Nombre: La clase
Categorías: Drama, Documental, Basado en una novela, Biográfica
Director: Laurent Cantet
País: Francia
Año: 2008

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Samuel Castro * * ½

La clase (2008)

Pequeñas lecciones

Como pasa muchas veces, la traducción literal del título dice mucho más que la frase utilizada por los distribuidores. Ellos le han puesto La clase a esta película, pero su título original es Entre les murs, (no hay que saber mucho francés para entender que eso significa “Entre los muros”) y lo que vemos durante 2 horas y 8 minutos que parecen mucho menos gracias a la cotidianidad documental que se respira en las imágenes, es exactamente eso: lo que ocurre en las vidas de un grupo de adolescentes y de su profesor de francés y director de curso, cuando están encerrados entre las cuatro paredes del salón de la escuela de suburbios franceses donde se encuentran.

La mayor parte de las películas de profesores que uno puede recordar tienen el mismo esquema: un maestro llega a un colegio que contrasta con su propio estilo y forma de ser, lucha con los alumnos (cuya apariencia física nunca cuadra con las edades que deberían tener) que no le hacen caso, el profe tiene éxito o no (también las hay) en la tarea de orientar a esas ovejas descarriadas por “el buen camino” y al final algún alumno agradecido le reitera al docente que le ha cambiado la vida. Noventa minutos tan reconocibles como el sabor de un postre familiar.

Pero en Entre los murs no ocurre nada de eso. El profesor, François, ya estaba ahí cuando la película comienza. Lleva 4 años en ese colegio y conoce a la mayor parte de sus alumnos. Los conoce tanto que una de las cosas que nos extraña y que se sale de los esquemas usuales, es la actitud que tiene con ellos cuando les habla o les dicta una lección: la franqueza descarnada sin asomos de compasión, la ironía y el sarcasmo dominan su discurso. Se parece más al tono de James Belushi en The principal (1987) que a Michelle Pfeiffer en Dangerous minds (1995) A veces los trata con displicencia, casi seguro de que no van a saber contestar lo que está preguntando. Otras, los reta, como si él fuera uno más de los niños, a que lo derroten en ese enfrentamiento que es la clase. Casi se puede sentir que este profesor ya no cree en ideales ni en perfecciones imposibles. Sabe que su trabajo es importante, trata de hacerlo bien pero ya aprendió que no va a cambiar el mundo y probablemente tampoco transforme a alguno de sus alumnos.

Ellos también se salen del estereotipo. Sí, son rebeldes pero no gastan tiempo en hacerle bromas al profesor en el tablero (un tablero que ocupa toda una pared de este salón estrecho, tan distinto de los que hemos visto en películas norteamericanas) sino que lo cuestionan de igual a igual ¿Por qué los sujetos que utiliza en los ejemplos de oraciones siempre se llaman Bill o Antoine y no tienen nombres como los que ellos oyen a diario o como sus propios nombres: Rashid, Esmeralda, Souleymane? ¿Para qué conocer cómo se conjugan los verbos en pretérito imperfecto si nadie habla así en las calles que recorren a diario? ¿Para qué pregunta el profesor cuál es la importancia de algo que él mismo está diciendo? Se supone que si lo está enseñando debe ser importante.

Cuando el profesor mira al patio de recreo, más allá de esas cuatro paredes donde él comparte la condena de las horas de clase, ve lo que es esa sociedad en la que le tocó enseñar: un grupo multirracial, multicultural, lleno de pequeñas tribus que sirven como escampadero para los adolescentes —es notable la escena en que el mismo profesor cuestiona a uno de sus alumnos que dice ser diferente a los demás, el hecho de que se vista como tantos otros miles, ¿cuál es la diferencia entonces?, le pregunta— que viven hoy, como siempre, un futuro incierto. Y cuando vuelve a mirar a su salón se encuentra con lo que esa sociedad implica: una complicada y difícil tolerancia entre religiones, entre culturas tradicionales, entre hinchadas de selecciones nacionales de fútbol.

Detrás de la sensación de frescura de la película hay un trabajo artesanal, que comenzó por la elección del profesor protagonista, pues François el profesor, es François Bégaudeau el autor, escritor del libro autobiográfico que contaba su experiencia como maestro de escuela en los suburbios parisinos y punto de partida de la película. Detrás de él vinieron los alumnos, jóvenes reclutados por el equipo de producción de la cinta, sin ninguna experiencia en la actuación, que convivieron durante un año asumiendo personalidades distintas a las propias, pero basadas en lo que ellos mismo veían a diario (por eso es que por fin los muchachos de 15 parecen de 15). Sus palabras y los diálogos que forman se ven tan espontáneos, como atrapados por una cámara que al azar los hubiera captado, que a veces creemos que estamos frente a un documental.

Pero no. Sabemos que no lo es porque la historia va para un lado; porque se puede leer la intención de decir algo, de subrayar una idea, cuando el director nos muestra a los profesores en su sala privada, actuando como los niños que dicen educar: seleccionando a los alumnos que les darán problemas mientras se ríen de ellos, pensando qué palabras van a utilizar para romper el hielo en clase. El problema es que entonces, si no es un documental lo que vemos, no hay excusa para que los personajes se queden a la deriva, para que la mayor parte de los conflictos que se plantean terminen sin resolverse, para que todo el tiempo se sienta una tensión que nunca estalla. Aunque claro, a lo mejor esa era la intención del director, Laurent Cantet: más reflexión que acción.

De Cantet hemos podido ver casi todos sus largometrajes en Colombia. Y lo que se extraña de Ressources humaines (1999) o de L’emploi du temps (2001) es que en ellas, también con una mayoría de actores naturales, el francés lograba decir más cosas sobre la sociedad actual, o al menos tomaba una posición más definida que con Entre les murs. Aquí, es como si lo complejo de la realidad que pretendía mostrar, se lo hubiera tragado, dejándonos para el recuerdo muchas situaciones emocionantes pero pocos personajes memorables; una sensación de vacío como la de aquella niña que se despide del profesor cuando termina el año: sabemos que trataron de enseñarnos muchas cosas pero no aprendimos nada. Y sí, reitero, a lo mejor esa era la intención del autor (Cantet es un verdadero autor) lo que significaría que alcanzó su objetivo. El problema es que una película puede lograr parecerse a la realidad, pero nadie dijo que a uno le tiene que gustar la realidad o que se aprenda mejor de ella. Porque entonces, ¿para qué contamos historias?

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