Nombre: Los amantes
Categorías: Drama, Romance
Director: James Gray
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * *

Los amantes (2008)

Un hombre partido en dos

El sexo es peligroso en el cine. Y lo es precisamente porque no es cierto, porque los que están frente a la pantalla no están en realidad teniendo relaciones sexuales —a no ser que estemos viendo pornografía— sino que están actuando algunas de las cosas que son más espontáneas en el ser humano: los movimientos, los gestos, los sonidos que se producen en el placer. No son muchos los directores capaces de crear escenas de sexo provocativas y originales (y cuando lo logran de repente parecen no ser directores respetables, como Adrian Lyne, el de Infidelidad). Muchos otros evitan ese tipo de momentos con cortinas que se mueven con el viento o con una caída al suelo (o al colchón, o a la piscina) de los cuerpos protagónicos, para que salgan del cuadro. Porque el peligro del sexo cinematográfico es que nos desconecte de la trama que estamos viendo, provocándonos una carcajada o una mueca de disgusto si vemos algo que luce demasiado postizo.

Uno de los varios problemas de Two lovers  es la escena de sexo de sus dos protagonistas, Gwyneth Paltrow y Joaquin Phoenix, en una terraza desolada una tarde de invierno. Desde el primer momento sabemos que es falsa, porque el sentido común nos dice que con la ropa que tienen encima tendrían que ponerse de otra manera, mover un poco más sus brazos, hacer un esfuerzo mayor para poder hacer el amor, de pie, como si fueran practicantes excepcionales del yoga. Pero la escena sigue y sigue, sin parar, orgullosa de su propia falsedad, lo que nos da más rabia. Porque entonces somos menos condescendientes con lo mostrado hasta el momento y de repente vemos a Paltrow y a Phoenix actuando, y no a los dos personajes que encarnan, Michelle y Leonard, viviendo.

Leonard Kraditor es un muchacho con problemas mentales (cuyas razones el guión nunca se preocupa en aclarar) que vive con sus padres, una familia judía de clase media, en un barrio tradicional y afortunadamente menos lujoso de los que siempre tienen los personajes del cine que viven en New York. Su “deficiencia” —que Phoenix pinta como un trastorno emocional que lo lleva a repentinos cambios de humor, pero sin crear lástima ni violencia alrededor— lo ha convertido en un ser huraño y quisquilloso. Probablemente sin los medicamentos que lo vemos tomar la cosa sería más seria, pues al comienzo de la película aparece queriendo suicidarse y en la mitad de la misma nos muestran las marcas que se hizo en las muñecas en algún intento anterior.

El papá de Leonard va a hacer una fusión de su lavandería con la de los Cohen, otra familia judía de la que hace parte Sandra, una mujer que se interesa en la fragilidad de Leonard (en algún momento, en vez de pedirle que la deje amarlo, le dice que le permita cuidarlo) y busca un acercamiento que él tampoco rechaza. Sin embargo al edificio de los Kraditor se ha mudado Michelle, una rubia despampanante (Paltrow más despampanante incluso que en Grandes esperanzas) que enloquece a Leonard. Sin mucho recato la empieza a perseguir y a espiar por la ventana de su alcoba, pues la de ella también da al patio interior del edificio. Como ocurre tantas veces, la mujer hermosa sólo quiere tener a un amigo que la cuide de sí misma, pues tiene un romance complicado con un hombre casado y además es drogadicta. El resto de la película se nos va en mirar lo que pasa con Leonard, en descifrar las vueltas de su mente, que se debaten entre el amor seguro y estable que le ofrece Sandra y esa aventura de sube y baja que parece prometer la expresión de Michelle desde el asiento del copiloto en una noche de juerga.

Para hacer evidente que ambos mundos tienen su atractivo, el director James Gray, el mismo que filmó la mano de Phoenix en la entrepierna de Eva Mendes en We own the night (paradójicamente en esa película que era de acción y no de romance, el sexo sí se vio muy real) decide cambiar el estilo de filmación de toda la película (de narración clásica, con la cámara fija desde un punto de vista) en los encuentros más cercanos de Leonard con ambas mujeres: la cámara entonces deja su estatismo respetuoso y se acerca todo lo que puede a las parejas de los cuerpos, de Leo y Michelle bailando apretadísimos en una discoteca, de Leo y Sandra haciendo el amor en su cuarto. Hasta la fotografía, que en el resto de la película es opaca y poco brillante, pasa en esos minutos a jugar con los rojos y amarillos en un caso y con el violeta y el magenta en el otro.

La historia, sin embargo, no nos atrapa porque los problemas del relato permean toda la trama. Por un lado, ese tipo de indecisión, de inmadurez de los personajes, tal vez hubiera sido mejor recibida si el casting hubiera preferido a intérpretes más jóvenes. Los tres protagonistas hacen un trabajo estupendo, pero hay un problema de credibilidad en ese relato que ni siquiera el talento puede solucionar. Por otro lado, se antojan demasiado gratuitos los cambios de decisión del personaje de Paltrow, quien nunca parece muy seducida por la conducta de Leonard y de repente acepta su propuesta de fugarse a otra ciudad (tan sólo días después de abortar un hijo de su amante casado). Y Kraditor, a quien Phoenix logra humanizar en cada gesto, nunca acaba de encajar como personaje: ¿es un desquiciado que no sabe lo que quiere?, ¿es un manipulador que quiere acostarse con dos mujeres que le atraen, quedándose con el pan y con el queso?, ¿es un espíritu adolescente que nunca se apartó de las faldas de su madre (la muy desperdiciada Isabela Rosellini) y que ahora, ante la posibilidad de sentar cabeza, decide huir? No es claro en la historia ni es claro para los espectadores.

Uno piensa que va a terminar peor. Claro, uno sabe lo que va a pasar con el plan de Michelle y Leonard incluso antes de que él lo proponga. Pero cuando al fin sucede, uno creería que lo que sigue es una tragedia anunciada, con plano de cámara en grúa que se eleva sobre una escena del crimen o una imagen fija, de unas aguas que se aquietan después de recibir un cuerpo que cayó en ellas. Pero no. James Gray se apiada de su protagonista, a quien parece estimar, y decide que Leonard vuelva a su hogar, a ese hogar que la madre le ofreció como una guarida siempre disponible, unos minutos antes, en la mejor escena de Two lovers.  Una escena que a diferencia de aquella, en la terraza, parece creíble. Como el cine cuando es bueno.

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