Nombre: Biutiful
Categorías: Drama, Política, Fantasía, Misterio, Crimen
Director: Alejandro González Iñárritu
País: M
Año: 2010

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Samuel Castro * *

Biutiful (2010)

La vida no es biutiful

No es una buena idea ver las películas de Alejandro González-Iñárritu un domingo por la tarde. Desde su maravillosa Amores perros, y siguiendo con las correctas y menos inspiradas, 21 gramos y Babel, el director mexicano ha dejado claro que no es retratar la felicidad del mundo lo que le interesa. Pareciera que su pasado como disc-jockey le hubiera enseñado que a pesar de que bailamos con ganas las canciones alegres, las melodías que cantamos a voz en cuello son las baladas, las rancheras y los vallenatos que hablan de despecho, traición y tristeza. Que esa y sólo esa es la banda sonora que se queda en nuestra memoria.

En Biutiful no hay espacio para la alegría o la esperanza. Deletrear mal la palabra “hermoso” para la tarea de inglés de su hija, es toda una declaración de principios de la cinta, para que nos quede claro que lo único bello que puede existir en el mundo de Uxbal, su personaje principal, es la belleza de lo bizarro, de lo mal hecho. De una vida mal escrita. Cada parte de su existencia funciona como una mesa con una pata chueca: sus pocos ingresos provienen del manejo de inmigrantes ilegales, ya sean los africanos que venden artículos piratas sobre mantas tendidas en la acera o los orientales que encerrados en un sótano producen falsa ropa de marca; su esposa es bipolar y alcohólica, lo que obliga a Uxbal a ocuparse de sus dos niños; lo contratan a veces en los funerales para que use su capacidad de comunicarse con los muertos y les enseñe el mejor camino a la otra vida; hay que sacar el cadáver embalsamado de su padre de la bóveda del cementerio en que reposa, pues van a construir un centro comercial en ese terreno y orina sangre desde que el cáncer de próstata que le ha puesto fecha de vencimiento a sus días, hizo metástasis.

Hay actores que cargan heroicamente sobre su espalda —como esos cracks veteranos que van a parar a equipos de fútbol de segunda división— con todo el peso de la película que protagonizan. Sin la presencia, la experiencia y el talento de Javier Bardem, en la piel (¿o más bien en la carne, en las vísceras de Uxbal?) del protagonista, todas las falencias de Biutiful se harían evidentes. Pero su voz que siempre acierta con el tono, el gesto y la presencia del español en medio de esa Barcelona tenebrosa (¿se quejarán también todos los que se quejaron cuando Woody Allen pintó una ciudad de postal en Vicky Cristina Barcelona?), su rostro sufrido pero resignado que refleja la culpa por el mal que causa sin querer, bastan para que durante los 148 minutos que dura la película uno se crea el cuento y admire su talento interpretativo.

El problema es que justo después de que las luces se encienden, cuando la historia vuelve a nosotros en forma de recuerdo, aparecen sus defectos. Como pasa con las imitaciones baratas de carteras finas, al mirar con cuidado se pueden apreciar los materiales de mala calidad, los botones de plástico, las costuras de hilos gruesos. ¿Por qué tanta desgracia distinta? ¿No era suficiente con una de las tramas, todas dolorosas, para que la historia tuviera sentido? Al sumar y sumar problemas sin ningún pudor a la existencia de Uxbal, los guionistas (entre ellos el director) causan el efecto contrario del que pretenden: el ahogamiento por desmesura. En un punto de la cinta, uno piensa que ya es demasiado, que basta ya con querer torturar a ese pobre tipo. ¿Qué le aportaba a la cinta la dimensión sobrenatural del contacto de Uxbal con los muertos, aparte de esos planos de almas de difuntos flotando bajo los techos, como espíritus perversos de películas de terror japonesas? ¿No era mejor que supiéramos un poco más sobre el destino de la esposa, que desaparece a las patadas de la pantalla? Sí, es muy poético el encuentro de este pobre médium del tercer mundo (porque eso sí, el tercer mundo como concepto le encanta al mexicano) con su padre, muerto más joven que él, en un cielo donde las lechuzas se mueren pero… ¿nos dice algo, completa en algo el rompecabezas del resto de su vida?

Cuando González-Iñárriitu y Guillermo Arriaga, el guionista de su obra anterior, pelearon públicamente, era difícil ponerse de uno de los lados de la discusión. Su disputa es tan vieja como el cine mismo: ¿quién es el verdadero autor, si es que puede haber uno sólo, de una película? ¿El guionista, que crea los hilos y los nudos de trama que éstos tejen? ¿O el director, que toma las decisiones que crearán las imágenes? A juzgar por lo que se ve en Biutiful no hay duda de que en esta cinta hay conexiones evidentes con el resto de la obra del latinoamericano: ahí están sus personajes descarnados, retratados sin misericordia con todas sus miserias corporales y espirituales, como el hermano de Uxbal (un siempre interesante Eduard Fernández) o Marambra, su mujer; sus comidas de familia en la mesa, que dejan ver conflictos muy profundos; su manera particular de retratar la soledad y unos planos que jamás son obvios gracias al trabajo destacado de Rodrigo Prieto, su fotógrafo de siempre.

Pero falta Arriaga para darle un orden (así sea falso y caprichoso, enrevesado e inverosímil) a todo. Como si el director, aterrado ante la idea de contar una única historia, hubiera reemplazado las vidas que se cruzan y las coincidencias con más y más temas “importantes” (globalización, inmigración ilegal, esclavitud, enfermedad, la preocupación ante la muerte, la paternidad, el amor de pareja, además de otros que se quedan por fuera de la lista) para que el paquete luciera tan cargado como de costumbre. Por desgracia, sin la mano del guionista, la historia no es un mecanismo de relojería y por eso, a diferencia de Babel, donde la escena de la discoteca era tan importante, en Biutiful una secuencia similar luce inconexa, tan poco relevante como la actuación de Martina García que nos quisieron vender como el aporte colombiano a la cinta.

Si de algo no puede acusársele a Alejandro González Iñárritu es de poco ambicioso. Desde aquel accidente automovilístico de Amores perros filmado con la pericia de un veterano y con perfecta conciencia de sus pretensiones, su cine, como el de todo aquel que se sienta autor, ha pretendido crear un universo propio. En Biutiful, ha demostrado que hay muchas ideas en su cabeza y que es capaz de conservar la intensidad de sus imágenes, aunque los diálogos, al venir de otra pluma, no sean tan punzantes y acertados. Pero en esta película, el equilibrio (llámenlo ecuanimidad si quieren) que se necesita para que creamos en su universo no se alcanza. Nadie puede creer en un mundo donde a toda hora es domingo en la tarde. Donde el tiempo es un eterno día de los muertos.

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