Nombre: Carancho
Categorías: Drama, Acción, Policiaca, Crimen, Thriller
Director: Pablo Trapero
País: Argentina
Año: 2010

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * ½

Carancho (2010)

La joya en la carroña

“…me duele tanto el llanto que tú derramas
que se llena de angustia mi corazón”

Nuestro juramento, de Julio Jaramillo

Ricardo Darín es todo lo contrario a un carancho. Porque su carrera de los últimos años se ha alimentado de las mejores viandas que el cine iberoamericano puede ofrecer. No sólo es el actor fetiche de un director inteligente y ganador del Oscar como Juan José Campanella o el protagonista de las dos pequeñas maravillas que alcanzó a dirigir Fabián Bielinsky antes de morir (9 reinas y El aura); también es la estrella del más reciente éxito argentino de taquilla (Un cuento chino, de Sebastián Borensztein) y directores respetados como Marcelo Piñeyro o Fernando Trueba lo han tenido bajo sus órdenes. Por eso no es tan extraño como pareciera en un principio, que aparezca encarnando al personaje principal de la última película de Pablo Trapero, uno de los integrantes más reconocidos de eso que se conoce en el mundo como “nuevo cine argentino”, pues hoy Darín es sinónimo de éxito y de calidad y Trapero, a fuerza de reconocimientos internacionales), se ha convertido en uno de los referentes cinematográficos del continente.

La carroña es la comida del carancho. Sin embargo, cuando uno ve imágenes de esta ave, entiende por qué Ricardo Darín puede encajar con el apodo. El carancho no se parece a los gallinazos de Colombia o a los buitres norteamericanos. Su fisonomía es más cercana a la del halcón y los colores de su plumaje y sus alas lo convierten en un pájaro hermoso, incluso sabiendo que se alimenta de la muerte. Tal vez por esa misma belleza, Luján, la médica que recorre la noche de Buenos Aires montada en una ambulancia, encargada de atender a las víctimas de los accidentes de tránsito, no puede evitar fijarse en este abogado, este “carancho” que ronda a los accidentados con el único fin de encargarse de demandar a las aseguradoras en su nombre, para luego quedarse con un porcentaje enorme de la compensación económica. Esos ojos azules y tristes, ese desparpajo para hacerle bromas y esa ternura en el trato hacia ella, acostumbrada a la frialdad de las urgencias, terminan haciendo que la coraza de indiferencia con que se defiende del mundo, ceda.

Pero Carancho no pretende ser ni una comedia romántica ni un drama pasional. Es una película de género, eso sí: un thriller latinoamericano, un film noir a la argentina, que termina siendo a la latina, pues si en algo nos parecemos los países del cono sur es en nuestras miserias: ahí están los jefes del carancho, los funcionarios de “La Fundación” que lo presionan y le recuerdan a Sosa (ese es su apellido) cómo lo ayudaron para que no quedara en la miseria cuando perdió su licencia profesional; por ahí andan los jefes de policía, que también sacan su tajada del negociado, pues son ellos quienes instalan radios oficiales en los carros de los caranchos y les reportan los choques con posibilidades de indemnizaciones jugosas; junto a Luján caminan también los médicos veteranos que usan la precaria estabilidad laboral de nuestros países para aprovecharse de los que comienzan, asignándoles turnos eternos y estresantes, que Luján enfrenta con las inyecciones de tranquilizantes a las cuales es adicta: la única marca de podredumbre en un rostro y una figura hermosos. Al final todos estamos untados.

Que Luján sufra una adicción explica por qué siente ese lazo con Sosa: ella también evade las normas sin la voluntad de dañar a nadie. El problema es que a Sosa sí se le sale de control la situación, pues un accidente de tránsito que ha “montado”, no sólo termina con una víctima inocente sino que le muestra a Luján, a quien él quería mantener alejada de sus problemas, el lado más obscuro de su oficio. El rostro de Darín, los gestos y el tono de voz que utiliza tratando de justificar su falta y buscando el perdón de la médica, son una muestra más de la calidad superior de este intérprete, que sabe darle matices y colores diferenciadores a esos hombres a punto de caer en desgracia, que ha personificado ya tantas veces.

Y si el protagonista pasa por uno de los mejores momentos de su carrera, el director ha depurado tanto su oficio, que incluso en las desoladas instalaciones de la policlínica (tan parecida también a las nuestras, tan aterradoras y poco amigables) donde trabaja la médica logra imágenes bellas. Los efectos de la iluminación azul y amarilla (¿tal vez por los colores de la bandera argentina?) que se combinan con la noche, unidos a una cámara en mano que parece haber encontrado el balance adecuado entre fluidez y naturalidad, obra de Julián Apezteguia, le dan a toda la historia un aire de pesadilla que efectos como crear un aura cenicienta en el contorno de ciertas imágenes no hacen sino realzar. El resultado es, entonces, una obra sólida y coherente con lo que quiere contar.

Desde el comienzo de su carrera, el cine de Pablo Trapero ha tenido ese “contacto” con la realidad que le inyecta tanta vitalidad a sus historias. Pero con la experiencia acumulada, parece que desde Leonera y ahora aún más en Carancho, ha conseguido el balance adecuado entre intensidad narrativa, belleza estética y denuncia de todo lo malo que hay en “la vida real”. Porque el cine del argentino, no se puede negar, siempre ha sido de denuncia, sólo que conocedor de los mecanismos del público, ese grito de reclamo frente a los defectos de las instituciones (la policía, la construcción, las cárceles, la familia) se combina con una historia que se conecta con el público para no quedarse en el panfleto. Y si ahora es Darín su protagonista, es porque ha entendido que los espectadores no necesitan que los actores sean feos o “naturales” para identificarse con ellos (como creen tantos acá todavía), sino que las criaturas que componen deben ser creíbles. Luján y Sosa, en su desesperación y su cansancio, lo son.

Podrá gustarnos o no el final de la película, ciertamente previsible si uno tiene la convicción de que la vida es una tragedia. Pero nos queda la escena que mejor resume el espíritu de Carancho, la de la fiesta de “quinces” a la que invitan a Sosa y a Luján: todos bailan, sonrientes, algo que seguramente será una cumbia villera, pero lo que oímos es un bolero trágico de Julio Jaramillo. Esa aparente contradicción es la vida: donde un bellísimo pájaro se alimenta de carroña. Donde amor y tragedia se juntan, para escribir las historias “con tinta sangre del corazón”.

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