Nombre: Última parada 174
Categorías: Drama, Basado en hechos reales, Histórica, Crimen
Director: Bruno Barreto
País: Brasil
Año: 2008

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Samuel Castro * ½

Última parada 174 (2008)

Por estas calles

Ciertas discusiones se repiten hasta el hastío. Una de las más molestas es la que aparece cada vez que alguien en Colombia decide hacer una película donde se hable de sicarios, de drogas y de mulas o donde la violencia haga parte de su argumento. Pasa siempre lo mismo: algún periodista radial dice que “otra vez” volvemos a la violencia, convierte el asunto en tema del día y se regocija consigo mismo cuando decenas de personas llaman a decir que sí, que es cierto, que los recursos del Estado que financiaron esas películas debieron utilizarse para filmar películas donde se hable de las cosas bonitas que tenemos, como las mujeres, la naturaleza, la pasión de nuestra gente.

Confunden por supuesto la repetición de los temas con la repetición de las formas. Lo malo no es que se hable de violencia o de droga, sino que nadie se atreva a hacer una propuesta original, ya sea en los hechos relatados (siempre es la vida del pequeño narcotraficante, del pequeño sicario o la sicaria de apellido Tijeras y su ascenso en los bajos fondos hasta su muerte final, porque hay que dejar la lección de que el crimen no paga) o en las formas. Que todavía, con un mundo rico en historias como el de nuestra violencia (a la que deberíamos combatir acabando con la inequidad, no censurando películas) todavía no hayamos hecho nuestra propia Ciudad de Dios.

Aquí como en medio mundo, aquella cinta produjo admiración. Porque estaba construida con inteligencia en todas sus partes, porque cada plano era una lección de fotografía y de diseño de producción, porque el argumento de usar “actores naturales” no era una excusa para tener que ver interpretaciones mediocres, porque su cámara era audaz e innovadora para lo que acostumbrábamos en el cine latinoamericano. Y claro, en ese caso no hubo voces que la condenaran por volver al tema de la infancia desamparada y nadie hablo de las grandes cantidades de películas brasileras que cuentan la violencia de las favelas y las desgracias diarias que enfrentan los niños de esos barrios pobres (aquí diríamos “humildes” o “menos favorecidos” porque nos encanta usar eufemismos) para sobrevivir en las calles de Rio. Porque hablar de la realidad es inevitable y nuestra realidad latinoamericana es así, de la misma manera que en las películas islandesas hace frío y la fotografía es azul y blanca. Lo que importa es, como siempre en el arte, la mirada; construir una forma de ver las cosas que sea única y atractiva. Crear un mundo que funcione.

Hace siete años, Felipe Lacerda y José Padilha (el mismo director de la muy realista y atractiva y premiada Tropa de élite) estrenaron Ônibus 174, un documental que narraba lo que pasó en Rio de Janeiro el 12 de enero de 2000 cuando un muchacho secuestro el bus del título, hecho que fue cubierto por la prensa brasilera como si fuera una alfombra roja de un festival de cine. El documental fue un éxito de taquilla y de crítica, recibiendo varios premios en distintos festivales internacionales. Basado en la misma historia (lo que parece un poco oportunista), convirtiéndola en ficción hasta donde se le ocurrió, Bruno Barreto, aquel director reconocido en los setentas por la adaptación de Doña flor y sus dos maridos y que últimamente ha dejado mucho que desear con cintas como Bossa nova y El casamiento de Romeo y Julieta quiso volver a relatar el asunto sumergiéndose en la parte de los antecedentes del joven criminal, quien —según se supo en el documental— había vivido en la calle y podía tener una perturbación mental por haber presenciado una masacre de “limpieza social” cometida por policías (¡qué maravilla lo parecidos que somos todos en Latinoamérica!, ¿no les parece?) donde habían asesinado a muchos de sus amigos.

En Última parada 174 se van hasta el comienzo de la historia y por eso nos relatan el nacimiento y la crianza de un joven asesino, Alesandro, hijo de una drogadicta a quien el matón más peligroso de la favela expulsa del barrio por no pagarle la droga que le entregó para vender. Ella lo engaña para salvarle la vida al niño, diciéndole que el bebé podría ser de él y Alesandro crece en ese escenario de matanza y violencia. En otro barrio pobre (hay muchos en Rio, en eso también nos parecemos) hay otro Alesandro, cuya mamá es asesinada y que un día, por conocer las playas de Copacabana, termina viviendo en la calle, donde aprende todos los trucos de la supervivencia: robar, mentir, correr.

Aunque sea típico de telenovela (y en Brasil sí que saben de dramas televisivos) el truco de los dos protagonistas con el mismo rostro o con el mismo nombre que en algún momento viven el destino del otro es interesante cuando está bien utilizado. No es éste el caso. Y eso que Barreto quiso ir sobre seguro contratando a Bráulio Mantovani, el guionista de Ciudad de Dios, de El año en que mis padres se fueron de vacaciones y de Tropa de élite, tal vez los tres títulos más exitosos de Brasil en el siglo XXI. Pero ni el guionista se quiso salir (o no pudo hacerlo) de los clichés ya conocidos sobre miseria y violencia, ni el director fue capaz de darle algo más que una mirada profesional a esta historia. Sí, por supuesto que está bien filmada e incluso algunos planos son muy bellos (hay uno donde las siluetas de los policías golpeando a Alesandro parecen sombras de monstruos nocturnos) pero la estructura por capítulos que al comienzo nos presentan, en algún momento y sin explicación alguna deja de existir, y las actuaciones se van haciendo, conforme pasa la película, más y más televisivas. Y si a eso le sumamos que el episodio final del bus parece filmado a la carrera y sin ganas, nos encontramos con que Última parada 174 nos quedó debiendo.

Por eso la introducción para este comentario era necesaria. Porque las fallas de Última parada 174 son las mismas que vuelven fallidas las propuestas de gran parte del cine latinoamericano. Se afanan tanto los directores por hacer películas, por terminarlas y ponerlas en cartelera para participar en los concursos públicos de cada año, que terminan haciendo la misma película: la misma de sicarios en Colombia, la misma de favelas en Brasil, la misma imitación de cualquier otra cinta gringa en México. Y olvidan que si títulos como Amores perros o Nueve reinas triunfaron en todo el mundo, fue porque los equipos que las realizaron se gastaron un rato averiguando cuál era la mejor manera de contar lo que iban a contar. Para que el cine cumpliera con su misión de hablar de la realidad pero yendo más allá de lo que ocurre en ella, contándonos de formas inolvidables lo que pasa por estas calles. Tan parecidas todas. Tan únicas todas.

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