Nombre: El amor y otras adicciones
Categorías: Drama, Comedia, Romance, Basada en un libro de no ficción
Director: Edward Zwick
País: Estados Unidos
Año: 2010

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Samuel Castro * * * ½

El amor y otras adicciones (2010)

Un amor de nuestra época

Primer gesto: Maggie se muerde un labio mientras conversa con Jamie. Están en una cafetería, es su primera salida juntos y ella lo confronta diciéndole que es mejor que dejen las frases de conquista habituales y se vayan ya a hacer lo que realmente desean: tener sexo durante un par de horas para olvidar quiénes son. No se necesita más para saber que no estamos frente a una típica comedia romántica.

Primer error: Esto no es una comedia romántica. A pesar de la publicidad y de lo engañosa que puede ser la traducción del título (“El amor y otras adicciones” tiene un sentido casi opuesto al de “El amor y otras drogas”, específicamente porque la palabra drogas se refiere acá a medicamentos) estamos frente a un drama romántico, con momentos graciosos y simpáticos, pero cuyo objetivo principal no es hacernos reír, sino más bien, conmovernos mientras sonreímos.

Normalmente los protagonistas de las comedias románticas tienen algún obstáculo que les impide estar juntos. Puede que uno de ellos sea una estrella de cine y el otro un librero común y corriente; o que sean jefa y subalterno, o que alguno sea el novio del hermano del otro. Los inconvenientes en estos casos son pendejadas que con algo de sentido común pueden salvarse sin mucho esfuerzo; pero no pasa lo mismo en Love and other drugs porque claro, estamos viendo un drama. Acá hay un verdadero problema: Maggie vive un estado temprano del mal de Parkinson, una enfermedad para la que no hay drogas que funcionen. Ninguno de los medicamentos del portafolio de Jamie, un vendedor al servicio del laboratorio Pfizer que se ha dedicado a eso porque no sabe muy bien qué hacer con su vida, puede hacer nada por ella.

Segundo gesto: Maggie tiene un orgasmo y le creemos. Por el sonido, por la mirada, por la fuerza con que aruña las sábanas y por lo buena actriz que es Anne Hathaway. En las películas románticas norteamericanas la norma tácita es que, o el sexo se esconde con una caída que se sale de cuadro o se convierte en el centro de una trama que termina siendo una copia barata de Nueve semanas y media. Pero acá no. Acá los protagonistas viven una sexualidad sin remordimientos, intensa y pasional, a pesar de la advertencia que se hacen el uno al otro de que “eso” que tienen no se va a volver trascendental. Y los que vemos la película agradecemos ver por fin una trama amorosa que no le pone tanto misterio a lo que no lo tiene.

Segundo error: uno muy leve. Tal vez por la escasez de galanes treintañeros que además de ser lindos actúen bien, escogieron a Jake Gyllenhaal para este papel. Cuando se quita la camisa y queda en calzoncillos uno sabe que la preparación física para su intento como héroe de acción en Prínce of Persia se sigue notando y eso beneficia su atractivo. Los suspiros femeninos en la sala lo confirman. Pero a pesar de copiar varios de los ademanes de triunfador y los gestos de confianza que usaba Tom Cruise en Jerry Maguire, Gyllenhaal no logra transmitir la misma altanería irracional que sería necesaria en ciertos momentos de Love and other drugs para que nos haga creer que él es el mejor vendedor de medicamentos de su compañía o aquel macho irresistible que se insinuaba en la primera escena. Y al tener a Anne Hathaway al lado, con la inteligencia, energía y sensualidad que ella le brinda a su personaje, la relación se descompensa, pues uno entiende por qué se enamoró él de ella, pero no lo contrario. Sin embargo, esa misma fragilidad de Gyllenhaal le suma credibilidad al momento en que su cuerpo no le responde y él entiende, desesperado, lo que eso significa.

Pero lo más importante, por lo que esta película se destaca, es porque logra transmitir el espíritu de una época: los noventa. Desde el uso de canciones populares en su banda sonora (la primera música que suena es Two princes de Spin Doctors) hasta las crisis que tienen los personajes secundarios (el hermano que triunfa en la bolsa pero es incapaz de hacer que su esposa lo respete, el médico que quería salvar vidas y terminó en fiestas pagadas por compañías farmacéuticas), todo aporta para que recordemos una década en la que se puso de moda ganar a toda costa, enriquecerse de cualquier manera (como los que hicieron colapsar las empresas punto com, para no hablar de lo que sabemos) y nadie quería reconocer que la vida no es una fiesta (por eso el auge de los antidepresivos, que también vende Jamie). La relación de los protagonistas de Love and other drugs es como una pastilla de Zoloft o de Prozac: los hace sentir felices para que no recuerden lo que anda mal con sus vidas.

Tercer gesto: Maggie se tapa la cara para que Jamie no la grabe, pero es incapaz de ocultar su felicidad después de hacer el amor. Igual que él mientras mira la filmación en el televisor de su casa, nos asombramos de lo hermosa y maravillosa que es esa mujer. Con este personaje, Anne Hathaway demuestra que se está convirtiendo, junto con Natalie Portman, en la mejor actriz de su generación, pues es capaz de darle matices y cargar de humanidad a un personaje que en el papel podría haber sido actuado en piloto automático. Su grito en el momento en que los temblores de su mano le hacen quebrar una botella es tan sincero como la sonrisa emocionada en su cara cuando asiste a una conferencia para aprender a vivir con el Parkinson.

Si vemos el currículum cinematográfico de Edward Zwick, podríamos extrañarnos de que el mismo director de El último samurái y Diamante de sangre haya querido contar esta historia. Pero mirando su trabajo televisivo, entenderemos que si uno concibió y participó en series como Once and again o Después de los treinta lo lógico era continuar con esta reflexión acerca de cómo hemos cambiado, sin que nos demos cuenta, por cosas que no dependen de nosotros como las culturas corporativas o el descubrimiento del Viagra.

Tercer error: algunos críticos han tratado con dureza a esta película porque supuestamente banaliza la enfermedad de Maggie. Nada más equivocado. Love and other drugs no es sobre el mal de Parkinson, aunque lo trata con sobriedad y respeto. Es sobre los problemas que nos dañan los planes, sobre lo que hace el amor para curarnos las heridas y sobre los fallos y los gestos valiosos que por partes iguales, componen nuestras vidas.

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