Nombre: El árbol de lima
Categorías: Drama, Política
Director: Eran Riklis
País: Israel
Año: 2008

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Samuel Castro * * ½

El árbol de lima (2008)

Dos mujeres y sus limones

Hay una escena en El árbol de lima que resume todo lo que quiso ser y lo que es esta película. Salma Zidane, viuda hace diez años, entra a un café lleno de hombres árabes (no hay ni una sola mujer) para que uno de los líderes de la comunidad lea para ella la carta escrita en hebreo que le acaba de enviar el ejército israelí. Todos detienen sus conversaciones y la miran como a un bicho raro. Como a alguien que con su sola presencia en aquel lugar se ha pasado de la raya. Entre insultos e ironías dirigidas a los israelíes, el tipo le cuenta que según la misiva el sembrado de limoneros que tiene en el terreno de su casa se ha convertido en una potencial amenaza para su vecino, el ministro de defensa judío, y que por esta razón han decidido cortar los árboles, dándole una compensación monetaria. Al líder comunitario le parece el colmo la poda de los limoneros, pero no le ofrece a Salma ni su solidaridad ni su apoyo. Sólo le recuerda que “por supuesto” ella no puede aceptar nada que venga de ese pueblo despreciable. Salma sale del lugar peor que como entró: con un callejón sin salida (un muro infranqueable) bloqueando su futuro. Un muro que han levantado ambos, palestinos y judíos, con su mutua desconfianza.

Todo el fondo de El árbol de lima está ahí pues además del problema político (en el que ambas parten tienen responsabilidad, pero que comenzó por culpa de potencias extranjeras que hoy se hacen las desentendidas o lamentan con pesar descarado lo que causaron) que permea la historia, está el drama de la mujer en un mundo donde los hombres piensan que pueden decidir sobre sus vidas como si fueran muebles. Porque además de Salma, la película nos cuenta el drama de la esposa del ministro, Mira Navon, encerrada todo el día en esa mansión-búnker que es su casa, sin poder ejercer como quisiera su profesión de arquitecta, condenada a que su opinión valga menos que la de un guardaespaldas, silenciosa ante los signos que delatan una infidelidad de su marido. Para ella también serán importantes los árboles que limitan con su propiedad.

Estas dos mujeres tienen más en común de lo que parecería a simple vista. Ambas tienen que guardar las apariencias (una como esposa obediente y servicial, la otra como viuda respetable), ambas tienen hijos que viven en Estados Unidos (una estudiando y el otro lavando platos) y que no son de gran ayuda a la hora de tomar decisiones y ambas, íntimamente, se rebelan contra lo que se espera de ellas: la esposa del ministro expresando ideas propias y confrontando a su marido en público, la viuda palestina alentando la atracción prohibida que siente por el abogado que le ayuda en la reclamación ante el estado de Israel.

Las metáforas son más poderosas cuanto más sencillas. Si el problema con el sembrado de limones era la forma que había encontrado Eran Riklis para hablar sobre ese muro indignante que construye Israel en su frontera con los árabes (y hay que creer que es así, pues en la película termina construyéndose una pared por las mismas razones prejuiciosas) le daría más fuerza a la narración que se centrara en eso. El tema es extenso y las posibilidades muy amplias. Pero al ver El árbol de lima uno siente que el tema de la reivindicación femenina, al combinarse con el primero, causa confusión más que complejidad. Y si a eso se le suma la presencia de personajes irrelevantes (como el del joven soldado que se prepara para sus exámenes de aptitud), ciertos errores de montaje (en una escena dos personajes están hablando hombro con hombro en el plano general y a metros de distancia en el primer plano) e inconsistencias en las decisiones de los personajes, (al final parece que el abogado árabe que nos han mostrado como un buen hombre hubiera en realidad utilizado el caso para escalar posiciones sociales y no es muy claro si la esposa del ministro se divorció de él por infiel o por cínico) la película termina teniendo menos aciertos dramáticos de los que esperábamos y demasiadas buenas intenciones. Y ya sabemos todos el destino del camino sembrado con ellas.

Lo que logra que El árbol de lima sea una película valiosa es su elenco, que mejora con su presencia y sus gestos algunas frases descuidadas de un guión que no es propiamente lo mejor de la película (si con la Sentencia de la Suprema Corte querían demostrar que los jueces israelíes son tontos, lo logran sin duda) pero que cobra vida y se torna real gracias a ellos. Está Doron Tavory, como ese ministro ambicioso y pusilánime de libreto prefabricado para hablar con la prensa (parece que la cosa es así en todas partes); Rona Lipaz-Michael como la preciosa mujer del ministro, que consigue expresar con sutileza el cambio que se opera dentro de ella en unos pocos días; Ali Suliman, a quien ya habíamos visto en Paradise now, haciendo del abogado Ziad Daud, que le imprime convicción a sus explicaciones jurídicas y con su mirada cuenta todo el deseo y la atracción que despierta en él (y en gran parte del público) la hermosa, hermosísima Hiam Abbas, como Salma, la viuda dueña de los limoneros.

Si la belleza puede ser serenidad, Abbas es la personificación de esa belleza. Su mirada responde lo que sus palabras no pueden cuando el mismo líder comunitario de la escena que describimos al comienzo va a su casa a avisarle que hay malas lenguas hablando de ella y a recordarle cómo debe comportarse una mujer respetable. Hay algo, allá dentro, más allá de esas preciosas pupilas cafés, que se agita y se enciende en ese momento, en que un viento bíblico debería quitar a aquel hombre de su presencia. Una llama que las mujeres han tenido que mantener oculta durante siglos pero que ella no está dispuesta a apagar del todo, como lo demuestra su intervención en el juicio final y la mirada que le dirige a la esposa del ministro, con quien nunca puede hablar. ¿Será que el mensaje del director es que ambas culturas tienen tanto en común que como esas dos mujeres, lo que deberían hacer es encontrarse y hablar sin prevenciones?

No lo sabemos. Porque los mensajes se trocan. Porque al final, la mezcla entre crítica política y reivindicación feminista no sale tan bien. Y la principal diferencia entre Mira y Salma, se hace insalvable: la esposa del ministro se va mientras la viuda se queda, demostrando que las raíces de algunos árboles son demasiado profundas.

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