Nombre: Más allá de la vida
Categorías: Drama, Religiosa, Fantasía, Romance
Director: Clint Eastwood
País: Estados Unidos
Año: 2010

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Samuel Castro * * *

Más allá de la vida (2010)

La muerte tratada con sutileza

Es difícil describir un estilo, especialmente en cine. Hay temáticas que se repiten en todas las películas de un director, preferencia por algunos encuadres, ciertas manías a la hora de narrar. Pero a veces todo eso se queda corto para definir la manera en que un nombre corresponde a una forma particular de ver el mundo y entonces, es mejor ensayar con la comparación. Si la primera secuencia de Hereafter en la que vemos cómo un tsunami arrasa un entorno paradisiaco hubiera sido dirigida por Roland Emmerich (el director de Independence day, de The day after tomorrow, de 2012) se demoraría 15 minutos, tendría metido a las malas algún elemento humorístico, y se centraría en mil y un incidentes “espectaculares” antes de llegar a la protagonista, que estaría impecablemente vestida, con blusa escotada y pantalones estrechos. Pero como el encargado de narrar es Clint Eastwood, un hombre que ha hecho de lo simple y claro una declaración de principios, la ola se va tan rápido como llega y sus efectos devastadores, aunque aparecen evidentes en pantalla, nunca nos importan más que lo que ocurre con el personaje principal de este episodio, la periodista francesa Marie LeLay, que había salido de su hotel (con la apariencia que debe tener alguien recién levantado) para comprarle algunos regalos a los hijos de su amante, que se quedó dormido en la habitación. Sí, el trabajo de efectos especiales es simple. Pero también impecable.

Cuando la ola arrastra todo a su paso, se lleva consigo a Marie y a una niña que trató de rescatar. El borde de un carro la golpea en la cabeza y enseguida la vemos flotando bajo el agua, como si fuera un ángel. Durante unos segundos, Marie está muerta. Ve unas siluetas que la esperan y una luz brillante. Y eso es todo. No hay mensajes apocalípticos ni paisajes de ensueño. Pero a partir de ese momento la exitosa vida que Marie llevaba como conductora de un programa de periodismo de investigación cambia, pues ha tenido contacto con esa otra dimensión de nuestra existencia que debería imponer respeto con sólo nombrarla: la muerte.

Lo mismo ocurre con los otros dos protagonistas principales de Hereafter. El uno, George Lonegan, es un hombre de San Francisco que dialoga con los muertos. Un médium con el don de entablar contacto con las personas fallecidas que han sido importantes en las vidas de aquellos a quienes toma las manos. Aunque más que un don, para George su habilidad es una maldición. Hablar con los muertos no lo deja dormir y para lograrlo necesita oír la voz del actor Derek Jacobi leyendo en audiolibros las principales novelas de su ídolo, Charles Dickens. El otro personaje es Marcus, un niño que ya no tiene ganas de vivir pues ha perdido a su hermano gemelo, a su mitad complementaria, Jason, en un accidente.

El guión de Peter Morgan (el mismo escritor de La reina y de El último rey de Escocia) presenta las tres historias durante la mayor parte de la película, como episodios independientes. Sin embargo, gracias a un montaje correcto, a la fotografía (casi celestial, siempre opaca), al motivo musical que se repite con insistencia y al ritmo que Eastwood le impone a su forma de contar, sabemos que las tres están relacionadas. Que son las caras, distintas pero complementarias, de una misma figura, o más bien, de una idea: la de que la muerte está ahí, hace parte de nuestras vidas y si no la aceptamos no podremos continuar con nuestro camino por el mundo. Por eso a cada relato le da el tiempo necesario para que respire y se desarrolle. Por eso cada trama tiene un pequeño clímax, que sirve para que sus protagonistas abran los ojos y tomen una decisión que al final, como sin querer, cruzará sus senderos.

Lo que uno siente mientras ve Hereafter es que hay un compromiso del director con sus criaturas, a quienes respeta y describe sin nunca opinar. No porque tenga miedo de meterse con la religión o con las creencias del público, sino porque no lo considera necesario. Cuando Marcus va donde una farsante que se pone en evidencia a los dos segundos, no llora ni le grita que está mintiendo. Simplemente gira y se va, porque su problema es muy trascendental como para perder el tiempo con peleas innecesarias. De esta manera, un tema como aquello que nos espera después de la muerte, que podría prestarse perfectamente para la exageración, la burla o la manipulación religiosa, bajo el lente de Eastwood es algo más importante y al conseguir transmitir eso, gana credibilidad y aceptación: no importa si le rezas a Alá o a Jehová, esta película te va a hablar al oído.

Como siempre (y parece increíble al ver sus resultados que Eastwood sea un director que la mayor parte de las veces se queda con la primera toma) las actuaciones de sus protagonistas son verosímiles y sencillas. Matt Damon pierde cualquier pose que nos pueda recordar sus trabajos como agente secreto y luce exactamente como lo requiere la cinta: como un tipo cualquiera. Cécile De France combina fragilidad y temperamento de forma perfecta. Y el niño (Frankie o George McLaren según la escena) no cae nunca, ni siquiera en las escenas más tristes, en los gestos exagerados de muchos actores infantiles.

Da gusto que después de habernos contado dramas conmovedores y terribles, como Million dollar baby o Mystic river, Clint Eastwood, que con su edad y su filmografía está más allá del bien y del mal, siga atreviéndose a experimentar, en este caso, con el drama metafísico. Tal vez la historia hubiera ganado más en emoción si sólo se hubiera centrado en un personaje o en dos, si alguno de los tres protagonistas tuviera un temperamento menos apacible o si el director norteamericano hubiera dejado que fuera otro quien compusiera la música (que suena a veces demasiado simple) pero al final Hereafter es un intento mucho más que digno de tratar un tema difícil y complejo.

Cuando se apagan las luces, uno siente que le acaban de dar un buen consejo. Que Clint Eastwood, con su voz gastada por los años (que tal vez sea la mejor manera de definir su estilo) se ha acercado a nosotros con la agudeza de un viejo sabio y nos ha puesto una mano en el hombro para recordarnos que es mejor no preocuparnos, que sea lo que sea que haya más allá, la única tranquilidad que podemos tener ante la muerte es que hicimos lo mejor que pudimos con lo que nos tocó. Como él mismo, con esta historia.

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