Nombre: Harry Brown
Categorías: Drama, Acción, Suspenso, Policiaca, Política, Crimen, Thriller
Director: Daniel Barber
País: Reino Unido
Año: 2009

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * *

Harry Brown (2009)

Miedos modernos, viejas venganzas

Sabemos, por la textura y el color del paisaje urbano, por el temblor del encuadre y los desenfoques bruscos, que las imágenes que acaban de aparecer frente a nosotros, antes de los primeros créditos, fueron grabadas con un celular. Igual que millones en el mundo, un par de jóvenes registran sus “andanzas” sobre una moto, mientras ríen y gritan. Nos empezamos a preocupar cuando entendemos que uno de ellos tiene un arma y está amenazando a los transeúntes. Y finalmente, como si fuera el resultado lógico de la carrera y las burlas, todo termina con un disparo que no debió ser y un choque.

Con esa secuencia trepidante, digna de sus trabajos en la publicidad, Daniel Barber nos introduce en la Inglaterra que describe en Harry Brown, su primera película. Si lo que quería era llamar nuestra atención, lo consigue, pues gracias a ese comienzo sabemos que su protagonista, un viejo cansado y melancólico, vive en un mundo peligroso. Un mundo donde, como vimos, un crimen es producto de unos muchachitos que no saben qué hacer con su vida y que creen tener derecho a tomar para su beneficio lo que les dé la gana: la mujer bonita que camina frente a ellos, los espacios públicos de sus barrios, la vida de sus semejantes.

Conocemos la sensación. Es la misma que se vive en Medellín, en Bogotá o en Madrid, en aquellos barrios venidos a menos donde las pandillas y los maleantes hacen la ley. Donde es mejor no asomarse a la ventana cuando se escuchan gritos. Tratar de ser invisible. Y eso es lo que hace Harry Brown al comienzo de esta historia, aunque le ayuda el hecho de que su aspecto gris refleja su interior, donde no hay muchas alegrías desde que su esposa yace inconsciente en la cama de un hospital y donde algo se está pudriendo día a día. Un personaje así necesitaba un casting perfecto para evitar las trampas sentimentales que la vejez causa en la audiencia y nadie mejor para darle credibilidad a una mirada silenciosa, al gesto sutil que nunca compromete la dignidad del personaje, que Michael Caine, uno de esos actores al que le creemos con su sola presencia en pantalla. Verlo es como presenciar el concierto de un músico experimentado que toca su pieza favorita con un instrumento que conoce desde siempre.

Pero Harry Brown tiene compañía de vez en cuando. Un amigo con el que comparte partidas de ajedrez. Un amigo cuyo apartamento está demasiado cerca del pasillo subterráneo que funciona como sede de la pandilla más importante de la zona. Este amigo, Leonard, le confiesa a Harry que no puede vivir más así, con el temor constante de que algo va a pasar, con la angustia de tener que enfrentarse solo a las bromas crueles e inútiles de esos tipos. Incluso le propone a su compañero de tablero que le ayude, pues Harry, con su pasado lleno de medallas en la marina, entrenado en la lucha contra los independentistas de Irlanda del Norte hace 50 años, puede ayudarle con sus problemas, insignificantes para la policía. Harry le dirá que se esté tranquilo, que mejor no agite las aguas. A la mañana siguiente, cuando la detective Alice Frampton le informe que Leonard fue asesinado, sabrá que no siguió su consejo.

Ante el temor todos quisiéramos tener la valentía para enfrentarnos a “los malos” y vencerlos. Por eso las películas de venganza siempre nos tienen de su lado. Porque a pesar de mostrar una solución propia de matones, sentimos que se está haciendo justicia en un mundo donde los buenos siempre pierden. Así que cuando Michael Caine mira desde la ventana del apartamento destruido de su amigo hacia el pasadizo bajo tierra, sabemos que esta vez no va a voltear hacia otro lado.

Gracias al trabajo del cada vez más destacado Martin Ruhe (el director de fotografía de Control y de The american) que colorea las calles nocturnas del barrio como si fuera el puente de mando de un submarino, o el interior de un aviso de neón descompuesto, sentimos la misma angustia de Harry al adentrarse en el infierno. En una secuencia memorable por las actuaciones y la tensión que logran los actores involucrados (Sean Harris como Stretch, el traficante de armas, se convierte en un Gollum de carne y hueso ante nuestros ojos) disfrutamos cuando Harry se mete a la boca del lobo y a pesar de las dudas y de sus reflejos atrasados, asume su papel de justiciero. Es incluso muy diciente que triunfe gracias a que sus enemigos son descuidados en la limpieza de sus armas.

Sin embargo, a pesar de la firme y correcta dirección de Barber, que nos da el tiempo exacto para disfrutar de la fuerza contenida de Caine (el gran actor inglés no duda en llenar de achaques a su personaje para que sea más creíble, haciéndolo incapaz de manejar un celular moderno, por ejemplo) o del apreciable trabajo del resto del reparto (en especial de la siempre competente Emily Mortimer, la detective), el guión de Gary Young adelanta el clímax de la historia por lo menos cuarenta minutos. Y cuando la escena más intensa de un thriller de acción llega tan pronto, el resultado final se ve afectado pues perdemos interés en las situaciones y vemos los puntos de giro del final como trampas del guionista. Incluso pasa lo mismo con la música: la melodía que utilizan Ruth Barrett y Mark Phipps para mostrar que está a punto de quebrarse la resistencia a la violencia de Harry vuelve a ser utilizada después, en medio de las balaceras, transmitiendo una sensación de incomodidad que no combina con el estallido de furia que se toma la pantalla, en el que la policía de Londres se mete finalmente al barrio violento, como si fuera la comuna 13 de Medellín o las favelas de Río. Porque la ficción a veces recurre a las mismas resoluciones que la realidad.

En un momento de la cinta, la detective Frampton, que sospecha de Harry, le dice que debe calmarse, que esto no es Irlanda del Norte. El viejo le responde que tiene razón, porque esa gente estaba peleando por algo, mientras que para los hamponcitos de ahora la violencia es sólo entretenimiento (y por eso la graban con sus celulares) El problema de la sociedad, y no de Harry Brown, es que pareciera que las soluciones que se plantean a esa “violencia como diversión” que vivimos, tampoco escapan al espíritu que alimenta la venganza. Y la venganza sólo acaba bien en las películas.

Comentarios

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.