Nombre: Temple de acero
Categorías: Acción, Western, Basado en una novela, Crimen, De época
Director: Ethan y Joel Coen
País: Estados Unidos
Año: 2010

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Samuel Castro * * * ½

Temple de acero (2010)

El nuevo Oeste

No es fácil contar una buena historia. Porque una buena historia es la que se sigue con atención desde el comienzo hasta la última palabra, la que nos permite entender a sus personajes (incluso a aquellos con los que no podemos identificarnos), la que parece trascender los hechos que relata para hablarnos de algo más grande y más importante.

Los hermanos Coen, a pesar de lo que digan sus fans, toda la vida han tenido problemas con sus historias. Incluso en sus mejores películas (Barton Fink, The man who wasn’t there, Fargo) siempre hay un momento en que la trama se pierde en absurdas digresiones o en que sus personajes parecen muñecos de ventrílocuo, recitando un diálogo o ejecutando una acción que se le ocurrió a Joel o a Ethan, pero que no concuerda con lo que habían hecho o dicho hasta ese momento. Los defectos también pueden ser marcas de estilo.

Pero en True grit, su última película, eso no pasa. Tal vez porque realmente les gusta mucho la novela de Charles Portis (han insistido en que ellos han vuelto a adaptar el libro y no han hecho el remake de la cinta de 1969) la historia avanza por un camino sin bifurcaciones desde el comienzo, cuando la pequeña Mattie Ross llega a Forth Smith, Arkansas, a reclamar el cadáver de su padre y encargarse personalmente, con una determinación y un coraje impresionantes para su edad y su época, de vengar su muerte. Cada secuencia de la película a partir de ahí, cada diálogo, aparece en función de ese hilo narrativo; desde la graciosa escena en que Matttie le cobra por los caballos de su padre robados a quien los cuidaba, donde nos convencemos de lo inteligente que es esta chica, hasta el momento en que Rooster Cogburn, el hombre que la niña contrata para “el trabajo, prueba que sí posee ese “true grit” del título, expresión que gracias a la novela se quedó en el habla popular de los norteamericanos desde hace décadas y que se refiere a un coraje terco y engreído que puede ayudar a que las personas superen pruebas azarosas.

Si uno ha visto la versión anterior, dirigida por ese artesano disciplinado y mal pagado por Hollywood que fue Henry Hathaway, se dará cuenta de que los Coen se tomaron en serio la tarea de hacer una película de vaqueros que se sienta real, sin escenografías hechas de cartón paja ni todos los clichés que el cine ha convertido en mitos (por ejemplo la calle central de su pueblo es amplia y nada polvorienta y el líder de “los buenos” se ve peor vestido que “los malos”). Tal cuidado sólo puede deberse a que estamos ante un homenaje, una carta de amor de dos fervientes admiradores de ese género maravilloso que es el western. En vez de hacer uno “a la Coen” (o tal vez porque ya lo hicieron en No country for old men) le regalan a su auditorio una película donde han juntado lo mejor de dos mundos: su aprecio por los héroes imprevistos (la policía embarazada de Fargo, el mariguanero irresponsable de The big Lebowski) y las líneas de diálogo largas y memorables, con un universo muy distinto al suyo, donde la palabra honor tiene sentido y ni siquiera el líder de una banda de matones ejerce crueldades gratuitas.
 
Las cosas que se mantienen del cine de los Coen en True grit son las que valen la pena: un trabajo entregado de su reparto, que aprovecha la oportunidad que los Coen les dan de cambiar su registro habitual (que le permite a Matt Damon demostrar que es algo más que un héroe de acción o una cara bonita), la sabia creación de la atmósfera que más le conviene a un relato (en este caso, convirtiendo los terrenos de la nación india en una especie de país de las maravillas terrible, para esta Alicia del oeste que es Mattie) y la fotografía de ese maestro aún no premiado con el Oscar que es Roger Deakins. Su labor en esta película es asombrosa, al evadir las elecciones comunes del género (como las paletas de colores tierra o la iluminación tipo puesta de sol) e inclinarse por una recreación casi naturalista de bosques y planicies en medio del frio y de unas escenas nocturnas admirables, que se ven como iluminadas con luciérnagas. Lo que logra al presentarle a Mattie a sus dos compañeros de viaje, sacándolos literalmente de la oscuridad para iluminarlos (Cogburn aparece a contraluz frente a un ventanal y lentamente su cara va tomando forma frente a la niña; el rostro de Labeouf, el ranger texano, se ilumina sólo cuando enciende un fósforo) es, sin duda, eso que llamamos “la magia del cine”.

Además de Hailee Steinfeld, la niña que se roba el show con su caracterización de una adolescente aguerrida y sagaz, en True grit hay que quitarse el sombrero ante lo que logra Jeff Bridges como el sheriff borrachín, gordo y tuerto que la acompaña. Si era difícil repetir el papel que le dio el Oscar a una leyenda de Hollywood como John Wayne, Bridges se mantiene a la altura del desafío (él mismo es ya una leyenda), componiendo un personaje creíble en su rudeza y en su virilidad, patético pero nunca al extremo de perder el respeto que genera  La ironía es que este año le darán el Oscar a Colin Firth por una interpretación inferior a lo que logra Bridges acá, mientras que el año pasado ocurrió al revés, con Bridges ganando por un personaje que no le llegaba a los tobillos al que componía Firth en A single man. Para que nadie diga después que en el cine no hay justicia poética.

Cuando termina True grit, con la brusquedad del que se toma un vaso lleno de whisky de un solo trago, uno entiende que lo que más une a los Coen con esta historia, lo que de verdad los convertía en los mejor capacitados para adaptarla, es la ausencia total de sentimentalismo. Desde el comienzo de su filmografía, incluso en sus comedias, su cine se ha caracterizado por su impiedad y su aspereza. Y aquí, con pulso firme, nunca permiten que la historia deje de ser lo que es: el relato de una niña que crece mientras descubre lo triste y duro que es el mundo, que termina siempre arrancándote algo que no vas a recuperar.

Puede que los aficionados al cine de los Coen salgan de la sala con la extraña sensación de que vieron la película menos personal del “monstruo de dos cabezas”, como todavía los conocen en la industria. Que extrañen los personajes bizarros que desconciertan (hay sólo un par en True grit pero en apariciones menores e inocuas) y los giros enrevesados de sus tramas. Pero los demás, agradeceremos que esta vez los Coen, se dedicaron a contar nada más que una buena historia. Para quien la ve, no hay mejor recompensa.

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