de su hermana.

Esa primera escena es el regreso del cochero y su caballo. Al menos la interpretación que hace Béla Tarr porque nadie conoce su destino. Incluso el lugar es otro; quizá la época también sea distinta.

Lo único cierto es que transcurren seis días en aquel paraje húngaro. Y en ese lapso de tiempo suceden muy pocas cosas. Claro que se trata del campo, del tiempo rural. Pero lo que comienza a insinuarse es bastante grave.

La primera noche el cochero llama a su hija desde la oscuridad y le dice que si acaso no oye que los gusanos han cesado de hacer ruido. Durante 58 años los ha oído escarbar y vibrar noche tras noche. Su hija, quien duerme en la pieza contigua, le pregunta qué es lo que está sucediendo. Él no lo sabe. Pero igual hay que dormir.

Al día siguiente preparan la carreta y el caballo. El caballo se encabrita, da dos pasos ante los arreos del cochero. Su hija le dice que pare. Y entonces guardan la carreta y vuelven a la casa. El viejo primero. De pie intenta arrancarse la camisa y los tirantes, se afloja el pantalón, mueve los pies para sacarse las botas; luego llama a su hija a gritos.

El resto de la historia puede omitirse. Básicamente porque las acciones se suceden conforme a lo previsto. Por ejemplo, el ritual de las papas cocinadas, la búsqueda de agua en el aljibe, la visita diaria a la pesebrera, el despertar del cochero cuando la puerta se abre y el viento entra en la pieza, la vestida y desvestida con ayuda de su hija y los dos tragos para él, uno solo para ella, cada mañana. Por si fuera poco la noche y el día pierden importancia.

Esa cotidianidad permite observar detalles, casi fotográficos, que de otra manera pasarían inadvertidos: los platos en madera, las botas gastadas y el sacoleva del cochero, una botella cuadrada, la puertita del fogón, la lámpara colgante, los ojos del caballo, el ojo desviado del cochero, una pared derrumbada en el establo, las faldas de la joven, unos botines que ella pone en un baúl, el retrato de perfil de una mujer que uno supone es su madre.

Y cuando uno cree que es hora de que suceda algo, pues sucede. Pero insisto en que la historia acontece en el campo y si el final del mundo es cierto, apenas ahora se sienten las consecuencias. El ritmo es sencillo y preciso. Si fuera músico podría decirlo en términos musicales. De hecho la música es importantísima por lo cadente y misteriosa.

Por casualidad alguien toca a la puerta. Se trata de un hombre gordo y calvo que pide que le llenen su botella de brandy. Mientras espera, sentado en la mesa, habla de la ruina del pueblo, de la ausencia del bien, de la inexistencia del mal, de la avidez y del saqueo. El cochero responde diciendo que son bobadas. El gordo agradece, arroja unas monedas y a través de la ventana se lo ve darse un trago.

Luego de la colina baja un carruaje tirado por dos caballos blancos. Son los gitanos buscando agua. El cochero ordena a la muchacha que eche a esos hijos de puta. Ella trata, pero resulta imposible contenerlos; hasta le dicen que se venga con ellos para América. Hacha en mano el viejo los ahuyenta. Un gitano de pelo largo y blanco y unos pantaloncitos cortos que le dan un aire de duende, si alguna vez los hubo, y sobre todo así de grandes, le regala un libro a la joven.

Y un día ya no hay agua en el aljibe. Tampoco se mueve una sola hoja en el suelo. La lámpara de petróleo no alumbra. El caballo sigue sin comer ni beber. Todo no son más que tinieblas. Si el mundo fue creado en seis días, señala un critico, ahora se desintegra a la misma velocidad.

* «Madre, soy un tonto.»

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