Nombre: También la lluvia
Categorías: Drama, Política, Basado en hechos reales
Director: Icíar Bollaín
País: Espa
Año: 2010

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Samuel Castro * * ½

También la lluvia (2010)

Agua de borrajas

La moral nos juega malas pasadas cuando la involucramos en nuestros juicios estéticos. Quisiéramos desde el fondo de nuestro corazón que el mundo siguiera reglas claras y coherentes para que lo bueno siempre fuera hermoso y lo malo asqueroso. Pero no. Las mujeres más bonitas no son las de corazón más noble. Los miembros de las academias de modelaje no salvarán al mundo. Los profesores de filosofía se verían fuera de forma en los anuncios de perfumes.

Por eso se complican las cosas cuando hay que juzgar una película que tiene un “buen mensaje”. Los lectores que apoyan las ideas que desarrolla la cinta, no soportan que se la juzgue con crueldad, atacando a los críticos que lo hacen porque supuestamente están “del lado incorrecto”. En general, esos lectores son los mismos que cuestionan con dureza títulos cinematográficos impecablemente realizados, que no tienen desde su concepción más objetivo que entretener, porque, según ellos, carecen de “profundidad”. Nunca se está a salvo de la discusión y en muy pocos días podemos pasar de un bando al otro. Afortunadamente, aunque se complique de vez en cuando, todavía el arte permite menos sectarismos que la política o la economía.

Toda esta introducción viene al caso al saber que estamos hablando de También la lluvia, la más reciente película de la realizadora española Icíar Bollaín, cuyo nudo argumental es, en sí mismo, un dilema ético. ¿Qué tanto pueden vanagloriarse los países del primer mundo por sus reivindicaciones a los derechos humanos o por los logros alcanzados en equidad social y laboral, si cuando vienen a territorios del Tercer Mundo hacen exactamente lo que pretenden prohibir en sus leyes?: explotar al trabajador, evadir permisos legales, tener muy poco en cuenta el medio ambiente que les rodea. Y para hacerlo, el guionista Paul Laverty, marido de la directora y más importante que eso, escritor habitual de las historias de Ken Loach, que se caracterizan precisamente por su punzante (aunque a veces un poco primaria) crítica social, se vale del recurso del cine dentro del cine. Acompañamos entonces a un equipo de filmación europeo que realiza una película sobre el descubrimiento de América y para ahorrar en su presupuesto cambian las lógicas locaciones del Caribe por los verdes valles de Cochabamba en Bolivia, donde además saben que podrán encontrar con facilidad miles de extras de rasgos indígenas. Para los integrantes del grupo, cualquier indio funciona, porque están seguros de que nadie del público (su público europeo) sabrá que hay diferencias entre caribes e incas.

Los personajes principales son Sebastián, el director y guionista, que está haciendo la película soñada por él desde hace años, y Costa, el hombre práctico que sólo desea terminar lo más pronto que pueda esa historia que está produciendo. Por desgracia (o por culpa de Gael García Bernal que nunca parece terminar de sentirse cómodo con el personaje) Sebastián va desdibujándose ante nosotros a cada minuto, con una falta de coherencia que al final uno no sabe si es intencional. Al comienzo se preocupa por las filas enormes de personas que desean ser extras, más tarde sólo se preocupa por no tener problemas con los horarios, después intenta burlarse con superioridad de las autoridades de Bolivia acerca de las medidas que están tomando (saliendo muy mal librado) y al final, cobarde, sólo desea que alguien lo saque del embrollo en que está metida su filmación por culpa de las grescas callejeras, pues los hechos de la película ocurren en 2000, cuando Cochabamba vivió grandes protestas sociales por la intención de una multinacional de privatizar el servicio del agua, prohibiendo inclusive que las comunidades recogieran el líquido que caía del cielo (de ahí el título, pues les querían cobrar También la lluvia)

Y mientras Sebastián se disuelve en su propia tibieza de carácter, Costa, el productor, va robándose el foco de la película, gracias a la interpretación de Luis Tosar, que con cada mirada y sobre todo, con el trabajo que hace con su voz, le imprime carácter y credibilidad a ese tipo fuerte que va descubriendo su lado más sensible al relacionarse con Daniel (Juan Carlos Aduviri), el extra convertido en actor de carácter, que es al mismo tiempo uno de los líderes de las protestas y que conforme avanza la película se va acercando más y más a sus afectos, pues la prevención y la desconfianza se torna en admiración hacia un tipo que a diferencia de Sebastián, es capaz de defender su dignidad sin importarle las consecuencias. Costa no podrá dejar de preocuparse cuando la hija de Daniel se pierda en medio de las batallas campales entre militares y protestantes.

Icíar Bollaín, que sabe trabajar con material “social”, como lo demostró en 2001 con Te doy mis ojos, protagonizada por el mismo Tosar, logra equilibrar las cargas entre lo que pasa en la película ficticia (con un Colón ambicioso que sólo quiere el oro de los indios y unos pocos monjes aguerridos que denuncian las injusticias cometidas) y lo que ocurre con el reparto en la “vida real” (donde los papeles se trastocan y Colón es valiente y los monjes pusilánimes) gracias a una edición correcta y a una diferenciación muy apropiada de la fotografía en ambos mundos. A pesar de ciertos pasos en falso del guión, consigue crear imágenes contundentes (un helicóptero que carga una cruz sobre una barriada pobre, un cura solitario que intenta parar la locura de las protestas) y hacer interesantes visualmente todas las situaciones. Puede que a veces haya más de la película sobre el descubrimiento de lo que sería necesario, pero se entiende la necesidad de insistir en la ironía de que 500 años después los europeos no hayan aprendido nada.

Cuando las dos películas, la que vemos y la que filman frente a nosotros, terminan, nos quedamos con una sensación agridulce. Puede que hayamos visto una película sobre un tema trascendental, que nos importe un poco más la suerte del agua de nuestros pueblos y que odiemos con mayor intensidad a las multinacionales. Pero al final, como espectadores experimentados, no podemos olvidar que un personaje principal no funcionó, que en ciertos momentos los diálogos se volvieron sosos y que hicimos fuerza durante muchos minutos del metraje para convencernos de que También la lluvia es mejor película de lo que nos decía esa voz en nuestra cabeza. Y entonces, cuando dejamos la moral a un lado, tenemos que aceptar que por más que lo deseemos, no es lo mismo bondad que calidad y que el cine de altura no es propiamente el que se hace en La Paz.

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