Nombre: Agua para elefantes
Categorías: Drama, Romance, Basado en una novela, Histórica, De época
Director: Francis Lawrence
País: Estados Unidos
Año: 2011

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Samuel Castro * * *

Agua para elefantes (2011)

Casi a la antigua

¿En qué piensan hoy las personas cuando les hablan del circo? Porque muchos niños pequeños, no tienen ni idea de que existan o hayan existido lugares donde los animales sean obligados a vestirse con trajes ridículos, mientras soportan latigazos y órdenes de sus entrenadores para que salten un obstáculo o caminen por la cuerda floja. Para esos niños, la palabra circo se refiere a los mágicos shows televisivos del Cirque du soleil. El circo de carpa y domador de leones, de algodón de azúcar y gradas hechas con tablones de madera es hoy, como tantas cosas en el mundo, un recuerdo de tiempos que no volverán. Por esa razón, Water for elephants es desde su planteamiento inicial, desde el escenario en que se desarrolla, un ejercicio nostálgico.

Como no podía ser de otra forma en una historia así, la película comienza con Jacob, un hombre viejo y sonriente, que recuerda entusiasmado su juventud, cuando estaba a punto de terminar sus estudios de veterinaria en la Universidad de Cornell y se encontró en medio de la terrible depresión económica que vivió Estados Unidos en los años 30, sin un peso en el bolsillo, sufriendo la muerte repentina de sus padres y con la tarea pendiente de presentar sus exámenes finales para graduarse. Intentando colarse como polizón en un tren termina haciendo parte de los trabajadores del circo de los Hermanos Banzini, que viaja por la Norteamérica profunda, entreteniendo a los desesperados.

En la primera parada, Jacob observa con mirada asombrada (que es la misma de nosotros los espectadores, ante una secuencia que para nuestra fortuna apela a lo real y no a lo digital) los cientos de manos y de esfuerzos involucrados en lo que alguna vez se llamó “el espectáculo más grandioso de la tierra”. Esta secuencia, con una cámara detallista y nunca obvia, que se detiene en momentos tan bonitos como la forma en que se clavaban las estacas antes de levantar la carpa gigante y una edición fluida y tranquila, que deja tiempo para que respiremos el ambiente de camaradería que se vivía entre los artistas, muestra desde el comienzo que el equipo que produjo Water for elephants —bajo las órdenes de Francis Lawrence, un director confiable que sabe crear un cine de masas sin que parezca prefabricado, como Constantine y Soy leyenda—, se tomó en serio su tarea.

Conocerá Jacob al director del circo, August y a su esposa, Marlena, quienes junto a él conformarán el inevitable triángulo romántico que un melodrama necesita para funcionar. Y deberá ocuparse de Rosie, la elefanta que ha adquirido el espectáculo con la esperanza de que se convierta en su atracción principal, mientras aprende a golpes que no es oro todo lo que reluce, y que detrás del brillo y las lentejuelas se esconde una sociedad con sus propias reglas, comandada por un déspota que actúa como el dictador de una república bananera, al que por supuesto, deberá derrotar para ser feliz.

No es propiamente en la originalidad del guión (basado en un best seller del mismo título) donde están los méritos de Water for elephants. Diálogos tan cursis como “No sé si fui yo el que escogió aquel circo. Pero algo me dice que fue ese circo el que me escogió a mí” no hubieran sonado mejor ni siquiera en la voz de un actor con más experiencia que Robert Pattinson, quien tiene que cambiar un poco su mirada de angustia para evitar que creamos que estamos en una versión de época de Twilight. Y el asunto no mejora a la hora de explicarnos por qué suceden las cosas de la película (que un elefante sólo hable y entienda polaco es una de las muchas acciones que no cuadran si les damos una segunda mirada) o cuál es la razón para que los personajes actúen como lo hacen.

En cambio, en muchos otros aspectos, Water for elephants funciona tan bien como las películas clásicas que pretende emular; la dirección de arte y el diseño de producción, las áreas encargadas de las locaciones y del aspecto de todo lo que en ellas aparece, son tan perfectos (el mundo dentro del tren es una maravilla) que realmente permiten sumergirnos en el tiempo y el universo de la película. La música de James Newton Howard potencia cada escena y la dirección fotográfica del gran Rodrigo Prieto (el mismo de Biutiful y de Los abrazos rotos), suma vitalidad e interés a todos los momentos, permitiendo que las dos horas de la película pasen muy rápido. En cuanto a los otros protagonistas, Reese Witherspoon cuenta con la ventaja de tener un rostro y una expresividad que hubieran  funcionado muy bien en la época del cine mudo. Su caracterización como Marlena, sin ser del otro mundo, es creíble incluso cuando hace acrobacias o en las escenas en que debe aparecer sobre la elefanta. Christoph Waltz, por su parte, es lo mejor de la cinta: el villano que encarna es un ser complejo, intenso y sagaz, al que logra dotar de la fuerza necesaria para entender por qué es el motor del circo que maneja y al mismo tiempo el causante de todas sus desgracias.

Son sus celos y la posibilidad de que todo se descubra los que logran que suframos por la pareja de Jacob y Marlena, los que crean la tensión que se necesita en las pocas y castas escenas románticas que comparten los dos personajes. Y aunque puede que esto sea parte del estilo narrativo clásico que Lawrence quería darle a su película, lo cierto es que con la casi nula química que se percibe entre Pattinson y Whiterspoon, también parece una decisión de pura lógica: el fuego que debería haber en ambos cuando se miran no puede conseguirse ni con todos los efectos especiales del mundo. Eso sí, nada tiene que ver la diferencia de edades entre ellos (ante ese tipo de comentarios, leídos en otros medios, uno se pregunta quién tiene al final el prejuicio, ¿Hollywood o nosotros?); las parejas en el cine funcionan o no, sin segundas oportunidades.

El resultado final es agradable y entretenido. Sin ser una película grandiosa, Water for elephants logra contar con solvencia una historia que alcanza a emocionar y conmover. Puede que al final se quede corta en sus pretensiones de imitar al cine clásico, pero en estos tiempos de súper poderes y robots parlantes que vienen del espacio, resulta refrescante que alguien intente volver a hacer un cine romántico y pasional. Un cine que a lo mejor, como los circos, haya desaparecido para siempre.

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