Nombre: Hanna
Categorías: Acción, Suspenso, Fantasía, Horror, Thriller
Director: Joe Wright
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Samuel Castro * * *

Hanna (2011)

Blancanieves 2.0

Sin darnos cuenta, nos vamos volviendo cómodos. Pasa con las cosas de la vida (no nos arriesgamos a conocer nuevos restaurantes por temor a que nos decepcionen) y pasa también con nuestro cerebro. Nuestras neuronas se van acostumbrando a cierto tipo de estímulos, a una manera determinada de que las cosas ocurran. Por eso, Hanna no es una película cómoda. Al verla, sentimos en la espalda, en alguna parte de nuestro sistema nervioso, cierta inquietud. Porque sin duda estamos ante una película de acción, pero sus secuencias no se parecen ni a las cintas más predecibles que protagoniza Jason Statham, ni a la combinación de velocidades que se ha vuelto común gracias a Guy Ritchie, ni a esa cámara en mano hiperkinética que Paul Greengrass convirtió en el estilo de Jason Bourne. Aquí hay, sin duda, una manera diferente de narrar la acción, sumada a una combinación de elementos dramáticos, estéticos e incluso literarios, que crea como resultado una película que no se parece a nada que hayamos visto últimamente.

Hanna está en esa peligrosa edad, que dura un par de años, en que las mujeres no son niñas, pero tampoco adultas. Sin embargo, ella está entrenada para afrontar peligros aun peores que aquellos que la adolescencia implica, pues como lo cuenta la película al comienzo, su padre, con quien vive en un gélido paraje finlandés, le ha enseñado a sobrevivir bajo las condiciones más adversas: Hanna sabe defenderse de ataques a mansalva, pelea con la velocidad de un héroe de videojuego, es capaz de cazar y matar a sus presas, habla un sinnúmero de idiomas y se ha concentrado durante todos los años de su vida, en aprender de memoria los significados de una enciclopedia. En la cabaña que habitan padre e hija no hay computador, ni internet, ni equipos de sonido. La única conexión con el mundo es un mecanismo que al ser activado pondrá en marcha la persecución para la que Hanna y su padre se han preparado desde que ella nació.

Toda princesa de cuento de hadas tiene una bruja que la odia. En este caso, la bruja es Marissa, una importante agente de la CIA que sabe cuál es el secreto que esconde el padre de Hanna. Una falsa Marissa le hará creer a Hanna que mató a la bruja antes de huir de la base militar en que la han encerrado y será la verdadera Marissa quien ponga en marcha una persecución paralela, oculta a los ojos oficiales de la CIA, hecha por un trío de mercenarios sin corazón (esta vez no son los tres cerditos sino los tres cerdos), que intentarán alcanzar a Hanna antes de que pueda reunirse con su papá en Berlín.

Es especialmente en este acto de la película, en que las incomodidades como espectadores de las que hablábamos se sienten con mayor intensidad. ¿No habíamos definido ya, hace mucho tiempo —pensamos— cómo debía contarse visualmente una persecución? ¿Qué es esto de repetir planos cortados, de rebobinar gestos, con una iluminación intencionalmente irreal y teniendo de fondo una música de Chemical Brothers que sólo aumenta la sensación de extrañeza? ¿Por qué la pelea del padre de Hanna con sus perseguidores en una estación de tren se presenta como una sola secuencia sin cortes, sin que la cámara tiemble, sin insertos de primeros planos con rostros adoloridos? Probablemente porque Joe Wright, el director que ya nos había descrestado con su manera de describir a la familia Bennet en su versión de Orgullo y prejuicio, que nos asombró con un plano secuencia imposible en Atonement, quería demostrar que si se pueden contar películas de época con formas audiovisuales muy contemporáneas, también se pueden combinar visiones artísticas y encuadres clásicos en una moderna y actual película de acción, sin que se pierda ni intensidad, ni velocidad, ni violencia. Cuando un director es capaz de traducir sus ideas personales en estéticas propias y únicas, se está convirtiendo en autor, y Wright —cuyo único paso en falso en su carrera, The soloist es más digno que la mitad de las películas norteamericanas que vemos— hace con Hanna todos los merecimientos para alcanzar esta categoría.

No es sólo lo que consigue con sus decisiones de cámara. En Hanna uno encuentra, como pasa con la música clásica, un “motivo”, una pequeña unidad estética, que se va repitiendo con algunas modificaciones a lo largo de la película, de tal manera que su resonancia va aumentando, como las ondas de un estanque que se expanden hasta la orilla. El juego de colores que hace entre el blanco y el rojo (el nombre en los créditos del comienzo, la sangre del alce en la nieve, los elementos que conservan su tonalidad original en las ilustraciones de un libro de cuentos, las encías que sangran cuando Marissa se cepilla los dientes, una combinación de rosas en un florero), la resonancia de las historias infantiles en la trama (con la cabeza del lobo de la que surge la bruja, con ese padre que es también cazador de corazón noble), la obvia influencia (mencionada por el crítico James Berardinelli) de la historia de Frankestein cuando la protagonista convive por accidente con una familia,  hacen de Hanna una película sólida, una propuesta de autor en un género poco estimado por los expertos de cine más tradicionales.

Pero nada de esto habría conseguido armar una buena película sin el extraordinario compromiso actoral de Saoirse Ronan. A pesar de que el resto del elenco (Eric Bana, Cate Blanchett) hace un trabajo correcto, es ella, con sus gestos de asombro creíbles cuando entra en contacto con la civilización y ve aviones o alguien intenta darle un beso, con su frialdad y su habilidad física a la hora de luchar y de matar, con esa terrible confusión que vive al tener que enfrentarse por primera vez con los estímulos eléctricos de una habitación moderna) la que transforman a Hanna en un personaje real, en una princesa perdida en el bosque de los ogros, a quien sólo queremos que le vaya bien.

La comodidad es peligrosa. Si nos acostumbramos mucho a ella, si la dejamos habitar en nuestro cerebro, hará cada vez más difícil que nos atrevamos a enfrentar lo desconocido. Y los riesgos son perderse películas tan interesantes como Hanna. No podemos permitirlo.

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