Nombre: Shrink
Categorías: Drama, Comedia dramática
Director: Jonas Pate
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Samuel Castro * ½

Shrink (2009)

Alrededor del ombligo

Imaginen por un momento que su ciudad sea el centro del mundo. Que en cada una de sus calles se encuentren centenares de fotógrafos de todos los idiomas y países, aguardando a que usted salga en piyama un domingo a comprar el pan. Visualicen lo que haría en sus pobres personalidades el verse a sí mismos en cuanta revista haya en el kiosco y en tener que explicar ante millones de televidentes por qué engordaron o por qué tienen huellas de trasnocho en su rostro. Traten de pensar qué pasaría si todos los meseros que encontraran en los restaurantes quisieran entregarles el guión de una película para que lean y todas las jovencitas que conozcan en las fiestas les dijeran que pueden tener sexo con ellas si así lo desean. Eso, esa imagen que acaban de fabricar en sus mentes, es lo que viven las personas —sobre todo si son estrellas de cine— que tienen su residencia en Los Angeles, en ese pueblito que todos conocemos como Hollywood.

El doctor Henry Carter vive en ese lugar. A su despacho de sicoanalista asisten varios especímenes típicos de la fauna hollywoodense: la estrella en decadencia que se alcoholiza para olvidar la calidad de las películas que debe hacer para comer; el representante que vive a doscientos kilómetros por hora y nunca aparta de su oreja el aparatito manos libres del celular; la actriz mal casada y recién llegada a la edad en que empiezan a escasear los papeles. Se supone que a todos los escucha y les ayuda, porque el doctor Carter es también un personaje de su ciudad, uno de esos especialistas que invitan a los programas de entrevistas a dar su opinión sobre cualquier cosa, con el prestigio que da el haber publicado un par de bestsellers y algunos audiolibros. Pero el doctor Carter no tiene ni fuerzas ni ganas ni autoridad moral para dar un consejo: su esposa se ha suicidado y él ni siquiera es capaz de acostarse en la cama que compartió con ella.

Para desahogarse y escapar de la angustia que lo atormenta, el protagonista de Shrink (siquiatra en inglés, para los que no quieren buscar) dedica gran parte de sus tiempos muertos (que cada vez son más) a fumar mariguana. Se entretiene charlando con su jíbaro particular acerca de las motivaciones de su adicción y especulando sobre los buenos efectos que se consiguen con tal o cuál variedad de la hierba. Mientras tanto, sus pacientes —y otros personajes, como la estrella internacional que se droga hasta la inconsciencia o una niña que escapa cada vez que puede del colegio para ir al cine, su gran pasión— desfilan ante nosotros en una de esos enredos narrativos que tanto popularizó Crash. Y lo mejor de la película, la actuación confundida, somnolienta y abúlica de Kevin Spacey como el siquiatra del título se disuelve en una multitud de tramas que pretenden poner bajo el microscopio el “detrás de cámaras” del mundo del cine, algo que ya hizo, con mucho más talento y más humor negro, Robert Altman en The player.

Hoy, las mejores historias audiovisuales que se producen en Estados Unidos, las más complejas y atrevidas, están en la televisión. Lo que hace pensar que el guionista de esta película, Thomas Moffet, debió estar muchas horas viendo programas de cable antes de escribir el guión, ya que su historia es una mezcla mal hecha de Entourage (la serie sobre un muchacho que se convierte en la nueva estrella cinematográfica) con In treatment (otra serie donde en cada capítulo vemos las sesiones de terapia de un personaje con su siquiatra) con E-News. El personaje que hace Robin Williams parece una parodia de sí mismo (él es el actor que cada vez escoge peor sus películas), la actriz de cuarenta que lidia con su edad se llama Kate (y es igualita a Cate Blanchett) y el de Shamus, la estrella irlandesa drogadicta, está claramente inspirada en las peores noticias de Colin Farrell (con mención a su sexo gigante incluida).

Pero Moffet también ve cine independiente. Porque a la mescolanza descrita le agrega, con una leve variante, la historia de la niña negra que descubre en su adicción a las drogasal adulto que pretende ayudarle  (¿habrá pensado que nadie vio Half Nelson?) y la completa, a la usanza de Crash, haciendo que todos los personajes se encuentren, con un par de giros de la trama muy desafortunados (¿el guión se le cae al agente y lo recoge la niña en quien justamente está inspirada la historia que cuentan los papeles? ¡Por favor! ¿Por quién nos toma?) que terminan echando por la borda lo que había de bueno en Shrink.

Además, él no es el único que ha visto televisión en el equipo de producción. El director, Jonas Pate, mueve su cámara como si estuviera haciendo una serie para HBO, con calidad pero sin gracia, sin ningún momento de inspiración que dure más de tres segundos y se quede en nuestra memoria, como las tomas de Kevin Spacey botado en una silla junto a su piscina, o cuando Jemma, la niña negra, recuesta su cabeza en la espalda del escritor con bloqueo (como para completar los clichés). El montaje de la película no contribuye a dar soluciones y por el contrario, aumenta la sensación de confusión que está siempre presente.

¿Por qué una estrella y media entonces y no menos? Porque Kevin Spacey da clase de actuación con su personaje, mostrando que la única manera de interpretar a alguien harto de su vida no es la que usó para su Lester Burnham en American beauty y que los matices son los que hacen creíble a un personaje. Porque hay dos buenos actores jóvenes: Jesse Plemons en su excelente aparición como el dealer de mariguana y Keke Palmer como Jemma, la jovencita negra, a quien ya habíamos elogiado en Akeelah and the bee, confirmando nuestro augurio del nacimiento de una actriz grandiosa. Y por un par de escenas bien pensadas que confirman lo cochino que puede ser el negocio del cine.

Ahora vuelvan a imaginar que la ciudad en la que viven es el ombligo del mundo. Y que desean ver una película con la que ustedes, los que viven en esa combinación de Olimpo de dioses menores con reality infernal, se diviertan más que nadie, a pesar de que al resto del mundo le parezca sosa y banal.

Irán entonces a la videotienda, seguidos por cientos de fotógrafos que no paran de apuntar sus flashes, alquilarán Shrink y habrán acertado.

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