Nombre: Cerezos en flor
Categorías: Drama, Comedia dramática
Director: Doris Dörrie
País: Alemania
Año: 2008

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Samuel Castro * * *

Cerezos en flor (2008)

Dulce y amarga como la cereza

Toda decisión implica una pérdida. Incluso las buenas decisiones. Cuando se escoge un camino en la vida hay otras posibilidades que inexorablemente se dejan atrás o se postergan. Eso es lo que ha pasado con Trudy, casada desde hace muchos años con Rudy, a quien ama tal y como es: con su comodidad aburrida y su temor por las nuevas experiencias. Trudy ha tenido que parquear a un lado su pasión por la cultura oriental y por ese Japón al que nunca ha ido, para atender a un marido organizado y metódico, que siempre almuerza y come el mismo menú, cada día de la semana. Un marido al que según los médicos que ella acaba de visitar sin que él se entere, le quedan pocas semanas de vida por un cáncer incurable.

Para que no queden dudas del amor de Trudy por su marido, la directora alemana Doris Dörrie, que también escribe el guión, utiliza la voz de la mujer pensando en lo que ha sido su vida hasta ahora, recalcándonos que no se imagina sus días sin él; que por más hermoso que sea el lugar que ella desea visitar no quiere conocerlo sin Rudy al lado. Eso es muy importante, porque conforme avanza la película y los conocemos más a ambos (sobre todo a través de las opiniones de los tres hijos que tienen) dudamos de las buenas intenciones de Rudy y de que haya sido un buen esposo. Pero el guión ya nos lo ha aclarado y Trudy no tiene ninguna vacilación: no le va a decir nada a su compañero de toda la vida sobre su estado de salud, pero va a intentar que sus últimos días sean más completos. Por eso insiste en que se tome una licencia y viajen a Berlín a visitar a sus hijos.

Esta parte de la historia es dramática, porque nos trae a todos a la memoria, episodios e imágenes que hemos visto o vivido. Unos hijos tan ocupados con sus propias familias, tan encerrados en su trabajo y en sus preocupaciones, que no saben qué hacer con esos papás que acaban de llegar, que los sienten más como una carga y un estorbo que como una sorpresa agradable. No tienen ni idea de qué decirles, ni adónde llevarlos ni cómo actuar frente a ellos, conservando ya adultos algunos resentimientos que se formaron cuando eran niños, echando todavía en cara que para sus papás el hijo que está lejos, en este caso el que está trabajando en Japón (casi como la proyección del deseo de su madre), sea “don perfecto”.

Pero ya Trudy cumplió con su cometido. Logró que Rudy, inocente de la desgracia que está a punto de llevárselo de este mundo, se despidiera sin saberlo de la mayoría de sus hijos (aunque la despedida haya sido agridulce y sean la nuera y la novia de su hija lesbiana quienes más se alegraran con su visita). Ahora ella desea que vuelvan a visitar el mar y caminar por la playa que hace algunos años recorrieron tomados de la mano. Luego tendrán los días necesarios para visitar al hijo que vive en Asia y decirse otra vez, como lo han hecho hasta ahora, lo mucho que se aman.

Y aquí, en la mitad de la crítica que ha comentado hasta acá la primera mitad de Cerezos en flor, la película que estábamos viendo se convierte en otra, donde el protagonista es Rudy, el hombre marchito y cuadrado que habíamos visto hasta ahora como el compañero moribundo de Trudy. Y de hablar de los hijos y los padres, de la incomprensión que reina en esa relación, de lo que significa la rutina amorosa y el paso de los años, pasamos a reflexionar sobre aquello que desconocemos de quien amamos, de lo que nos callamos por no incomodar, de los sacrificios que nos negamos a hacer por otros y de nuestro remordimiento después, cuando ya no podemos hacerlos.

Por un momento pensamos que hay un error, que la cinta ha perdido el rumbo y se dirige hacia el desfiladero. Pero así como toda elección implica una pérdida, también conlleva un cambio que puede o no ser una ganancia. Y en este caso, es más lo que se gana. Porque frente a la cámara detallista, tranquila e íntima que escoge la directora desde un comienzo, en la que tenían cabida hasta los pasos inseguros de un pato por un terreno baldío, aparece ahora un mundo que se ve como nuevo: Japón. Con menos astucia pero con más ternura que en Lost in translation vemos en los ojos de Rudy nuestro propio desconcierto frente a ese país que es, sin duda, otro mundo. Para él es peor, por supuesto, porque ahora, a las malas, entiende qué era lo que le parecía tan hermoso a Trudy de esa cultura. La música remarcará el sentimiento de tristeza y la fotografía, poco colorista y con tendencia hacia las tonalidades pálidas y los blancos, aumentará la soledad. Y en otro giro argumental, que podría ser ridículo pero que el veterano actor Blas Pascal asume con gallardía, Rudy decide abandonar su letargo y arriesgarse para tener un gesto de amor con su esposa, “mostrándole” a través de su ropa eso que por su culpa ella nunca pudo ver.

Habrá encuentros inesperados con personajes dulces e ingenuos y algunas imágenes llenas de poesía (como la de los árboles florecidos que le dan el título a la película) Aumentará el suspenso porque sólo nosotros, los espectadores, sabemos que la vida de Rudy está en cuenta regresiva y nos preocupamos por cuándo llegará su hora. Pero sobre todo, habrá un baile que se comparte, un baile entre dos que se aman y que vuelven a estar juntos, bailando como sombras que se funden. Entonces, esta película que son dos, por fin alcanzará su verdadero tono: el de una historia de amor otoñal, lejana de otras más melosas (como Elsa y Fred, por ejemplo) que hemos podido ver en nuestras pantallas.

Ahí debió concluir todo. Pero innecesariamente la directora toma la decisión de continuar con la historia. Y lo que se pierde en este caso es la magia que había alcanzado la película, desvanecida en unas secuencias cuya única importancia narrativa es demostrar que los hijos de Rudy y Trudy los conocían tan poco que eran capaces de pensar lo peor de ellos. ¿Para qué regodearnos más en la tragedia de los hijos que no conocen a sus padres y que ya estaba probada? La dulzura de hace unos minutos se convierte en amargura, lo que no le sienta nada bien a Cerezos en flor, que intenta recuperar la sensación en sus créditos finales. Pero el mal está hecho. Toda decisión implica una pérdida. Y en este caso, lo que se pierde, más que una estrella en una calificación, es la integridad de una obra que estuvo a punto de ser mejor.

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