Nombre: Amor sin escalas
Categorías: Comedia dramática
Director: Jason Reitman
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Samuel Castro * * * *

Amor sin escalas (2009)

Un vuelo al mundo de hoy

Si las situaciones de la vida fueran signos de puntuación (conseguir pareja, una coma; mentir, un par de comillas; tener un hijo, dos puntos) los vuelos en avión serían lo más parecido a unos paréntesis. Se cierra la puerta de la aeronave y el mundo se desvanece. Dejan de sonar los celulares (el día que los permitan de nuevo todo habrá terminado y se esfumará cualquier mínima esperanza de tranquilidad en el universo), se acaban las prisas por llegar a aquella cita, olvidamos contar las calorías del almuerzo y nada, excepto nosotros, cada uno, vos solo con tu sombra, parece importar.

Ryan Bingham vive ahí. En ese espacio de temperatura invariable. En esa soledad perfectamente diseñada. Va de una ciudad a otra, contratado por distintas compañías para que acabe con los contratos de los demás, porque nadie (y él sí) es capaz de poner la cara a la hora de echar a alguien. Si su vida laboral depende de que otros la pierdan, es una especie de buitre corporativo que ha hecho del viaje su rutina de vida. Por eso la edición de la secuencia en que empaca sus pertenencias es tan llena de energía y tan fragmentada. Porque él no tiene tiempo que perder. Incluso entre un trasbordo y otro, dicta conferencias que le enseñan a las personas a no empacar más de lo necesario, a “viajar ligeros de equipaje” por la vida.

George Clooney es Ryan Bingham. Y como ocurre con el cásting de todas las películas de Jason Reitman (Thank you for smoking, Juno), parece ser el actor más indicado para el papel. Sólo un tipo así, que siempre luce encantador sin esfuerzo, con el aire atemporal de las verdaderas estrellas de cine, puede hacernos creer durante gran parte de Up in the air que esa clase de vida es sensacional.  Porque lo creemos. Envidiamos la forma en que se salta las filas de los hoteles gracias a su tarjeta de beneficios; celebramos la rapidez con que hace su check in en cada aeropuerto y suspiramos porque alguna vez una azafata recuerde nuestro nombre. Y claro, si además uno se puede acostar en una suite del Hilton con Alex Goran, la versión más hermosa de Vera Farmiga que hayamos visto, es fácil creer que vivimos en el paraíso.

Pero no es cierto. Las apariencias engañan. Ni Bingham es tan feliz, ni Natalie, la asistente sabionda que le acaban de imponer como compañía tiene su vida tan perfectamente programada como ella quisiera. Nos daremos cuenta, mientras la historia avanza, que Ryan, Alex y Natalie, se mienten a sí mismos para sobrevivir. Como todos. Como lo hacen aquellos que creen (y con el título en español que le dieron, ese asqueroso Amor sin escalas es fácil pensarlo) que Up in the air es una comedia romántica. Ni siquiera podemos decir que sea una comedia, porque simplificaríamos demasiado todo.

¿Las radiografías son graciosas? Lucen cómicas, con su negro y su verde electrizado y esa tendencia de los órganos internos a parecerse a pelotas de tenis abolladas y a pisapapeles. ¿Pero hay chistes ahí o simplemente es que nos causa gracia vernos por dentro? Porque Up in the air es en realidad una radiografía de los tiempos que corren. Compañías que se cierran en un parpadeo porque ejecutivas recién graduadas como Natalie, decidieron que había una “mejor forma” de hacer las cosas (a ella se le ha ocurrido que en vez de gastar cientos de horas en vuelos nacionales, se puede despedir a la gente a través de teleconferencias, lo que va a impedir que Ryan alcance sus anheladas 10 millones de millas); puntos suspensivos que aparecen en medio de nuestra propia historia, en la forma de un despido que no esperábamos o de una relación que se apaga con un mensaje de texto.

Cada pieza de la película se ajusta tan bien a la historia, que a uno le cuesta creer que Jason Reitman sólo tenga 32 años. La fotografía de Eric Steelberg, que resalta los colores sin disipar la sensación de limpieza (como en los comerciales de aerolíneas) y nos muestra la poesía que hay en la vista aérea de las ciudades que recorre Bingham. El vestuario de cada personaje (obra de Danny Glicker, el mismo de Milk) que lo describe tan bien como sus acciones o sus diálogos (sobre todo en el contraste de la Alex que pasa las noches con Ryan y la que él visita en su casa, casi al final de la película) La arriesgada aparición de subtramas que, sin embargo, se resuelven con ajustada precisión, sin entorpecer el desarrollo de la historia principal, y convirtiéndose en perfectos puntos de giro. Y a estas alturas decir que Reitman es un buen director de actores o que escoge con gusto maravilloso las canciones de su banda sonora, es una obviedad.

