Nombre: Déjame entrar
Categorías: Terror, Suspenso, Fantasía, Romance, Basado en una novela, Horror
Director: Tomas Alfredson
País: Suecia
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Samuel Castro * * * ½
Diego Guerra * * * *

Déjame entrar (2008)

Algo nuevo bajo la luna

¿Será la imaginación de Oskar o ese salto duró más de lo que debía? Como si Eli, la niña pálida y de belleza rara que se acaba de mudar al apartamento de al lado, hubiera planeado con su cuerpo un par de segundos antes de caer al suelo. No importa, porque él, ese niño de doce años rubio y de pocas sonrisas que vive con su mamá, que colecciona recortes de periódicos sobre crímenes escabrosos y masacres terribles, sólo tiene la venganza en mente. Si por él fuera le enterraría su navaja en el estómago a los compañeros de colegio que lo acosan y amenazan a diario. “Chilla como un cerdo” les gritaría con furia. Esas son las primeras palabras que Eli le oye decir, en el patio de aquel complejo de apartamentos sueco, cubierto de nieve. Tal vez por eso, porque se da cuenta de que Oscar también es un paria entre la gente, se animó a hablar con él. Porque la imaginación de Oskar no lo traicionó cuando vio ese salto elegante hacia el piso del parque. Eli, como él, vive muerta de miedo del mundo. Aunque no podamos decir que Eli vive, pues Eli es un vampiro.

Låt den rätte komma in (que significa “Déjame entrar”) no es una película de vampiros que se parezca a alguna que hayamos visto. Está unida a las mejores películas del subgénero por una simple razón: se toma en serio y deja que la tomemos en serio. A años luz de cosas como Crepúsculo, en Déjame entrar no se dibuja al vampiro como un ser hermoso y eternamente joven del que nos debamos enamorar y que es la envidia de todos. Por el contrario, exploran el filón narrativo que esbozaba Claudia, el personaje de Kirsten Dunst en Interview with the vampire: ¿qué pasa si el vampiro no adquiere su condición justo en el momento de su plenitud física, sino antes, para quedar atrapado con un cerebro viejo en un cuerpo infantil? ¿O será que la timidez de la proximidad con la adolescencia, la inquietud sexual y la inocencia, se quedan para siempre?

Eli es una niña linda que le atrae a Oskar incluso antes de saber la verdad. Pero a veces, cuando tiene hambre y no ha podido alimentarse, luce como si estuviera enferma. Eso pasa cuando el hombre que la acompaña, a quien al comienzo creemos su padre o su abuelo, no logra ejecutar los crímenes que comete para sangrar a sus víctimas y llevar embotellado el líquido espeso que ella necesita para sobrevivir. Y es aún peor cuando el hombre es atrapado por la policía, justo después de desfigurarse a sí mismo con ácido, tratando de que no lo reconozcan. Ahí se desencadena la desgracia, pues ese estómago que le pide a gritos su comida líquida, es la causa de que Eli comience a alimentarse de los vecinos del barrio. Como se lo dice a Oskar, ella, que ha tenido doce años desde hace mucho tiempo, no tiene otra alternativa. Es matar o morir. Lo mismo que le pasa a Oskar en su colegio, pues descubre que cuando es él quien golpea, nadie más lo molesta por un tiempo. Se parecen tanto (¿no se siente todo adolescente como un bicho raro?) que al final el hecho de que duerman juntos, es lo más normal del mundo, incluso con la carga sexual implícita que pueda haber en su desnudez y en su abrazo.

Tomas Alfredson, el director de Déjame entrar, le imprime a la película un ritmo sereno y pausado, que se ajusta a esa Estocolmo que nos muestra: desolada, hostil y lúgubre. Tanto que sólo en unos contados momentos de la cinta sentimos que estamos viendo una ficción que involucra a personajes fantásticos. La relación entre Oskar y Eli, por ejemplo, se presenta como la de cualquier par de niños que se conocen y se enamoran, con los diálogos justos y precisos (aunque con la particularidad de que cuando él la invita a comer algo en la calle, ella vomita hasta el cansancio). Y para sumar melancolía y depresión a las tramas de Oskar con sus compañeros y de Eli con su protector, Alfredson se dedica a llevarnos por la cotidianidad opresiva de los habitantes de aquel barrio de personas maduras (Oskar no tiene nadie con quien jugar nunca), que ahogan sus miserias en alcohol o conviven con hordas de gatos en sus apartamentos. Por eso la niña vampira no se ve como un personaje demasiado fuera de lugar en aquel entorno, sino como alguien que por lógica hace parte del paisaje.

Ni Alfredson ni el guión que firma John Ajvide Lindqvist (autor también de la novela en que se basa) dejan a un lado los lugares comunes sobre los vampiros que supuestamente son sus pautas de existencia: Eli se transporta en una caja de día y duerme en una habitación donde no entra la luz, contagia de vampirismo a una mujer de quien no alcanza a chupar toda la sangre, es capaz de volar y de escalar paredes sin dificultad. Aunque se refleja en los vidrios y en los espejos, necesita que la dejen pasar a las casas de las personas para poder entrar (de allí el título) Si no, como trágicamente descubre Oskar, está desobedeciendo una antigua maldición y es castigada. Pero con esos elementos tan tradicionales, el resultado es algo que parece nuevo y original. ¿Tal vez por la parquedad con que todo se narra, exenta de cualquier impulso fashion tan en boga? ¿O porque nunca sentimos que están tratando de asustarnos a las malas, sino que la trama fluye con naturalidad, sin recurrir a trucos baratos?

Porque el problema de Oskar no es haber conocido a Eli. Al contrario. Es ella la que le anima a que se enfrente con sus acosadores. El problema de Eli no es haber conocido a Oskar. Al contrario, él le recuerda que en el fondo es una chica y una niña que ha olvidado cómo serlo. El problema para ambos es que Eli debe irse, si quiere que su secreto siga a salvo. Aunque esté sola y ya no tenga quién la acompañe.

En algún momento de la película en que Oskar le pregunta a Eli que si necesita dinero, ella le muestra un huevo de Fabergé (aquellos objetos de lujo que encargó el zar de Rusia a comienzos del siglo XX, lo que puede dar una pista de cuántos años tiene la niña) que se desarma con solo tocar una pieza. De alguna manera el huevo es como ella y como la película: algo delicado y único, un objeto que se parece a algo que conocemos pero que es en realidad una joya. Elegancia sea tal vez el sustantivo más indicado para hablar de Déjame entrar. Como aquella de un último plano, bajo el agua, que debería recordarles a los creadores de películas de terror cómo a veces es más impactante lo que se oculta que lo que se muestra. La elegancia que las películas de vampiros, castos y vestidos por diseñador, parecían haber perdido para siempre.

Comentarios

Jorge Mario Sánchez dijo en 27/01/2010:

Gracias por recomendar esta película. De lo mejor que he visto últimamente.

marcar como spam

Para comentar usted debe estar estar registrado, ingresar ó registrarse.