Nombre: Coraline
Categorías: Drama, Animación, Infantil, Basado en hechos reales, Misterio, Comedia dramática, Basado en una novela, Biográfica
Director: Henry Selick
País: Estados Unidos
Año: 2009

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Javier Moreno

Coraline (2009)

A través del espejo

Coraline es Alicia y no es Alicia. Por algo “Nor Alice” es un anagrama de “Coraline” y “Coraline”, el nombre, se confunde regularmente con “Caroline”, que a su vez no está demasiado lejos de “Carol” -> “Carroll” -> “Lewis Carroll”, el reconocido alias del escritor matemático pedófilo favorito de todos.

Reescribir la historia de Alicia es una de las obsesiones (algunos dirían misiones) recurrentes de nuestra cultura contemporánea. No por nada hay una página en Wikipedia dedicada al tema (¿aunque de qué no hay páginas en Wikipedia hoy en día?), pero por poner tres ejemplos medra bajo la línea principal de The Matrix, es revisitada desde la perspectiva pornográfica-psicoanalítica por papá Alan Moore en Lost Girls, y hasta nuestro querido Ricardo Silva la utiliza como guión secreto de su novela y paseo bogotano que lleva por título Parece que va a llover.

Lo que propone Neil Gaiman en Coraline es que repensemos las aventuras de Alicia como una historia de terror juvenil fantástico. Cualquiera que haya leído Alicia en el país de las maravillas suficientemente temprano coincidirá conmigo en reconocer que no hacía falta: Para un niño pequeño la historia de cómo esta niña (que somos nosotros) se pierde y se sumerge en ese laberinto de contradicciones, conversaciones absurdas y confusiones anidadas es horror kafkiano puro (lamentablemente romantizado y maquillado posteriormente por la todopoderosa varita mágica de Walt Disney.) Desde esta perspectiva parecería que Coraline es innecesaria.

(Pausa para hacer un margarita rojo (con hibiscus). La idea (en desarrollo) es utilizar poco limón y sustituirlo por agua de jamaica concentrada (tal vez preparada con un poco de gengibre). Aunque al fondo de siente un cambio de sabor este primer experimento no me dejó satisfecho. En la próxima iteración reduciré el limón casi a cero y aumentaré la concentración del hibiscus en la preparación del agua.)

¿Pero quién soy yo para declarar algo innecesario sólo porque ya fue hecho antes? ¿No es acaso cierto que cada retorno a una historia aporta nuevas cosas? Mi trabajo de grado, para no ir más lejos, fue una revisión cuidadosa de ciertos desarrollos en álgebra diferencial producidos en 1950 que luego extendí a un contexto más general (donde ciertas restricciones otrora infranqueables desaparecían) para luego revisitarlos una vez más mediante otra motivación con el objeto de asegurar que el concepto renovado fuera suficientemente sólido, que no fuera una construcción arbitraria. No es coincidencia que la disertación se inicie con la siguiente cita de la novela The Moviegoer de Walker Percy (un libro que, dicho sea de paso, todo aficionado al cine con dudas existenciales (¿Y quién no las tiene?) debería leer):

"What is a repetition? A repetition is a re-enactment of past experience toward the end of isolating the time segment which has lapsed in order that it, the lapsed time, can be savored of itself and without the usual adulteration of events that clog time like peanuts in brittle."

Tiene razón el personaje de Percy: Hay algo importante que ocurre en el regreso a las historias. Hay algo que vuelve necesarios todos esos regresos, reflejos y relecturas. La originalidad es una virtud tramposa porque niega nuestra profunda naturaleza recombinadora. Nada nace del vacío. Todo (hasta nuestro propio ser biológico) es una alteración de algo más. Coraline, para volver al tema de esta reseña, utiliza tramas de las aventuras de Alicia, sí, pero también es un homenaje a Treehorn, ese niño impúnemente ignorado por sus papás que Florence Parry Heide inventó y Edward Gorey (la überreferencia de Tim Burton, valga decirlo) tan bien dibujó, y ya en su versión animada y tridimensional se convierte en proeza técnica, una hora y cuarenta y tantos minutos de pura belleza visual, una justificación en la práctica de la animación y, ya exagerando, hasta del cine mismo. Al fin y al cabo, no hay nada más propio del cine que el juego de generar ilusiones de vida mediante la superposición de imágenes estáticas.

Y así llegamos a donde quería, a la afirmación de que el buen cine no necesita justificación y tampoco necesita ocultar sus referencias. Coraline es grande en ese sentido. Coraline admite las suyas abiertamente y juega con ellas, las usa, las destruye, las expone y las pervierte, las transforma en material narrativo bruto abierto a ser moldeado (como debería) una vez más. La historia de la niña que cruza el túnel escapando de su vida tediosa, que se aventura y explora, y luego asume las consecuencias de sus actos, no es una invención del atormentado de Charles Dodgson, es una obsesión hardcoded en lo más profundo de nuestro inconsciente. Es nuestro miedo y nuestra motivación. Es una parábola, si quieren, del escape de la infancia, o del íncidente en el centro comercial. Ahí está. Y por eso vuelve y vuelve. Para enseñarnos cosas cada vez. Para hacernos dudar de la realidad de nuestras vivencias. Y, a la vez (aunque suene contradictorio), para congraciarnos (que, ¡ojo!, es distinto de resignarnos) con lo que somos y lo que (a bien) nos tocó por suerte. Por eso nunca nos decepciona.

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