Nombre: El vengador
Categorías: Acción, Ciencia Ficción, Animación, Western, Religiosa, Fantasía, Guerra, Basada en una novela gráfica
Director: Scott Charles Stewart
País: Estados Unidos
Año: 2011

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro *

El vengador (2011)

Una película sin sangre

Una de las lecciones que nos ha dejado el cine es que los vampiros sienten un hambre que jamás se agota. No importa si se visten como elegantes caballeros que dan entrevistas para revelar su verdad o si lucen calvas ruinosas, como en Nosferatu. Los pobres no pueden controlarse y tienen que probar nuestra sangre para sobrevivir

Ni siquiera con todo lo vanguardista que pretende ser Priest, presentándonos una trama vampiresca en un mundo futuro donde la Iglesia católica se ha apoderado de nuestras vidas (un aspecto de la historia que es desperdiciado por los guionistas), el hambre de los vampiros, ese cliché, está saciada. En eso, como en muchas otras cosas, esta película nunca intenta innovar; aunque claro, los realizadores tienen la coartada de que ésta es la adaptación de una novela gráfica de mucho éxito y están siendo fieles a ella. Según el universo de la película, los vampiros ahora viven en reservas vigiladas, alejadas de las ciudades, de las que no pueden salir nunca. Se supone que han sido derrotados por “los sacerdotes” —historia que se cuenta en una animación preciosa, que pretende distraernos con su belleza de las lagunas narrativas que encierra—, un grupo de guerreros entrenados por la Iglesia para combatir a esa raza, que supuestamente es desmantelado para que no se vuelvan más poderosos que la misma cúpula de la Iglesia, en una clara alusión a la historia de los caballeros templarios

Pero afuera de estas neo ciudades medievales, ciudadanos rebeldes han edificado pequeños poblados que sin las murallas y la protección de la Iglesia están a merced del deseo de los vampiros por volver a la guerra. Que estos pueblos parezcan ciudades del viejo Oeste, y que incluso tengan alguaciles, es una decisión creativa que probablemente funcione mejor en el cómic que en la cinta. Asumiendo que creamos en las reglas de juego que nos propone, Priest nos presenta a su personaje principal, el sacerdote del título, quien desafía a los jerarcas de la Iglesia y vuelve a vestir los hábitos de batalla porque los vampiros han asesinado a su hermano y a su cuñada y han secuestrado a su sobrina. Para rescatarla contará con la ayuda del sheriff del pueblo, y de una antigua compañera de batallas, con quienes compartirá persecuciones, peleas y un par de revelaciones, fácilmente adivinadas por el público si ha visto más de cinco películas de acción estadounidenses.

Que el maquillaje del personaje principal, con esa cruz tatuada en medio de la cara, como trazada por una mano infantil, se vea ridículo desde la primera escena; que el ambiente de “Ciudad Catedral” parezca una copia barata y al carbón de la visión de Los Angeles que tuvo Ridley Scott en Blade runner y que los pocos planos que explican la cotidianidad del futuro (como ese panel solar que alimenta las baterías de los súper-motos usadas por los personajes para viajar entre ciudades), sean despachados a las patadas, son sólo una muestra de lo endeble de la propuesta estética de Priest. Y si a eso le sumamos un guión débil, que pone a concursar a sus personajes por quién dice el parlamento más estúpido, tenemos como resultado una cinta prescindible, que sólo vale la pena como entretenimiento para distraídos en una noche de aburrimiento.

Con toda la experiencia que su director, Scott Charles Stewart, tiene en el área de efectos visuales (trabajó en Sin city, Harry Potter y el cáliz de fuego y la saga de Piratas del Caribe, entre otras cintas) no se entiende por qué no logra Priest definir una propuesta estética propia, en vez de hacer tan evidentes sus influencias: los “sacerdotes” parecen vestidos con prendas desechadas en una subasta de utilería de Matrix (además copian sus movimientos de combate), la música plagia descaradamente las melodías más conocidas de Carmina Burana, los caras de los vampiros son calcadas de la última versión de los dementores en Harry Potter. Es como si pusiéramos todas las influencias de la cultura pop de los últimos años en una licuadora y el coctel resultante sea la masa babosa de los capullos (imagínense, ¡también se inspiraron en Cocoon!) en que los vampiros (¿descansan, duermen, crecen?) son almacenados dentro del tren.

Tal vez el único mérito de Priest sea el empeño que pone en fracasar en distintos niveles al mismo tiempo. Como película de acción, sus secuencias de peleas más que inverosímiles, son absurdas. Como western toma todos los clichés del cine de vaqueros y cubre con ellos a dos personajes mal actuados (Karl Urban necesita con urgencia que comiencen a filmar la secuela de Star trek para que no se vea tan perdido en el mundo, Cam Gigandet parece predestinado a la serie B) y mal vestidos. Y como cinta de vampiros, irrespeta el misterio y la elegancia de estos mitos contemporáneos, convirtiéndolos en poco más que abejas humanoides, con reina madre y toda la cosa.

Si al menos tuviera un final digno: una matanza terrible que en diez minutos de adrenalina muestre al sacerdote en todo su esplendor guerrero, una traición de la Iglesia que explique su desidia frente al nuevo alzamiento de los vampiros; algo que no sea un sombrero que cae intacto al suelo después de una explosión apocalíptica, con un toque de humor que como todo acá, se siente fuera de lugar. Pero no, para terminar de poner los clavos del ataúd de una película tan falta de sangre en las venas, tan muerta y sin vida como los malvados a los que se combate en ella, con una escena que supuestamente ocurre en el recinto principal de la Iglesia que aquí tiene la majestuosidad de un galpón avícola, Priest deja a los espectadores temiendo lo peor: una posible continuación, la consolidación de este bodrio terrible como una franquicia cinematográfica.

Lo que más duele, es ver cómo el actor principal de esta película, un hombre que ha demostrado su gran talento incluso en producciones débiles como El código Da Vinci, termina involucrado en un título como éste. Cuesta creer que no haya películas de acción algo mejores que Priest, si su excusa es que quería divertirse un rato. Pero las lecciones del cine son válidas hoy y siempre. No sólo los vampiros tienen un hambre eterna que no se sacia. También los actores, como Paul Bettany, tienen que comer.

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