Nombre: Super 8
Categorías: Acción, Ciencia Ficción, Aventura, Fantasía, Infantil, Misterio, Familiar, De época
Director: J.J. Abrams
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Samuel Castro * * * ½

Super 8 (2011)

Nostalgia de otra luz

Hubo un tiempo —aunque los lectores más jóvenes no puedan recordarlo— en que las películas que se lanzaban en vacaciones no eran estúpidas. Un tiempo —más inocente, menos uniforme— en que no todas las historias que llegaban a la cartelera en julio eran adaptaciones de dibujos animados, o remakes o relanzamientos de personajes ya conocidos o secuelas o precuelas. Aparte de James Bond la palabra franquicia no era muy común cuando uno hablaba de cine.

Eran los años en que Steven Spielberg nos convencía, tanto en las películas que dirigía (E.T., Encuentros cercanos del tercer tipo) como en las que producía (The goonies, por ejemplo) que en el momento menos esperado algo extraordinario le podía pasar a cualquiera de nosotros: conocer un alienígena que deseaba volver a casa, descubrir un tesoro pirata, volar con la luna llena al fondo, eran aventuras que podíamos encontrar a la vuelta de la esquina. Sin saberlo, estábamos ante la última era dorada de eso que conocíamos como “cine familiar”.

Muchas de las biografías de los grandes directores norteamericanos de las últimas décadas comienzan igual: Spielberg, o Lucas, o Cameron, colegiales aún, destrozan el patio trasero de sus casas para recrear con las cámaras caseras de sus papás, pequeñas películas de terror, o de guerra, o de ciencia-ficción. Las imágenes —los colores saturados, la línea de luz azul que a veces se colaba en el cuadro, el salto de la cinta en el corte— que proporcionaban aquellas cámaras con rollo de 8 milímetros (de allí el título de la cinta que nos ocupa) tenían una apariencia tan fácil de reconocer como la silueta de Pac-man. Que los protagonistas de Super 8 sean una “pandilla” de niños de un pueblo norteamericano en 1979 que quieren filmar una película de zombis, deja claro desde el comienzo lo que quiere hacer J.J. Abrams, director y guionista de esta producción: un ejercicio de nostalgia sobre la época en que él mismo empezó a amar el cine y un homenaje a los directores que, como Spielberg, lo marcaron para siempre.

Hubo un tiempo en que los guionistas para la pantalla grande se resistían a creer que los asistentes a las salas eran estúpidos. Un tiempo donde no todos los diálogos eran oraciones de menos de 10 palabras que no generan confusión en las mentes adolescentes. Y J.J. Abrams, que fue capaz de hacer que sus personajes en Lost pronunciaran frases célebres de filósofos, lo sabe muy bien. Por eso comienza su película con un plano tan diciente como el de un operario que cambia el contador de accidentes de una fábrica. ¿Qué puede superar eso en concisión para darnos una explicación de por qué Joe Lamb, el niño protagonista de esta historia, está triste? La muerte de su madre lo obliga a relacionarse con su papá, uno de los alguaciles del pueblo, quien no entiende por qué su hijo pierde el tiempo construyendo modelos a escala y haciendo el maquillaje de las historias que se le ocurren a su amigo Charles, el típico “gordito” que toda película de aventuras con niños debe tener. Uno más de los clichés que Abrams administra con sabiduría en Super 8, como el del pueblo pequeño de casas de madera y antejardines florecidos o los militares que abusan de su poder para ocultar un secreto temible.

Para cuando este grupo de niños cinéfilos llega a la estación de tren a filmar, ya se han ganado nuestro aprecio. Como para que no queden dudas de que conoce los resortes secretos de la ficción, el guionista pone en boca de Charles una instrucción que muchos de los directores de la actualidad han olvidado: si le das “humanidad” a un personaje (si conocemos su familia, sus preocupaciones y afectos) nos va a importar más su futuro y, por lo tanto, vamos a estar más comprometidos con la historia que nos cuentan. Para no ser menos, el mismo Abrams introduce con la presencia de Alice (una preciosa e inteligente Elle Fanning, que desde hace rato viene demostrando un talento incluso superior al de su hermana) un interés romántico para Joe y un motivo de discordia y discusión entre él y Charles.

Hubo un tiempo en que los efectos especiales sólo se utilizaban cuando eran absolutamente necesarios para la historia que se estaba contando. Eso es lo que ocurre en Super 8. El accidente de tren que les cambia la vida a estos niños es tan espectacular, que compartimos todas sus reacciones, sus carreras incontrolables, la preocupación mientras uno de ellos no aparece y sobre todo la curiosidad que les genera lo que está ocurriendo. Y es necesario, porque cuando su profesor de biología les advierte que sus familias van a morir y que no pueden contarle de eso a nadie, el misterio ha quedado anclado entre nosotros. ¿Qué está pasando ahí?, ¿qué son esos cubos de Rubik blancos que están tirados por todos lados y que no se destruyeron con la explosión?, ¿por qué los perros han huido despavoridos de la zona?

Como no somos ya tan inocentes como en los ochenta y el realizador lo sabe, la película no es tan ingenua como nos hizo creer al principio. Todo se va tornando oscuro y más terrorífico, incluso con coqueteos con el gore, aunque siguiendo las enseñanzas de Spielberg, Abrams dosifica con astucia los breves instantes en que vemos aquello que aterroriza al pueblo, que esta vez no es un alien amigable, sino un ser al que el gobierno de Estados Unidos ha tratado sin ningún tipo de “humanidad”. Sin embargo, aunque pareciera que Super 8 se ha convertido en una película de acción, nunca pierde de vista el centro de la historia ni a sus personajes. Lo que está ocurriendo le demuestra a Charlie que él es capaz de realizar su película; a los padres de Joe y de Alice, que nada tienen que ver sus hijos con sus propios rencores; al resto de la pandilla, que cada quien sabe de qué está hecho y a nuestro maquillador y a la chica de la que está enamorado, que son nuestras debilidades y no nuestras virtudes, las que realmente nos unen.

Hubo un tiempo —aunque los lectores más jóvenes no puedan creerlo— en que uno iba al cine para aprender a soñar. Un tiempo —más amable, menos cruel— en que creíamos que la vida era como en las películas. Por fortuna todavía existen algunas personas en la industria, que creen que la magia no se ha desvanecido del todo, que se preocupan por hacer películas inteligentes y emocionantes, y que a pesar de que la luz de aquellos años no volverá nunca, vale la pena que de vez en cuando, dejemos que nos ilumine.

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