Nombre: Radio pirata
Categorías: Comedia, Basado en hechos reales, Musical, Histórica, Familiar
Director: Richard Curtis
País: Reino Unido
Año: 2009

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Samuel Castro * * * ½

Radio pirata (2009)

Al ritmo del mar

Un hombre grueso y peludo, con melena, barba y facha de hippie, se mueve bajo el agua con la gracia lenta de un caminante espacial, agarrando con todas sus fuerzas un baúl del tesoro lleno de discos mientras otros, que se han salido y flotan a su alrededor, dejan ver sus portadas coloridas y sicodélicas. Un joven trata de sacarlo del fondo de ese barco que se hunde mientras bota por la boca cientos de burbujas que llenan la imagen, pero el adulto de mirada triste insiste en quedarse allá abajo, con la música que ama. La escena es ya una declaración de amor: a la música, a la amistad, a una época que ya no existe. Eso, y nada más que eso (¡y todo eso!) es esta película, The boat that rocked, cuyo título según el país, se tradujo como Los piratas del rock o Radio pirata.

Inglaterra. Segunda mitad de los años sesenta. No existían internet, ni MTV ni el walkman. Los adolescentes no tenían dinero suficiente para comprar toda la música que parecía multiplicarse cada día: después de la explosión mediática de The Beatles el mundo entero se llenó de cantantes y grupos de rock que tenían cosas por decir, ritmos por bailar, guitarras que querían rasgar. Y el medio natural para escuchar esa música era la radio. Pero en las estaciones radiales de la todopoderosa BBC sólo se escuchaba lo que la gente quería oír, rock, media hora cada día. Así que varios emprendedores rebeldes decidieron saltarse algunas normas y fundaron emisoras piratas que dedicaban a las melodías prohibidas las 24 horas del día. Algunas, como Radio Caroline, que se puede sintonizar a través del servicio de radio de iTunes, transmitían desde un barco en mar abierto, que alcanzaba con las ondas de sus antenas a la isla. Y uno de esos niños que salen en la película yéndose a dormir con el radio bajo la almohada, sonriendo somnoliento al escuchar como nana a los Beach boys, era el propio Richard Curtis, el guionista y director de The boat that rocked.

La mamá de Carl, el joven de la secuencia descrita al comienzo, ha decidido que una temporada en Radio Rock, la emisora ficticia que retrata esta película, es lo más indicado para un muchacho de 18 años que ha sido expulsado del colegio y que ha crecido sin la guía protectora de un padre durante toda su infancia. Gavin, el creador de la emisora y padrino de Carl, lo presentará con el resto de la tripulación: discjockeys de egos tan brillantes como los colores de su ropa, amados por millones de oyentes y que, sin  embargo, parecen más una pandilla de nerds que un grupo de héroes del micrófono. En las personalidades diferentes de cada uno de ellos (el tímido, el optimista, el tonto, el conquistador de mujeres, el feo lleno de confianza en sí mismo, la estrella norteamericana en aguas internacionales) encontrará Carl la compañía perfecta para los momentos de duda e incertidumbre propios de la adolescencia y, como en todas las historias de iniciación, terminará el film convertido en hombre.

Porque en realidad The boat that rocked no pretende ser una película histórica. Su intención es hacer un largo elogio al mundo de los sesenta y setenta, y todo lo que él representó para aquellos que lo vivieron, que lo gozaron y lo bailaron. Lo bueno es que es un homenaje tan sensible, tan lleno de alegría, que contagia con su optimismo y buena vibración a todo el que lo ve. Como siempre ocurre con las películas que escribe Richard Curtis (aunque ha demostrado solvencia en la dirección, Curtis es, sobre todas las cosas, un excelente escritor de cine) hay una serie de pequeñas situaciones (viñetas casi) que no sólo nos dan las claves para entender la esencia de sus personajes, múltiples y únicos (como en Love actually o en Cuatro matrimonios y un entierro), sino que parecen puestas para tocar cada uno de los aspectos llamativos de la época: la búsqueda ansiosa de un condón para que Carl pueda iniciar su vida sexual, la despedida de soltero que se convierte en una juerga interminable, la conversación de Carl con The Count (el personaje de Philip Seymour Hoffman, con otra actuación a la que no le falta ni le sobra nada) en la que éste le dice al joven que sin duda, sin ninguna duda, están viviendo la mejor época de sus vidas.

Pero además de las viñetas narrativas Curtis usa de manera muy inteligente un recurso que los videoclips explotan, a veces sin sentido: los recuadros (que podríamos llamar también, viñetas gráficas). Para demostrarnos la importancia de aquellas emisoras en la vida de la gente, decide que lo mejor es ver a esas personas: nos muestra, usando unos marcos de colores que entran y salen en distintos momentos de la película (casi como cortes publicitarios), a las jovencitas que suspiraban por el discjockey de media noche (el secreto de su éxito con las mujeres es un chiste que uno no se puede perder), a los niños en piyamadas cómplices, a las señoras mayores que barrían al ritmo del rock, a los empleados de talleres mecánicos e incluso a la secretaria de ese ministro que desea cerrar las radios piratas por su “terrible indecencia” (un exageradísimo Kenneth Branagh), pues ella también disfruta con ese símbolo de libertad e irreverencia que era la música de aquellos días. Si los políticos, como siempre, quieren acabar con las cosas buenas de la vida (con los “gusticos” de cada cual), allá ellos.

Puede que le sobren algunos minutos y un par de secuencias. Que aunque los diálogos sean filosos, la trama se vaya por las ramas. Incluso habría que admitir que algunas escenas se hicieron sólo porque cuadraban con una canción específica de su fantástica banda sonora. Pero en estos tiempos de robots parlantes, vampiros adolescentes y remakes copietas, es bueno que haya una película como ésta. ¿Quieren saber qué es realmente cool? The boat that rocked lo es. Por sus locutores gordos y promiscuos, héroes de una época en que el aspecto físico no lo era todo. Por su diseño de vestuario, mezcla de excursión a mercado de las pulgas y desfile. Por su robo descarado y divertido a la secuencia más recordada de Titanic. Porque volvemos a ver a Rhys Ifans, aquel compañero imprudente de Hugh Grant en Notting Hill.

Hay canciones que sin ser hits ni temas que adoremos, terminamos tarareando en el momento más inesperado. Si The boat that rocked fuera música y no cine, sería una de esas canciones.

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