Tal vez uno pueda encuadrar a Up in the air en el género de la comedia, porque el aprecio que Reitman siente por sus personajes (él es también quien escribe la película, como para completar la incredulidad en su talento) evita que sus vidas se precipiten por el acantilado, esa tentación fácil en que los dramas caen para quedarse en nuestra memoria. Él prefiere dar a sus criaturas principales un momento de iluminación, un instante en que su vida puede tomar un rumbo u otro, de acuerdo con lo que decidan (que en Juno era obviamente la decisión de tener o no al niño que esperaba), para que nosotros nos mordamos los labios a su lado. Un punto y coma.

Por eso es que las películas de Reitman son tan memorables. Porque siendo poderosas y a veces despiadadas reflexiones sobre nuestras vidas (sobre nuestras existencias actuales, sobre este mundo que nos tocó en suerte), no renuncian a la idea de que siempre hay esperanza. Es cierto lo que dice Bingham en una de sus conferencias: no somos cisnes que puedan vivir igual (con las mismas comodidades, con la misma pareja) hasta la muerte; somos tiburones, asesinando para sobrevivir. Pero como tiburones, también tenemos la posibilidad de elegir si nos pescan los atuneros o no.

Lo que más le duele a Ryan al final, es que la vida que tiene, como la de muchos otros, funciona mientras no se detenga. Mientras no reflexione sobre sí mismo. Le duele que le digan paréntesis, no porque le parezca un insulto. Sino porque sabe que es una verdad. Una verdad que lo ha dejado con una pregunta en los labios que no sabe a quién formular (¿una pregunta no fomulada debería ir entre paréntesis?): ¿para qué volar a alguna parte, si al aterrizar nadie nos espera?

Comentarios

Jaime Espinal dijo en 21/02/2010:

no estoy de acuerdo con la critica en ochoymedio. esta buena la comparacion de la vida con la puntuacion. y la de los viajes en avion con los parentesis. disiento en que ryan bingham "nos haga creer que esa clase de vida es sensacional". disiento en la aseveracion categorica de "pero no es cierto". y tambien en los juicios (a mi juicio precipitados) de "ni ryan es tan feliz...", porque "... se miente a si mismo para sobrevivir". disiento porque me parece que es llegar a una valoracion superficial de la situacion, y porque cede al peligro facil de caer en la terrible costumbre de la moraleja. aca nadie nos esta haciendo creer nada, porque aqui no se trata (a diferencia, por supuesto, de la inmensa mayoria de las peliculas gringas, y de casi la totalidad de las comedias romanticas) de ejemplificar. es decir, aca no se trata de mostrarnos el tipico "usted cree que es feliz, pero no! porque no tiene amor y solo con el triunfo del amor es posible la verdadera felicidad". no. aca lo que pasa es que un man, que tiene claro su modus vivendi y gusta y disfruta de su estilo de vida, que tiene convicciones (aunque en cualquier momento de la vida pueda cambiar de parecer... como es derecho de todos) que le funcionan e ideas muy claras respecto del cliche matrimonial que socialmente ha preponderado, ese man, se enamoro. punto. o puntos suspensivos, para alimentar la metafora. porque eso podria venir siendo el momento de enamorarse. todo queda suspendido en el abismo flotante de los tres puntos que indican que hasta ahi llega lo que venia de atras, y que de ahi en adelante cualquier cosa puede pasar. entonces, asi las cosas, ryan bingham se enamora y, esto tiene, por supuesto, una gran incidencia en su vida (como cuando cualquiera se enamora profundamente). sin embargo, este hecho maravilloso de enamorarse, para nada nos revela que bingham vivia engañado, ni que se mentia a si mismo para "sobrevivir". simplemente nos muestra (porque le muestra a el), que hay otras formas de vivir que tambien valen la pena, dependiendo del estado y la circunstancia en que uno se encuentre. esto nos lleva al final de la pelicula, en donde ryan, despues de una tusa tenaz que no lo dejaba disfrutar plenamente de su modo de vivir (como a cualquiera que este despechado, sea cual fuere su metodo de existencia), ni de sus logros personales (las 10 millones de millas), empieza, casi dolorosamente, a retomar las riendas de su vida. pero no hay moraleja, y eso se le agradece infinitamente a jason reitman en la ultima frase del guion, donde se salva, en el ultimo segundo, de caer en ese juicio moral obsoleto que da lugar, precisamente, a esta critica: parafraseando, algo asi como "hay millones y millones de estrellas que la gente contempla desde sus hogares, con sus familias y sus mascotas. y una de esas, un poco mas brillante que las demas, es la punta del ala de mi avion". si se hubiera buscado la moraleja edificante, ryan bingham hubiera cambiado su estilo de vida, como hubiera sucedido indefectiblemente en una comedia romantica. pero el, despues de sobrellevar como pudo su despecho, y aun saliendo de ese abismo flotante en el que se quedo suspendido cuando llego a los tres puntos, retoma finalmente su estilo de vida, buscando, simplemente, recuperarse a si mismo, y arrancar un nuevo parrafo, tal vez con una pregunta. pero, conociendolo, no creo que esa pregunta sea ¿para que volar a alguna parte si al aterrizar nadie nos espera?

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