Nombre: La isla siniestra
Categorías: Drama, Suspenso, Policiaca, Misterio, Basado en una novela, Crimen
Director: Martin Scorsese
País: Estados Unidos
Año: 2010

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Pedro Felipe * * *
Alejandro Quintero * * * *

La isla siniestra (2010)

Me confieso seguidor religioso de Scorsese. Su última creación, que llegó a Colombia con el título de La isla siniestra, es un nuevo santo en mi altar de devociones, una nueva efigie en el templo de mi adoración. En este thriller esquizofrénico, en esta puesta en escena de un holocausto mental (el de Teddy Daniels, un Di Caprio desgarrador), veo, mucho más que en Cabo de miedo, que se ha mantenido como un monumento muerto, todas las características que han hecho de Scorsese el gran director que todos conocemos: el tema de la descomposición, de la decadencia, ya sea de un grupo, un ideal, o una persona; la habilidad narrativa sin par, que aúna los recursos propios con los ajenos en una pirotecnia fotográfica pasmosa; el uso de la música como un elemento imprescindible, que refleja emociones, situaciones, ambientes e imágenes; el homenaje al cine que le precedió, con lo que se sitúa humildemente como parte de una tradición, como artesano en un taller de creación que tiene su historia, su desarrollo, sus altos y sus bajos.

Pero si La isla siniestra se enlaza claramente con el recorrido de Scorsese, tampoco deja de ser cierto que rompe con él en cierta medida. En ella el estilo del italoamericano, tan amplio, tan ecléctico, tan sólido en sus apropiaciones, se adapta perfectamente al género del thriller, en el que ha incursionado tan sólo dos veces: la primera con poca fortuna, en esa Cape Fear de exagerada pesadez, la segunda con gran éxito, en este film que comentamos. Un número considerable de críticos norteamericanos ha desdeñado La isla siniestra calificándola, en parte por su temática, en parte por su transparente intención, de homenaje, de mera excursión, de mero divertimento por parte de un director que satisfecho y agrandado por sus éxitos precedentes, se recrea en la autocomplacencia y no encuentra nada mejor para hacer que ensayar géneros diferentes a aquellos con los que se le asocia comúnmente. Para estos críticos nada de lo que ha realizado Scorsese desde Goodfellas tiene verdadero valor, y continúan lanzando un juicio que se puede resumir en lo siguiente: “De nuevo, Scorsese ha fracasado como sólo un grande puede fracasar”.
 
En mi opinión, mientras Scorsese ha cambiado a lo largo de los años, sus críticos parecen haberse mantenido estáticos, juzgando todas sus obras con Raging bull, Taxi driver y Goodfellas en la cabeza. Le piden a su supuesto “grande” que se mantenga idéntico, y así se ven imposibilitados para percibir la experimentación, la variación y las novedades que en sus obras ha ido introduciendo con el paso de los años. ¿Y por qué, a todas estas, desdeñar una película porque sea un thriller, como si los grandes directores se rebajaran al rozar estos géneros? Y aquí, de nuevo, los snobs caen en su propia trampa, porque el thriller en cuestión está elaborado a partir de uno de los temas fundamentales de la condición humana: la locura y el paulatino resquebrajamiento del yo que le acompaña. Le reprochan al director, mirándolos de soslayo, sus intentos de renovación y experimentación, esenciales para todo artista; le reprochan, a un sexagenario, que ya no tenga la energía de sus veinte años; le reprochan que ya no haga obras maestras, como las que elaboró hace cuarenta años; le reprochan, le reprochan…

Para mí, La isla siniestra es una película de Scorsese en toda regla, un intento vigoroso de explorar nuevos terrenos conservando el pulso y la firma indiscutibles de quien lleva casi medio siglo trabajando en el cine, deleitando espectadores, asombrando colegas, pasmando críticos, levantando epígonos y fanáticos en todo el mundo. Es una película agobiante y no por ello menos fascinante, en donde vemos a un director ampliando sus recursos, sus herramientas, su lenguaje cinematográfico, a fin de retratar fielmente la oscuridad de la psique humana, sus horrores y sus tristezas propias. No le da tregua al espectador, no lo mantiene tranquilo en la silla del teatro, no lo lleva de la mano hacia un final previsible. La crítica ciega, anclada en el pasado, se asombrará cuando el film reciba la sentencia del único juez inapelable: el tiempo. Tal vez así se comprenda que Martin Scorsese no se reduce a dos o tres clásicos del cine.

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