Nombre: La cinta blanca
Categorías: Drama, Policiaca, Misterio, Histórica, De época
Director: Michael Haneke, David R. Ellis
País: Austria
Año: 2010

Otras reseñas para esta película

Luis Fernando Afanador Perez * * * *
Iván Gallo * * * *

La cinta blanca (2010)

El color de la inocencia

“El blanco es, como todos sabéis, el color de la inocencia”

Llama la atención que una cantidad apreciable de críticos -de varios países- se han apresurado a graduar La cinta Blanca, de Michael Haneke, como un clásico del cine. Para que una película se convierta en clásico se necesitan años de decantación, se necesita, al menos, que haya sobrevivido a la lectura de dos generaciones. Eso lo sabe cualquier crítico. ¿Por qué entonces tanta urgencia? ¿Acaso necesitaba el cine contemporáneo un clásico con suma necesidad? Es posible. En tal caso, habría que agradecerle a la película de Haneke poner en el orden día una discusión que parecía anacrónica.

Sin embargo, no debemos olvidar que son los valores intrínsecos de la película los que invitan a hablar de “clásico” al referirnos a ella. “Bergman, es evidente la filiación con el cine de Bergman”, dice alguien. “No, es un homenaje total a Dreyer”, le replica otro. “Para nada, el que está presente aquí es Tarkosvski, si lo dudan vuelvan a ver Sacrificio”, dice un tercero para complicar –o enriquecer- aún más las cosas. Sea cual sea el desenlace del interesante debate –yo me inclino por Bergman- lo que quiero resaltar es lo siguiente: no cualquier obra promueve la pregunta por las influencias. No a cualquier director lo comparan con Dreyer, Bergman o Tarkosvski. Se necesita –premisa básica- un indicio claro de que tanto por su contenido como por su forma estamos ante una propuesta que sobresale de la media. Encontrar parecidos es la primera parte del ejercicio y es todavía una actitud negadora: “se parece a”. La segunda parte, el paso crucial, implica hablar de un nuevo paradigma: Haneke. Que el sustantivo propio se convierta en un adjetivo. Así de exigente.

Ciertamente, La cinta blanca tiene un carácter y un estilo poderosos. Su impresionante belleza formal –su riqueza cinematográfica- no pasa desapercibida para ningún cinéfilo; tampoco, sus altas pretensiones: explicar el origen del nazismo y de la segunda guerra mundial. ¿Es un clásico? Como decía Roberto Arlt: “cita en cincuenta años”. Solo el tiempo responde esa pregunta. Mientras llega el futuro, a nosotros, los contemporáneos de Haneke, nos queda la modesta pero grata labor de reseñarla desde la contingencia. Vale decir, como parte involucrada, sin la suficiente perspectiva histórica para juzgar su terrible dualidad entre la sordidez y la hermosura.

Hay imágenes de esta película que uno quisiera enmarcar como si fuera un cuadro de un sorprendente Brueghel en blanco y negro. Los planos generales del austero entierro del granjero: la carreta con el ataúd, los dolientes atrás, la blancura de la nieve que matiza el dolor; el campo de trigo antes de la siega; el pueblo en invierno; la fiesta de la recolección. Y los primeros planos, también, como de un Rembrandt en blanco y negro: la conversación de Anni con su pequeño hermano sobre la muerte o de éste buscándola en la oscuridad con una vela; el rostro impasible de Klara; la timidez enfermiza y perturbadora de Eva. Hay un culto a la belleza de las imágenes pero no se trata de ningún esteticismo a lo Baudelaire: embellecer la carroña. Porque en La cinta blanca la carroña no logra ocultarse del todo, es imposible. Digámoslo de una vez: sin altas dosis de belleza este relato sería insoportable. La belleza es como un bálsamo que se sabe insuficiente. Y, curiosamente es selectivo: cuando muere la esposa del granjero en un accidente en la carpintería –que suponemos horripilante-, la cámara, en forma pudorosa se queda en la puerta y únicamente nos muestra los pies del cadáver. Pero cuando el médico humilla sexualmente a la partera no hay censura, no hay límites para su ignominia. Tampoco los hay cuando el mismo médico manosea a su hija: la cámara, morbosa, ahí sí, entra a la habitación sin ningún recato. Era de esperar, ese es el sello de la casa; no olvidemos que se trata del mismo director de La profesora de piano.

En este pueblo rescatado por Haneke para hacer parte de la historia universal de la infamia, el mal va in crescendo. Parece una cumplida cadena de relevos. Al médico le sigue el Pastor que tortura a sus propios hijos, el barón que infunde miedo en todos sus habitantes, el padre de Eva que negocia su vida como si de una mercancía se tratara. No obstante, hemos visto poco, lo peor está por venir. Una serie de crueldades han sucedido en el pueblo –la zancadilla al caballo en el que venía el médico, dos niños maltratados con sevicia, el incendio del granero- y buscar a los culpables será la misteriosa trama a develar, el aliciente para que el lector siga fiel a la narración y no se ahuyente por la bajeza moral de estas gentes. ¿Contada de otra manera nos hubiera llegado a interesar como lo hace? Lo dudo, la estructura policial constituye otro de sus aciertos. Y en ese terreno, que no perdona, hay juego limpio. Quien la vea de nuevo encontrará que ahí estaban las pistas necesarias, a nadie habían engañado. “Si un revolver aparece en un relato, tarde o temprano tiene que dispararse”, decía Chéjov. Por cierto, la intriga también era de esperar: Michael Haneke es el director de Caché. Obsesiones, constantes narrativas, voluntad de estilo: lo subrayo porque esto da puntos a la hora de hablar de un cine de autor.

Una voz principal en off –la del profesor- será la encargada de contarnos esta historia, años después, como recuerdos borrosos y confusos, como quien retoma una tradición oral: otra argucia para encontrar distancia, para no apabullar a los espectadores con la brutalidad de los hechos.

Hay misterios que se resuelven y misterios que quedan en la ambigüedad. Haneke es  incisivo: los resuelve. Aunque hubiéramos preferido lo último, aunque intentemos ser negadores como el Pastor ante las evidencias que le presenta el profesor –el detective de esta historia- no hay duda: los culpables son los niños. La violencia cotidiana, el autoritarismo y la arbitrariedad de los adultos, finalmente fue respondida con violencia. Era lo que anunciaba la mirada impasible –sin asombro de la vida- de Klara, Martin y Anni. En ese pueblo olvidable del norte de Alemania a comienzos del siglo XX, víctima del puritanismo, no hay esperanza porque han asesinado la infancia. ¿Hay redención? No, la única alternativa de las personas medianamente sensatas es escapar. Como hace la baronesa y al final el profesor que logra casarse con la asustadiza Eva. Y contarnos esta terrible historia, atemperada por la pátina del tiempo (¿esa es la razón de que la película sea en blanco y negro?). Contar, nos han dicho, sirve para no repetir la historia. Tenemos serias evidencias de que ello no es así. De cualquier manera, contar es bueno, contar es paliativo: mitiga el horror.
Al comienzo nos habían advertido que los hechos que íbamos a ver podrían ayudar a explicar lo que sucedió después. Y la película termina con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Luego estos niños serán la generación de la Segunda Guerra. La vida cotidiana de un pueblo, entre muchos, para explicar lo que pasó. La contribución de Haneke es brillante. Sea o no un clásico, esta Cinta blanca perdurará.

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