Nombre: Lazos de sangre
Categorías: Drama, Suspenso, Basado en una novela, Crimen, Thriller
Director: Debra Granik
País: Estados Unidos
Año: 2010

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Samuel Castro * * * ½

Lazos de sangre (2010)

Donde viven los monstruos

Como citadinos (y eso que citadinos del tercer mundo, acá en Colombia) a veces olvidamos que existe un universo aparte, más allá de las fronteras de nuestras ciudades. Un lugar que según el país y la región, puede llamarse pampa, la Guajira o los llanos, donde las reglas que conocemos no aplican y hay que jugarse el corazón, sin que lo gane la violencia. Y aunque constantemente el cine hecho en Hollywood nos recuerde que Estados Unidos es un paraíso a punto de ser destruido por alienígenas o por robots que descansaban en el lado oscuro de la luna, los films independientes, como Winter’s bone, están ahí para mostrarnos que ellos también tienen rincones donde se acumula el polvo.

En uno de ellos vive Ree Dolly, una joven de 17 años, que en otro lugar estaría chateando con sus amigos, pegada al celular y pensando en conseguir novio, pero que en este sitio olvidado de Dios, con una mamá catatónica sentada para siempre en la sala de su casa y un papá prófugo después de su última condena por cocinar metanfetaminas, es la encargada de llevar las riendas del hogar. Es ella la que tiene que partir la leña para hacer fuego, la que consigue que los vecinos reciban su caballo para que no se muera de hambre, la que cría a sus hermanos pequeños, enseñándoles conocimientos básicos en ese entorno salvaje, como disparar para defenderse o quitar la piel de las ardillas que se cazan y se comen en tiempos de escasez.

Ree es una heroína, no cabe duda. Tiene el carácter templado, el paso de los resueltos. Y como todo héroe, tiene que emprender el camino de su propia odisea, que comienza cuando un policía llega a decirle que su papá, que había salido bajo fianza poniendo como garantía su tierra y su casa, está desaparecido y si no se presenta a responder frente a la justicia, Ree y su familia perderán la única posesión que tienen. “Lo voy a encontrar” le dice ella al policía, sin un atisbo de duda. Para lograrlo, deberá caminar por esos parajes fríos y apocalípticos, donde queda claro que la agricultura no es la principal fuente de trabajo de las personas que los habitan, todos parecen sospechar de todos y una sensación de “sobre eso que hizo tu papá no se habla” planea sobre cada rostro.

Y nosotros, arañando los brazos de las sillas en la sala, no podemos dejar de acompañarla en su camino, porque tenemos un presentimiento que no nos abandona nunca, de que algo malo va a pasar con ella. Puede que en Winter’s bone no haya balaceras ni persecuciones, pero Debra Granik, su directora y coguionista logra lo que pretende cualquier thriller respetable: que no respiremos, que no podamos espabilar, que saltemos en momentos de tensión sorpresivos, como ese en que el tío de Ree, Teardrop (un preciso John Hawkes, que recibió una nominación al Oscar por su interpretación), le toma la cara con brusquedad para que le quede claro que ella se está pisando sin querer, con sus preguntas insistentes por el destino de su papá, los callos de muchos.

Porque claro, donde viven los monstruos, aunque sus habitantes tengan la piel curtida, nadie soporta a una muchachita que con su sola presencia le recuerda las consecuencias de sus pecados. Han establecido un código de comportamiento (como las mafias de cualquier lugar y cualquier producto, cuando aún les queda algo de humanidad) con el que se determinan los castigos y las maneras del honor, que todos deben obedecer. Sin embargo, Ree no es una mujer como cualquiera, y no está dispuesta a guardar silencio para no incomodar. Puede que su papá haya hecho lo que no debía, pero ese no es motivo suficiente para que ella y su familia sufran las consecuencias.

Una de las grandes cualidades de Winter’s bone es que Debra Granik es capaz de transmitir toda la crueldad de ese infierno helado en el que vive Ree, insinuando más que mostrando. Incluso los motivos de la hostilidad contra Ree son tácitamente ocultos durante gran parte de la película: los presentimos más que saberlos. Lo mismo ocurre con la violencia, que durante muy pocos segundos es explícita. A Granik le interesan más las consecuencias de ella: el terror ante el acto de usar una motosierra, la vergüenza del alguacil cobarde que no quiso enfrentar la furia fría de Teardrop, la expresión de cansancio satisfecho de Ree mientras la sangre le cubre el rostro. ¡Que películas como Hostel o Saw se queden con las vísceras regadas por el piso! Aquí el horror está en el aire, en la carrera de Ree dentro de un matadero, que la fotografía (llena de blancos reventados y virada al azul) hace ver como una gran nave extraterrestre donde ella fuera el único ser humano buscando escapar.

Jennifer Lawrence, la actriz que encarna a Ree, brinda una extraordinaria interpretación. Puede ser la mamá más dulce para sus hermanos al jugar con ellos, o la más dura cuando les ordena que nunca le pidan a otros aquello que deberían ofrecerles; su mirada es la de una adulta vieja cuando escucha las severas advertencias de otras mujeres, que la tratan como a un paria, pero es inocente e ingenua cuando va a preguntar por los requisitos que se necesitan para enrolarse en el ejército. Los matices de su rostro, como sólo ocurre con las grandes actrices, son suficientes para que sintamos la tragedia en carne propia y nos conmovamos con su angustia. Las otras tres nominaciones al Oscar que alcanzó Winter’s bone, tanto para Lawrence, como para la película y el guión adaptado, son el reconocimiento para una producción que alcanza grandes momentos con los mínimos recursos, que nos confronta y nos recuerda cuán primitivo es todavía el género humano y cuánto de selva hay en las zonas menos luminosas de eso que llamamos civilización.

Los verdaderos grandes héroes no son los que se vuelan o los que se balancean entre rascacielos o los que cuentan con el poder infinito de un anillo. Héroes son los que diariamente, en lugares de cuyos nombres no queremos acordarnos en las grandes ciudades, cargan con el peso del mundo y aun así conservan la capacidad de oponerse a la injusticia, no se dejan vencer y no transan sus principios aunque les apunten a la cara. En el empaque de un thriller rural, Winter’s bone es realmente el recordatorio de que lo más digno que uno puede hacer frente a los monstruos es levantar la lanza, espolear al caballo y enfrentarlos.

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