Nombre: Jane Eyre
Categorías: Drama, Suspenso, Romance, Misterio, Basado en una novela, De época
Director: Cary Fukunaga
País: Reino Unido
Año: 2011

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Samuel Castro * * * *

Jane Eyre (2011)

Mecanismos sentimentales

¿Qué es un clásico? Tal vez sea aquel libro capaz de decirle algo trascendental a generaciones muy posteriores a su aparición. O que es tan común para cualquiera, tan “parte de la cultura” que más o menos todos conocemos los puntos básicos de la historia (como El Quijote, como Hamlet) y la reconocemos cuando alguien nos la cuenta.

Pero si la definición la hiciéramos desde la esquina del cine, podríamos decir que un clásico es aquella historia de la que por lo menos vamos a alcanzar a ver dos o tres “versiones” a lo largo de nuestra vida. Estarían en esa parcela exclusiva, relatos como Frankestein, Drácula o Romeo y Julieta. Y, por lo menos en el lado anglosajón del mundo, las novelas de las hermanas Brontë: Cumbres borrascosas, de Emily, y Jane Eyre, de Charlotte.

¿Qué debe hacer entonces un director cuando se enfrenta a un clásico? Tiene por un lado, la opción más fácil: ver las versiones que otros han realizado, y seguir más o menos un camino tradicional y predecible, pero seguro. Si una historia ha sobrevivido siglos es porque tiene por sí sola la fuerza que le falta a muchas películas de hoy. O, por otro lado, puede imprimirle al clásico su propia visión, sin importarle lo que digan los puristas, y convertirla en una película propia, que haga parte de su estilo y que nos muestre su manera de ver las cosas.

La segunda alternativa es la que ha escogido Cary Fukunaga, el joven director californiano que se destacó hace dos años por la fuerza narrativa de su primer largometraje, Sin nombre, donde recreaba el intento de una adolescente hondureña por cruzar la frontera norteamericana. Sin ninguna muestra reconocible de temor ante el reto, Fukunaga muestra sus armas desde el comienzo mismo de esta, su Jane Eyre. En vez de contarnos la historia cronológicamente, como ocurre en el libro, donde habrá una familia cruel y una escuela temible, abre su película con la joven institutriz corriendo desesperada bajo un cielo que amenaza tormenta, como si acabara de ver al demonio. La cámara sólo saltará en el hombro del operador cuando sienta que debe acompañar la carrera de Jane. Durante el resto de la película se moverá tranquila, con encuadres amplios, a través del paisaje, o casi ciega, tratando de entender lo que hacen las figuras iluminadas por velas en los recovecos de algún caserón.

Nada en ese flashback choca con el espectador que ya está, gracias a la televisión y a Quentin Tarantino, más que acostumbrado a los saltos temporales. Y no lo hace tampoco porque Fukunaga no está interesado en exhibirse innecesariamente: el salto no se identifica con una armonía disonante y una rara disolvencia en el cuadro. Aparece con sencillez, por corte, simplemente porque esa manera de contar las hechos le permite sumar mayor intensidad en la creación de suspenso, y cortar todo el material de la obra que no considera necesario, en este caso, aquello que está relacionado con el pasado lejano de Jane Eyre, y que no hace parte ni del clima del cuento de terror ni de la historia de amor, que son los elementos centrales en los que ha decidido enfocar toda la intensidad de la película.

La fotografía de Adriano Goldman es una de sus herramientas más importantes para acentuar la sombría sensación, que los espectadores compartimos con Jane, de que Thornfield Hall, la mansión a la que ha llegado para ocuparse como maestra, está embrujada. Para conseguir esa inquietud, esa mirada tenebrosa, muchos son los pasajes de la película en que la única luz que define las siluetas del reparto proviene de candelabros, de pequeñas lámparas de aceite o del fuego en la chimenea. Que en una película de época alguien filme secuencias enteras dejando la pantalla prácticamente a oscuras, es muy raro. El riesgo asumido demuestra que Fukunaga tiene muy claro qué es lo que quiere transmitir y por qué triunfa en su propósito de asustarnos, de que compartamos el temor del personaje principal.

Y si la fotografía es su mejor aliado en el terror, combinada con la hermosa música que compone Dario Marianelli,  logra elevar el componente romántico a puntos muy altos. Ese sol, que no ha salido casi en la película, que ha estado oculto por una nube permanente, aparece de repente, concreto, como si pudiera tocarse, cuando un violín expresa lo que pasa por el corazón de Jane Eyre al recibir una propuesta de matrimonio que hemos esperado durante más de la mitad de la trama. Ese juego con el clima como un amplificador de las emociones, se desarrollará durante todo el metraje de la cinta y acentuará la hondura emocional que compartimos con sus protagonistas.

Pero son ellos, los dos actores principales, la principal fortaleza de esta versión. Si Michael Fassbender como Rochester se consolida como uno de los actores más interesantes del momento, Mia Wasikowska, la última Alicia del cine, que ya había demostrado su talento en películas como That evening sun, logra en Jane Eyre una interpretación que seguramente le conseguirá una nominación al Oscar. La gama de emociones que es capaz de transmitir con su mirada y con un par de gestos de sus labios, el carácter que logra imprimirle en su voz cuando dice “¿Soy una máquina sin sentimientos?, ¿cree que porque soy pobre, obscura, simple e insignificante, no tengo alma ni corazón?” conmueve tanto al espectador, que hay que hacer un esfuerzo para no intentar consolar a esa chica desamparada que vemos en pantalla.

Más que un enamoramiento carnal o erótico, Fukunaga también triunfa en hacernos comprender que la atracción entre estos dos seres solitarios, se debe a que el uno se reconoce en los ojos del otro. A que un ser martirizado por un secreto que le impone una obligación terrible (que no será revelado en esta crítica, no todos han leído la novela) sólo puede hallar la paz compartiendo su vida con alguien que ha experimentado también el terror hacia la sociedad, que conoce la muerte, que sabe cuán lejos estamos todos de ser buenos. Al lograr transmitir esa sensación, el director le habla a cualquiera, no sólo a los amantes de la literatura inglesa, sino a todo aquel que se ha enamorado sin poder explicar muy bien por qué. Y al hacerlo, le ha permitido a una nueva generación de espectadores, que un clásico como Jane Eyre siga siendo relevante para ellos. Misión cumplida.

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