Nombre: El luchador
Categorías: Drama, Artes marciales, Biográfica, Deportes
Director: Darren Aronofsky
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * * ½

El luchador (2008)

Combatir la vida

Le llaman “Carnero” porque cuando se para sobre el poste de la esquina del cuadrilátero y pone sus brazos en jarras, acercando los puños a su cabeza, las luces que iluminan el espectáculo de lucha crean la ilusión y vemos la silueta de la cabeza de un becerro que se abalanza sobre el luchador que está en el piso. Se pudo haber llamado de otra manera, por supuesto, pero uno quisiera pensar que la elección no fue casual, y que el apodo que tiene Randy Robinson en el guión de The wrestler se debe a la manera en que batallan los carneros salvajes para saber quién lidera la manada, chocando sus cornamentas hasta que alguno de los contendientes termina vencido sobre el terreno.

Randy “The ram” Robinson lleva más de 20 años golpeando y golpeándose en los campeonatos de lucha libre, esa actividad deportiva (no puede ser un deporte si está arreglado desde el comienzo quién va a ganar) típicamente gringa, mezcla de arte marcial con comedia de golpe y porrazo. No sabe hacer otra cosa que vivir de su cuerpo. Hace 2 décadas era una de las estrellas más grandes del circuito de luchas y hoy vive del recuerdo de sus días de gloria, en que incluso fue personaje de un juego de Nintendo. Está solo y pobre. Está viejo y enfermo. Pero aún no se ha rendido.

Lo que enamora de esta película es el enfoque. En vez de hacer la típica historia de redención deportiva, con pelea final ganada en el último minuto, gloria apabullante y chica en brazos, Darren Aronofsky, el mismo director de la maravillosa y terrible Requiem por un sueño, decide mostrarnos sin maquillaje el mundo de Randy cuando se baja del ring, donde las victorias pactadas no existen. Por eso lo vemos con un gorro de baño ridículo mientras se tiñe las raíces de su melena rubia, o con expresión de pesadumbre resignada cuando negocia con un compañero los esteroides que necesita para mantener los músculos bajo la camiseta. Porque el director quiere que miremos las costuras del traje de superhéroe y entendamos que sí hay valor en esos hombres de apodos rebuscados; que detrás de los gestos sobreactuados hay una tropa de circo que sólo conoce una manera de recorrer el mundo.

Para hacerlo utiliza el tono que tendría un documental. Si las locaciones no son escenarios reales entonces el diseño de producción es extraordinario, porque no se siente en ellos la perfección de lo mandado a hacer. Incluso el club en el que baila Cassidy, la stripper de la que se enamora Randy, se ve oscuro y pobremente iluminado, como son en realidad aquellos lugares donde nadie quiere que lo reconozcan. Y si el ambiente es verosímil, lo es mucho más la cotidianidad de los luchadores que Aronofsky nos permite apreciar: cuando conversan para coordinar las piruetas que harán al salir a escena, al felicitarse después de un combate o cuando un grupo de asistentes médicos cura las consecuencias reales de sus violencias actuadas. El director y su cinematógrafa Maryse Alberti logran, con una cámara que parece perseguir y espiar en la intimidad a los personajes, que en los momentos en que Randy va a las competencias montadas en gimnasios escolares, a las patéticas firmas de autógrafos o a los clubes de barrio donde se encuentra con otros luchadores, sea tan creíble la manera en que se comportan, se vea tan cierta la camaradería con que lo abrazan como a un viejo amigo, que lleguemos a creer que Mickey Rourke de verdad se dedica a la lucha en sus tiempos libres.

La sensación de que el protagonista pertenece al ambiente en que se desarrolla la historia no es gratuita. Durante varios años, el actor que en los ochenta era un símbolo sexual (por sus personajes en Nueve semanas y media o en Orquidea salvaje) dedicó los momentos en que no estaba actuando (porque él nunca ha dejado de actuar, como se ha dicho) a destrozarse la cara en combates boxísticos de poca monta por el afán de cumplir un sueño de infancia. Puede que no haya logrado ningún campeonato del mundo, pero su cuerpo y su cara, sin saberlo, se prepararon durante esos años para realizar esta actuación deslumbrante, este personaje memorable que desde su conformación física (pocos actores se habrían arriesgado a aparecer sin camisa, en pantalones de malla y con una melena teñida) pasando por los gestos (la pequeña conmoción en su rostro cuando su hija se recuesta inesperadamente en el brazo) hasta llegar a los movimientos de pelea sobre el cuadrilátero, entrega credibilidad. Creemos que Randy existe, nos duele su decadencia, nos anima su enojo cuando dice con sus acciones “no más de esta mierda”.

Randy no es el único personaje que se gana nuestro corazón. Por un lado está Stephanie, esa hija a quien ha decepcionado tantas veces que ya no lo quiere de vuelta en su vida. Sus ojos, que son los ojos de Evan Rachel Wood nos parten el alma cuando le pide a su papá que se vaya de su casa. Por otro lado está Cassidy, quien a su manera, también debe luchar y ser el espectáculo principal sobre un escenario cada noche, si quiere mantener a su hijo. No sabe hacer otra cosa que vivir de su cuerpo. Según los clientes imberbes que atiende a veces (y que no aprecian esas curvas que son las curvas de Marisa Tomei, cada vez más hermosa) sus días de gloria ya pasaron. Está casi sola y un futuro con Randy no parece un buen salvavidas. Pero aún no se ha rendido.

Entonces, casi al final, entendemos cuál es la cuestión en todo esto. Que lo importante de que el carnero no ceda en su empeño de embestir, aún sabiendo cómo acabarán las cosas, es precisamente eso: que no se deje, que no se la ponga tan fácil al destino. Por eso la sensación de realismo que le quiso imprimir Aronofsky a The wrestler dejando de lado los barroquismos formales que habían distinguido su cine: había que recordar que allá afuera, donde ocurre la vida real y son otros los escenarios de combate, hay gente como Randy o como Cassidy que se parte la espalda con tal de no rendirse. Que su belleza, después de recibir tantos golpes y golpear y ser golpeados, está en la manera en que ponen la otra mejilla, en que vuelven a trepar en el tubo para contonearse sin hacer caso de los insultos, en que le brindan siempre a su público otra función. Porque de todas maneras, cuando la vida nos tenga contra las cuerdas, nos lance a la tribuna o nos apague el corazón, tendremos el coraje para saltar al vacío. Y seguir en la lucha.

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