Nombre: El precio del mañana
Categorías: Acción, Ciencia Ficción, Fantasía, Romance
Director: Andrew Niccol
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Samuel Castro *

El precio del mañana (2011)

Una pérdida de tiempo

El cine es un asunto de tiempo en muchos niveles: la diferencia entre una película perfecta y una que causa tedio pueden ser 10 minutos; algunos títulos lucen “adelantados a su tiempo” y por eso se convierten en películas de culto años después de que fueron lanzados comercialmente; la diferencia en segundos de las distintas tomas de una secuencia son las que le darán el ritmo final a la narración. Eso en lo esencial. Pero como el cine además de ser un arte es una industria, en él también es válido aquello de que “el tiempo es dinero”: cada demora en la filmación, cada fotograma de cinta desperdiciado, cada contrato de una estrella afecta los presupuestos de una producción.

Andrew Niccol desarrolla en In time una historia llevando el axioma hasta el límite: si hoy en día pareciera que tuviéramos miedo de no llenar cada minuto disponible de actividades “productivas”, ¿no sería lógico que en un futuro cercano o en un universo paralelo el tiempo se convierta en moneda de cambio?, ¿que lo único que tengamos sea tiempo? Y aunque esa es la premisa principal, Niccol agrega además un componente del que ya se había ocupado hace 14 años en ese clásico moderno de la ciencia ficción que es Gattaca, que él mismo escribió y dirigió: necesariamente en el futuro vamos a querer ser perfectos físicamente.

En este caso, lo que ha ocurrido es que todas las personas crecen normalmente hasta los 24 años. A partir de ese instante, no envejecerán nunca más y un reloj luminoso en el brazo les señala el único año de más que tienen. Por supuesto, al trabajar les pagan con tiempo, así que la vida teóricamente puede durar para siempre, pero si montar en bus puede costar una hora, deberán ser muy cuidadosos en la manera en que gastan su tiempo si no quieren desvanecerse en alguna esquina (pues la muerte por tiempo es fulminante e irreversible) de su zona horaria. Porque hay otras zonas, a las que se llega pagando peajes imposibles, de un año o dos, donde viven los más ricos, los que no tienen que correr a toda prisa, porque tienen todo el tiempo del mundo en sus brazos.

Ese es el universo donde vive el protagonista de esta historia, Will Salas (Justin Timberlake). Un trabajador de una de las zonas horarias más pobres, que una noche defiende de unos asaltantes (que no roban billeteras ni celulares sino minutos) a un tipo que presumía del tiempo casi infinito que aún le quedaba. En la huida, el extraño le confiesa que está cansado de tantos días vividos, y le revela además un gran secreto: que las muertes vistas por Will todos los días no deberían suceder porque hay tiempo de sobra para todos, lo que ocurre es que unos pocos en las otras zonas acumulan tanto, que por eso algunos no consiguen lo suficiente. Cuando ambos duermen, el desconocido le dejará todo su tiempo a Salas, que teniendo como motivación la absurda muerte de su madre, ocurrida por una inflación súbita que dobló el precio de su transporte desde el trabajo, intentará cambiar el orden establecido.

Cuando la madre de Will, el personaje que encarna Olivia Wilde, el par de ojos más hermosos del cine norteamericano muere a los 15 minutos de iniciada la película sin darnos tiempo a que nos importe, presentimos que algo malo pasa con el guión. Pero lo que viene de aquí adelante es un despropósito de tal magnitud que difícilmente se puede adivinar ante una premisa tan interesante como lo planteada por In time. Porque cada cosa que pasa es más ilógica que la anterior: la supuesta rabia ciega de Will se desvanece la primera noche de su estadía en otras zonas; lo acusan sin pruebas del asesinato del extraño que le regaló más de un siglo; aparece un cuerpo de policías que se denominan “los guardianes del tiempo” que no sabemos a quién obedecen, que usan patrullas vintage y cuyo representante principal, Raymond Leon, supuestamente con toda la experiencia, se mantiene sin horas en su reloj. Y los cabos sueltos empiezan a aparecer por todos lados: ¿qué lección estéril le enseña al protagonista la muerte de su mejor amigo después de que él le regala diez años?, ¿a qué viene ahora que el policía haya conocido al papá de Will, que supuestamente hizo lo mismo que él cuando era más joven?, ¿si el padre de la chica con la que Salas se escapa es uno de los hombres con más tiempo del planeta, a quiénes les teme cuando habla por teléfono excusándose por el desastre en que se ha convertido el secuestro de su hija?

Si tan sólo Niccol se hubiera concentrado en la historia que nos promete al comienzo, podríamos pensar que In time es una cinta que no supo cumplir con las expectativas que genera, un intento fallido. Pero para profundizar la tragedia, el director y guionista convierte lo que comenzó como una inquietante venganza, un Prometeo que le lleva el fuego a sus compañeros, en una especie de Bonnie and Clyde desenfadado, sin la carga erótica que debería tener si se tomara en serio su relato. No se sabe qué nos hace sentir con mayor intensidad que estamos perdiendo el tiempo: si ver que el director se quedó sin imaginación para al menos ser capaz de mostrarnos un segundo asalto a un banco que no luzca igual que el primero, las frases grandilocuentes sacadas de algún tomo de “Filosofía para dummies” o la maldita peluca roja de Amanda Seyfried que pareciera estar en peligro de caerse en todo momento. Es que ni siquiera el siempre hermoso trabajo de Roger Deakins en la fotografía (que salva a esta película de haber sido lanzada directamente en SyFy) consigue que In time no se convierta en un juego de rol pensado a la carrera. Hay videojuegos donde los personajes actúan mejor que Justin Timberlake acá.

Algo malo pasa con Andrew Niccol. Después de escribir dos grandes historias, bien pensadas y con preguntas trascendentales sobre qué es lo que nos hace lo que somos (The Truman show y Gattaca), es como si el neozelandés se hubiera quedado sin gasolina para pensar narraciones de largo aliento: S1mone y Lord of war parecen cuentos o reportajes convertidos en largometrajes a las malas y The terminal funcionó porque había un genio de la narración como Spielberg detrás. Tal vez el director de comerciales se tragó al guionista y por eso sea una buena decisión que su próxima cinta sea la adaptación de The host, la novela de la vampírica Stephanie Meyer. O tal vez, como pasa en el cine, el asunto sea de paciencia, de dedicarle un par de años a trabajar en sus guiones hasta perfeccionarlos, sin el afán de filmarlos cuanto antes. Una cuestión de tiempo.

Comentarios

01/01/2012:

Vi la película; me pareció aburrida y sin un mensaje definido.

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