Nombre: Dejen de quererme
Categorías: Drama, Basado en una novela
Director: Jean Becker
País: Francia
Año: 2008

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Esteban Arenas * * *

Dejen de quererme (2008)

La gran depresión

Parecía la simple manifestación de una crisis de mediana edad. Esa mañana, Antoine protagonizó la peor de sus pataletas. Dejó su compañía de publicidad y con ésta, las interminables reuniones intentando encontrarle el nombre perfecto a ese yogur que todo lo cura; ni su esposa ni sus hijos se libraron del patán en el que estaba convertido, como si se le hubiera partido la vida en dos, simplemente ahora nada estaba bien y su única decisión segura era marcharse y buscarse otro rumbo. Sí, parecía a llegada de una crisis en la que seguramente Antoine se compraría un genial carro nuevo y conseguiría alguna chica atractiva para aventurarse en nuevos idilios.
 
En el cine de Jean Becker hay una permanente pregunta, vieja y filosófica, por el carácter de la vida. De ahí sus secuencias intimistas y la preferencia por la vida emocional de los personajes en las cuales el gesto prevalece. Si bien la suavidad y la sensualidad de éstas han sido un sello definitivo, en su última película Dejen de quererme se aleja de sus recursos y sus fábulas habituales, para dedicarse a narrar la historia de una gran depresión, del colapso que sufre un hombre que después de tenerlo todo (gran trabajo, gran familia, grandes amigos) se enfrenta a una verdad inminente que desestabiliza todo lo que ha conocido como su vida.
 
Sin grandes dramas ni cuentos de complots como en la famosa Verano asesino (1983) y sin una reflexión explícita como en La fortuna de vivir (1998), pero definitivamente con un carácter marcadamente filosófico, Dejen de quererme se centra en la emoción, en los rostros de los actores para manejar un trauma que crece y crece hasta el punto de estallar. En la cena de su cumpleaños número 42, Antoine irrumpe en escena atacando a todos sus amigos, todos de buena posición social y satisfechos con ellos mismos, contando todas las verdades que nunca se atrevió a pronunciar, como quien sabe que alguna calamidad está a un paso de encontrarlo. La discordia y el caos se crean. Él, interpretado por el actor y director de cine francés Albert Dupontel, logra las escenas más interesantes de la película: es esa fiesta con una mesa servida de manera impecable en donde el hombre antagonista no altera al público por su cara afectada y vulnerable, es ese escape a Irlanda en el que encuentra una apacible pero débil tranquilidad.

Becker divide la historia de Antoine en dos. El desequilibrio que encuentra en la vida después de recibir una terrible noticia y la consecuencia de esto: un viaje para volver a ver a su padre, un viejo ermitaño con el que el director se reencuentra con su estilo más conocido. Sus escenas grabadas en el campo tienen siempre un aire de nostalgia, como un intento de volver a la juventud y también seguramente, en su discurso filosófico, de volver al estado puro y natural del hombre. No es gratuito que el desenlace se desarrolle durante una escena de pesca en un río, en donde Antoine encuentra la redención al justificar sus actos y confesar por medio de un obvio flashback el misterio disfrazado y rodeado durante todo el filme. No todo es como parece y el carácter del héroe adquiere nuevas dimensiones.

Finales fáciles. Todavía mucho más después de la complejidad presentada en el guión y de los muchos pensamientos, existenciales en su mayoría, que supone la situación misma. Si el mundo se acabara mañana, Antoine no se dedicaría a los excesos, buscaría la soledad a toda costa, el placer de ser olvidado y seguramente, su esposa todavía pensaría que es un pobre hombrecito que nunca tuvo “huevos ni corazón”.

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