Nombre: Bastardos sin gloria
Categorías: Drama, Acción, Comedia, Suspenso, Policiaca, Aventura, Western, Política, Misterio, Guerra, Histórica, Crimen
Director: Quentin Tarantino
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Bastardos sin gloria (2009)

Usualmente de Tarantino se alaba su buen hacer, su técnica soberbia para casi todos los aspectos puramente formales: fotografía, puesta en escena, tensión, montaje, banda sonora, dirección de actores, etc. Y se alaba, por supuesto, su cinefilia, las constantes referencias en su cine a decenas de películas de todo tipo (de las series A a la Z), y el recurso constante a los ya establecidos géneros cinematográficos: spaghetti western, policiaco, comedia de situaciones, bélico, exploitation, kung fu, anime, cine negro. En algunos casos la crítica es condescendiente incluso con sus diálogos “acerca de nada”. Pero en lo que muchos críticos y espectadores se están poniendo de acuerdo desde hace algunos años es en la ausencia de “mensaje” o de “ideología” en su cine, en su superficialidad, en una palabra en su vacuidad. Y esto lo ven como algo negativo.


De hecho, si usted es crítico de cine y posee una ideología sólida, tan sólida que toda su vida depende de ella, lo más fácil para usted será decir que el cine de Tarantino es vacío.


Pero no es cierto. En el cine de Tarantino no está ausente el mensaje. El cine de Tarantino no es vacío (o sí es vacío en el sentido de que todo en nuestras vidas lo es). Sus películas dicen algo concreto, lo gritan a los cuatro vientos, tanto formal como temáticamente.


Tarantino se mueve en las fronteras de todo lo que en algún momento fue sagrado. Ha absorbido –ha sabido absorber– tanto cine de calidad y géneros diversos que el resultado es un embutido coherente donde el respeto y el irrespeto hacia las fuentes son una sola cosa. Y todo esto puede ocurrir, y de hecho ocurre, en cada una de sus películas. La última, Inglourious Basterds, no es la excepción. Acá tenemos cine bélico, tenemos spaghetti western, tenemos comedia absurda (¿comedia absurda en una película bélica?), tenemos thriller, drama, gore, exploitation. Pero en esta película (como en todo su cine) hay un detalle que no podemos pasar por alto: sus personajes también se mueven en las fronteras de todo lo que en algún momento fue sagrado. Sus personajes replantean los clichés morales presentes en la historia del cine e incluso en muchas películas de hoy en día, y aun los clichés morales de la vida “real”. Sus personajes son orilleros. Se mueven en las grietas, en los bordes. Se van destruyendo a sí mismos al tiempo que se diluye la impresión inicial que teníamos de ellos. Y su propia moralidad la van replanteando a medida que evolucionan. De hecho, su moral no es nunca la del común de los mortales (tengamos siempre en cuenta el monólogo de Bill sobre Superman), y emociones tan disímiles como, pongamos por caso, la compasión y el sadismo, pueden ser para ellos dos caras de la misma moneda. Que lo digan el Coronel Hans Landa (un soberbio Christoph Waltz, completamente nietzscheano) o Shosanna Dreyfuss, de Inglourious Basterds. Y que lo digan, por supuesto, Bill, Beatrix Kiddo, Jackie Brown, Jules Winnfield, Butch Coolidge, Mr. White o Mr. Orange.


Tarantino nos dice, a la par que otros como él (Mike Patton o Josh Homme en música, Borges y Bolaño en literatura, Kubrick, Lynch y el Spielberg de los últimos años, etc.), que el mundo no es una cosa sólida o compacta –mucho menos coherente– donde podemos darlo todo por sentado. Es más, no podemos siquiera dar por sentado nuestro yo, o esa imagen que nuestros vecinos tienen de nosotros. El futuro (si es que hay algún futuro) será de aquellos seres fragmentados que van en puntas de pie por el borde del abismo, que es el basurero de todo lo que nos precede. Y que encima son capaces de reír.

 

De El Persa, blog de literatura y cine

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