| Nombre: | Tu última oportunidad |
| Categorías: | Comedia romántica, Romance, Comedia dramática |
| Director: | Joel Hopkins |
| País: | Estados Unidos |
| Año: | 2008 |
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Tu última oportunidad (2008)
Una historia de dos con historia
Si la vida fuera como el cine (no, no voy a decir gringo, también en las cinematografías europeas, asiáticas y latinoamericanas, por mucho que se las den de “distintas”, los actores son en general, bien parecidos), la mayor parte de los seres humanos tendríamos el abdomen plano, seríamos altos, tendríamos músculos torneados y, como alienígenas de dimensiones desconocidas, viviríamos en un estado permanente de juventud, siempre con una apariencia de “entre quince y cuarentaitantos”. Si la vida fuera como el cine, el enamoramiento por ejemplo, (y con enamoramiento también hablamos de ese proceso que conocemos como “conquista”, del coqueteo y de la emoción del primer beso) sería una experiencia que sólo podrían vivir los jóvenes y los adolescentes. Aunque Sandra Bullock esté más cerca de los cincuenta que de los 30, tiene que rejuvenecerse a la fuerza cuando quiere protagonizar una comedia romántica. Porque según la lógica de Hollywood, el amor no se ve bien en la madurez.
Last chance Harvey es un drama romántico (más que una comedia) que funciona según las leyes de su género, siguiendo cada uno de sus convenciones pero con una única excepción: sus protagonistas tienen “en la vida real”, 72 y 50 años. Y si a eso le sumamos que ambos son actores grandiosos, con 7 y 5 nominaciones al Oscar respectivamente, y 4 estatuillas entre ambos, lo que queda es la posibilidad de ver en acción a un par de talentos que logran darle fuerza y emoción a una historia que brilla, más que por su originalidad, por lo extraño que es ver en el cine norteamericano este tipo de historias con este tipo de intérpretes.
Harvey es un músico publicitario que añora componer a la antigua, cuando no todo se hacía con computadores y las melodías se creaban junto al teclado de un piano. Kate trabaja en una aerolínea haciendo encuestas a los pasajeros extranjeros que llegan a Inglaterra y tratando de aguantar las constantes insinuaciones que su madre hace acerca de su soltería. Sus caminos se cruzan cuando Harvey tiene que viajar a Londres para asistir al matrimonio de su hija. Sin embargo él tiene mucho afán y se niega a responder a la encuesta en el pasillo del aeropuerto cuando arriba. La película se preocupa por presentarnos a los personajes para que los conozcamos, haciendo un paralelo entre sus dos situaciones: por un lado él se siente desplazado de la vida de su hija, maltratado por su ex esposa, que lo manda a la punta más alejada de la mesa principal el día de la recepción prenupcial y lo mira como si fuera un remedo de hombre. Para completar, Susan, su hija, le confiesa que prefiere que sea su padrastro el que la entregue en el altar. Por otro lado, Kate se ve a sí misma como una mujer desesperada, que busca a través de citas a ciegas que pueden caer en lo patético, encontrar la compañía que quisiera. Ambos, encerrados en un baño y mirando al infinito, sin conocerse, comparten su fragilidad solitaria.
Harvey pierde su vuelo de regreso después de ver la ceremonia desde lejos, pierde su trabajo pues lo despiden por teléfono y pierde la paciencia con la vida. Está solo en el bar del aeropuerto, con la única excepción de esa funcionaria con la que se portó tan mal a su llegada, quien lee una novela romántica dos mesas más allá. Y entonces, cuando él decide disculparse y entablar una conversación, como si fuera un encantamiento, vemos en escena a Dustin Hoffman y a Emma Thompson, Harvey y Kate, hablando, mirándose a la cara, llenando la pantalla con sus actuaciones.
Nos hemos acostumbrado tanto a las actuaciones mediocres en las comedias románticas que ver a un par de actores como estos nos emociona de inmediato. Todos los actores en sus entrevistas dicen que el secreto de su arte está en saber escuchar a otro. Pues lo que suena a palabrería barata para complacer al auditorio se convierte en una realidad cuando uno ve Last chance Harvey. Él de verdad está intentando seducirla con simpatía y sin malicia. Ella se ríe espontáneamente con los comentarios. Él reacciona a su sonrisa y le dice algo aún más galante para convencerla de que se deje acompañar. Ambos se escuchan antes de responder. Y durante algunos minutos tenemos el privilegio de contemplar a dos intérpretes para quienes actuar bien es tan sencillo como respirar. Las pausas que hacen cuando piensan, los gestos para acompañar al otro, la entonación que le ponen a su voz, son una clase de cómo construir un personaje del que el público se enamora. Nos tienen de su lado de inmediato.
Casi podemos saber lo que pasará después. El guión que Joel Hopkins escribe y dirige no es el más original. La ventaja es que no lo necesita, pues al alterar la edad de sus protagonistas y mostrarnos el amor como una oportunidad que le llega a cualquiera, incluso cuando creía que ya no era posible, engrandece esa historia simple y la convierte en un drama esperanzador. Lo único que uno extraña es que Hopkins no le diera más tiempo en pantalla a los diálogos entre los dos protagonistas, que a la manera de Before sunrise o de Before sunset los dejara solos, recorriendo a pie esa Londres de postal, tan distinta a la fría capital, laboriosa y gris, a la que estamos acostumbrados. Si uno se guiara sólo por esta película, podría creer que la capital inglesa es tan romántica como París.
Pero Hopkins apenas escribe y filma su segunda película y decide entonces continuar con la historia del matrimonio de la hija de Harvey, llevando a sus personajes a la fiesta posterior. Ni siquiera evita la escena cliché en la que el protagonista masculino espera sentado mientras la protagonista se mide todos los vestidos posibles en una tienda de ropa. Sin embargo, tal vez el cliché está ahí sólo para mostrarnos que a cualquier edad el amor es igual de emocionante, y que mujeres reales como Emma Thompson llenan mejor los vestidos que las modelos metidas a actrices. Luego vendrá un monólogo para el lucimiento de Hoffman, la pequeña separación de toda comedia romántica y algunas escenas fallidas con la mamá de Kate, que el director no fue capaz de cortar en la edición. Ninguno de sus defectos es tan grande como para impedir que disfrutemos con este relato en el que nadie es malo, donde la vida sonríe a pesar de todo y donde dos actores inmensos, con toda la sabiduría de la experiencia, nos regalan una interpretación compartida, memorable.

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