Nombre: Amor sin escalas
Categorías: Comedia dramática
Director: Jason Reitman
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Samuel Castro * * * *
José Fernando Flórez * * *

Amor sin escalas (2009)

El hombre del aire

—I regret to inform you that your position is no longer available.
—We’re here to talk about your future.
—Anybody who ever built an empire, or changed the world, sat where you are right now. And it’s because they sat there that they were able to do it.

Con estos eufemismos, Bryan Bingham (George Clooney) comienza sus particulares jornadas laborales. Downsize corporate es su oficio y su trabajo consiste en acabar con el de otros, en notificarles lo que sus patrones no tienen el coraje de hacer: que ya no son necesarios para la empresa. Para realizar su sucio encargo, Bryan pasa la mayor parte del año en un avión, up in the air, viajando por los Estados Unidos de ciudad en ciudad como “ave de mal agüero”.

—This is our time— le dice el jefe Craig Gregory emocionado a su “personal antipersonal” en una reunión de antitrabajo (digo, trabajo). Aunque la industria se encuentra en su peor momento por cuenta de la crisis financiera global, para los industriales del desempleo estamos en época de bonanza (se entiende en toda su dimensión que “toda crisis es una oportunidad”).

Una profesión tan frívola sólo puede desarrollarse con talento por alguien que, como Bryan, huye de los compromisos. Un soltero obstinado, apuesto y exitoso, que “logró” llegar a los cincuenta sin que lo atrapara ninguna mujer. Ésta es una de las dos posibles interpretaciones de su statu quo, de la life choice que él defiende con ahínco y exquisitez frente a los embates de su nueva compañera de trabajo, la joven y romántica Natalie, quien le replica sin tregua que nadie puede (sobre)vivir sin amor y solo. Claro: la soledad y el desamor, esos dos grandes miedos erróneamente asociados por el común de los seres humanos —diría Bingham—, que piensa que dormir junto a una montaña de carne a la que apenas se reconoce al cabo de los años, y reproducirse, asegura una vida (y una muerte) feliz y acompañado. La dinámica corriente de las relaciones amorosas: el chantaje emocional. Firmamos un contrato vitalicio: tú me das hijos y estabilidad, yo te doy compañía y no morirás solo. Pues no, mi querida e ingenua Natalie:

—Make no mistake, we all die alone.

En la sutil relación triangular que se establece entre el gran tema de la película (el miedo a la soledad), la profesión (ser despedido equivale a ser “abandonado”, “desechado” por otro) y el estado civil de Bryan, radica el secreto de su eficacia. Porque Up in the air es eso, una película eficaz que a partir de una historia esencialmente simple, logra trascender a una gran temática de la experiencia humana en una forma que envidiarían los filmes más megalómanos de James Cameron. El fino diálogo entre lo que hace Bryan para vivir, tanto material como emocionalmente, está tan bien logrado, que la historia se vuelve realmente ella, una sola, LA historia.

Mientras viaja, tomándole fotos a un póster de su hermana Julie junto a su futuro esposo en los lugares famosos que visita (especie de homenaje a una joven pareja que carece de recursos para pagarse una luna de miel, al estilo del gnomo de aquella french movie), Bryan conoce a Alex (interpretada con natural delicadeza por Vera Farmiga), una mujer como él, madura, hermosa y nómada. ¿Se enamoran? Él está tan impresionado con ella que decide invitarla al matrimonio de su hermana, en una especie de intento por tener una cita de pareja convencional. El fin de semana que comparten resulta perfecto.

—Am I ever going to see you again?— pregunta Alex en el aeropuerto, para despedirse.
—Yeah, you just have to come visit me now.
—You’re so settled down. You’re not going to change on me, are you?
—I’m the same guy. Just one address.
Alex vacila, lo mira a los ojos, mira hacia un lado mirando hacia sí misma, lo vuelve a mirar a él (ya recuperada), sonríe y dice:
—Call me if you get lonely.
—I’m lonely— responde Bryan terminantemente.

La mirada de decepción de Alex duró apenas unos segundos, los que le tomó entender que Bryan, por más que la ame, ama más su soledad.

Fin.

Aunque todo debió terminar aquí, tristemente no fue así. Tan crucial para el éxito de una historia como saber dónde comenzar a contarla, resulta escoger el momento exacto para terminarla. “Después”, cuando Bryan “se arrepienta” (bla, bla, bla) y vuele a Chicago a “recuperar” a Alex (en una parte de la película que, repito, sobra) la historia, simplemente, pierde la magia. Se vuelve una versión sofisticada de Corín Tellado. ¿Por qué hay que rendir sistemáticamente culto al sacrosanto cliché de que cuando se ama a alguien hay que correr a aprisionarlo? Yo te amo, tú me amas, pero quiero estar solo: amo mi soledad porque la elegí o, aún más, porque la gané, es mi recompensa. The End. No es tan difícil, no se necesita un guionista genio para lograrlo.

—Where are you from?— le pregunta el legendario piloto Maynard Finch a Bryan al hacerle entrega en pleno vuelo de la tarjeta que lo acredita como el  cliente número 7 en el mundo (more people have walked on the moon) que completó 10 millones de millas voladas. Ahora Bryan tendrá un Lifetime platinum elite loyal status y su nombre será estampado en el fuselaje de un avión.
—Where are you from?— insiste el capitán. Bryan reflexiona y, por fin, responde:
—I’m from here.

El hombre que decidió permanecer soltero es “del aire”. Volátil, fugaz y, por ello mismo, encantador. Vuela porque es ligero y no teme a la soledad. Viajar solo es una opción tan legítima como hacerlo acompañado.

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