Nombre: Enemigos públicos
Categorías: Drama, Acción, Policiaca, Basado en hechos reales, Biográfica, Histórica
Director: Michael Mann
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Samuel Castro * * *

Enemigos públicos (2009)

Mucho flash en el retrato

En una de las muchas buenas escenas de Public enemies, casi al final de la cinta, John Dillinger, el maleante más buscado de Estados Unidos entra como un visitante casual a las oficinas donde el FBI ha ubicado a un equipo especial dedicado a perseguirlo. Se ve a sí mismo en un mural de fotografías donde también están sus compinches, a esa altura de la película capturados o dados de baja. Vagabundea por el lugar, como analizando cuál es la naturaleza del enemigo que enfrenta, pero los policías a cargo no lo reconocen cuando les pregunta cómo va el partido que escuchan por radio. ¿Cómo habrían de identificarlo si no está vistiendo nada parecido a lo que lleva puesto en las fotos que salen de él en los diarios? Como están viendo al hombre real parado frente a ellos y no a la figura pública en que los robos a los bancos en plena Gran Depresión lo han convertido, no logran identificar en ese tipo que camina despreocupado al criminal más famoso del momento. El problema grave de un título supuestamente biográfico es que a esa altura del film los espectadores tampoco sabemos muy bien si conocemos a John Dillinger.

Michael Mann, director y coguionista de la película, escoge un registro peculiar para narrarnos la historia de uno de los ladrones de bancos más famosos de la historia estadounidense. En primer lugar, despoja al hombre de su pasado, tomando un período muy definido de su vida como el eje central de la cinta. Y aunque a veces los perfiles cinematográficos se pasan de freudianos al explicar cada aspecto de la personalidad de alguien con un hecho de su infancia o de su adolescencia, tampoco podemos negar que lo que hicimos es en gran medida el punto de partida de lo que somos. Pero con este Dillinger nos toca imaginarnos todo, pues lo conocemos ya grande, ya fugitivo, con una obsesión por la perfección y la exactitud que justificamos por su oficio: no se puede robar bancos y vivir para contarlo si no se es metódico. El problema es que el relato tampoco le pone por delante al protagonista grandes desafíos, o encrucijadas que nos permitan entender cómo funciona su mente, qué hay en su alma. La película se torna entonces en un compendio de los hechos más importantes de la biografía del personaje, pero todo se ve como un documental de History Channel, sin drama, lejano, como una anécdota sobre un primo segundo que no hemos visto nunca.

La frialdad que el director de fotografía Dante Spinotti le da a los tonos de la película, coloreando las imágenes con tonalidades de gris y de café que se destacan sobre fondos muy blancos cuando es de día y oscureciendo todo lo que puede los escenarios nocturnos, dejando la sensación de una permanente luna menguante sobre los protagonistas, parece reflejarse en el guión. Gran parte del metraje está dedicado a mostrar detalladamente episodios históricamente conocidos en la carrera de Dillinger con una meticulosidad que raya en lo obsesivo (reconstruyeron calles como eran en la época, utilizaron la misma cárcel de donde escapó el capo como locación, confeccionaron trajes que eran copias de los que dejó el verdadero gangster en distintas fugas) pero sin que haya un balance con momentos íntimos que humanicen a la figura histórica y le den algo más de sustancia dramática. Salvo por dos episodios compartidos con su novia, Billie Frechette (Marion Cotillard), en que Dillinger se enoja porque ella desobedece su orden de esperarlo afuera de un restaurante y cuando le promete que por ella va a hacer lo posible para retirarse de  su carrera criminal alguna vez para vivir juntos una vejez idílica, nunca se nos permite ver más allá de la figura emblemática, de la fachada prestigiosa.

Ni siquiera un talento tan grande como el de Johnny Depp puede hacer milagros cuando el material no se lo permite. En Public enemies el deja todo en su personaje: le crea una forma particular de hablar, imita todos los gestos que le permite el material de archivo (es impresionante ver el rostro de ambos, el real y el cinematográfico, cuando les toman la foto del registro policiaco), actúa con furia incluso en momentos en que uno cree que es imposible actuar, como en el aire mientras salta una barrera. Pero no tiene frases que le permitan darle más vida a ese personaje, acercarlo a nuestros afectos. Por querer que todo sea fiel a la historia Mann olvida que también es función del arte rellenar los espacios vacíos que la realidad nunca permitió conocer. Entonces nos toca quedarnos con buenas actuaciones pero con personajes que no pasan de ser un dato más en cualquier reseña histórica: el juicioso agente Melvin Purvis (Christian Bale), quien sólo ante la golpiza que le dan a la novia de Dillinger sin su consentimiento actúa como un ser humano y deja de ser un perro de presa autómata; el director del FBI J. Edgar Hoover, en una actuación de Billy Crudup demasiado fácil para ser elogiada; el resto de la pandilla de Dillinger, que aparece y desaparece de la pantalla y de nuestra memoria sin dejar huella. Incluso se deja una trama en el aire, que no viene al caso y que desperdicia la aparición del gran actor de reparto que es Giovanni Ribisi. Parece que Mann nunca hubiera visto The untouchables de Brian de Palma o que jamás hubiera repasado una de sus mejores películas: Heat, donde demostró que sólo nos conmueve si alguien cae en la balacera cuando conocemos bien a ese alguien.

A pesar de todo lo expuesto hasta ahora, no hay que dejar de ver Public enemies porque es, realmente, una buena película. Sí, su personaje central nunca se acerca a nuestro corazón, pero el cine también es disfrute visual y Michael Mann, que se equivoca en tantas cosas triunfa en otras: ¿cómo no admirar esas secuencias en que deja sin música la acción para que sintamos nuestros propios corazones latiendo más rápido?, ¿cómo no asombrarse con esa cámara elocuente que enfoca desde arriba de la cama el momento en que Dillinger despierta acosado por los agentes de la ley y lo acompaña en su huida, mostrando con sus movimientos el desespero y la angustia?, ¿por qué no elogiar esa burla a los estados paranoicos que tratan de contagiarle miedo a sus ciudadanos, en la escena del cine en que un anuncio en la pantalla obliga a la gente a mirar a los lados para asegurarse de que su admirado criminal no se encuentra en la sala? Hoy, cuando los criminales más buscados parecen ser quienes gobiernan nuestros países, reconforta ver retratada, con belleza y magnificencia, la vida de un hombre que le robaba a los bancos y era querido por eso. Por lo demás, Dillinger puede descansar en paz: ni siquiera Michael Mann pudo atrapar su alma en esta película. Sigue siendo un ladrón sin capturar.

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