Nombre: El mejor lugar del mundo
Categorías: Comedia romántica, Romance, Comedia dramática, Road movie
Director: Sam Mendes
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Samuel Castro * * *

El mejor lugar del mundo (2009)

El momento de las decisiones

Hay un momento en la vida, en que de pronto, sin que sepamos cómo o por qué, comenzamos a temerle a la muerte. La revelación puede llegar una noche, a las diez, mientras se ve el noticiero o se lee un libro de poemas melosos y nos damos cuenta de lo frágiles que somos. Pero es muy probable que algunos comiencen a sentir el peso de su vida justo cuando tienen en sus manos otra vida de la cual encargarse: con la llegada del primer hijo. Eso es lo que les está pasando a Burt y a Verona desde el día en que él, mientras la besaba entre las piernas, comprobó que su mujer tenía el olor distintivo de las embarazadas. Y esa, que podría ser una escena grotesca de una comedia de Judd Apatow se convierte, en las manos de Sam Mendes, el director que asombró (y deprimió) a todos con American beauty, en una declaración de principios, en un preámbulo del tono, fresco y espontaneo, jocoso y liviano, que va a tener Away we go.

Con el embarazo, repentinamente todo lo que estaba bien deja de ser perfecto. Burt y Verona sienten que algo debe cambiar (aunque no están muy seguros de qué), que no pueden seguir viviendo como si fueran estudiantes, que tienen que dejar de sentirse libres de preocupaciones. Es como si tuvieran que pedirle excusas al mundo por estar enamorados y ser felices. Para empeorar las cosas, los padres de Burt les comunican que se mudan a Bélgica; ellos contaban con los abuelos paternos (los papás de Verona ya murieron) para ayudarles a criar a su nuevo hijo. Sin este colchón de seguridad (y el único motivo por el que se habían mudado al pueblo en el que viven) deciden aprovechar un viaje de Burt a una entrevista de trabajo y visitar juntos a parientes o amigos en distintas ciudades de Estados Unidos, que podrían ser una buena compañía en esos primeros años.

Lo que sigue es una peculiar mezcla entre comedia romántica y road movie en la que acompañamos a Burt y Verona a conocer distintos tipos de personas y de formas de asumir sus familias. Se encontrarán con la ex jefe de ella, que tiene dos hijos como quien carga con dos bultos pesados que no sirven para nada, con la hermana que no quiere tener niños (en esta estación del recorrido se habla de familias que ya no están, no de las que vendrán), con el hermano de Burt que no sabe cómo decirle a la hija que su madre los ha abandonado, con una casa desquiciada en la que los padres quisieran hacer parte de una comuna hippie y con una familia multiétnica de un par de amigos, desesperados por convencerse de lo contentos que están con lo que tienen.

La mezcla funciona incluso con las variables que introduce. Porque sí, es una comedia romántica, pero en ningún momento el romance de Burt y Verona corre peligro (en casi todas las películas de este género hay un riesgo de separación en el segundo acto de la estructura narrativa clásica) ni podemos decir que al final de su ruta se amen más de lo que ya lo hacían al principio. Y es una road movie particular porque el vehículo en el que viajan nunca es importante: sólo una vez los vemos montados en un avión y en algún momento no los dejan subirse a un vuelo porque la barriga de seis meses de Verona les parece más grande de lo que debería ser a las empleadas de la aerolínea. Pero ese momento funciona como un perfecto ejemplo de la situación en la que está la pareja: todos quieren opinar sobre lo que deberían o no hacer, todos parecen tener la “fórmula correcta” de formar una familia, pero ninguna de las que ven encaja con lo que ellos quieren.

A diferencia de lo que ocurre en sus películas anteriores (Road to Perdition, Jarhead, Revolutionary road) pareciera a primera vista que la narración visual no fue una de las grandes preocupaciones de Sam Mendes en Away we go; se ve impecable, como siempre en sus trabajos, pero no se siente ese afán de demostrar una ‘idea’ detrás de la forma en que se mueve la cámara. Pero este ‘descuido’ es sólo apariencia cuando hablamos de un verdadero autor de cine, como Mendes, pues esa precisamente era la intención: nada le queda mejor a una película tan simple (en el mejor sentido de la palabra) que la sensación de frescura y naturalidad que tienen todos sus encuadres fijos, sus primeros planos justos, su edición tranquila.

Lo que sí es fácil de percibir es el gran trabajo del director con sus actores protagonistas, que ofrecen, sin lugar a dudas, las mejores actuaciones de sus carreras. John Krasinski como Burt deja a un lado sus insípidas interpretaciones de Leatherheads o License to wed y borra de nuestra memoria su trabajo habitual en The office logrando que la palabra ternura aparezca todo el tiempo en nuestra mente. Maya Rudolph olvida cualquier tentación por el gesto exagerado, que tanto la distingue en Saturday night live, para crear un personaje adorable que jamás cae en la caricatura. Es tan visible la química entre ambos, que no podemos imaginarnos al uno sin el otro en ningún momento de la película. Por desgracia (y probablemente por un plan de filmación muy apretado) no se puede decir lo mismo de todos los actores secundarios, incluso de aquellos con más experiencia, como Jeff Daniels o Maggie Gyllenhaal, que le añaden a ciertos momentos de la película una sensación de falsedad que choca contra el resto.

En una entrevista con el portal de internet Cinematical, Sam Mendes decía que lo que más le agradaba de este guión original (no filmaba uno desde American beauty) era que nunca pudo pensar en Burt y Verona como en dos seres separados. Que durante el recorrido de la película no se enfrentaban con cambios que aparecieran en ellos, como normalmente ocurre en las historias románticas, sino que tenían que lidiar con los cambios que descubrían en el mundo a su alrededor, mientras seguían juntos. Y que además su historia contradecía ciertos clichés contemporáneos: estaban juntos desde el colegio y no estaban aburridos ni desencantados; eran una pareja con diferencias raciales pero en la película a nadie le parece extraordinario, ni eso influye en sus vidas.

Después de un trabajo como Revolutionary road es un alivio ver que Sam Mendes también puede regalarnos una visión de las relaciones de pareja llena de esperanza y optimismo. Porque es cierto que desde que surge, el miedo a la muerte nunca desaparece; pero es bueno recordar que con una buena compañía, esa vida frágil puede valer la pena.

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