Nombre: The visitor
Categorías: Drama
Director: Thomas McCarthy
País: Estados Unidos
Año: 2007

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Samuel Castro * * * *

The visitor (2007)

Aquello que nos une

Son las pequeñas decisiones (ayudar o no a esa señora que intenta cruzar la calle, frenar frente al gato que se atravesó imprudente, hablar con la mujer solitaria de la mesa de al lado) las que hacen de la vida lo que es, pues pocos son los que viven grandes aventuras que impliquen enfrentar a una banda terrorista o sobrevivir a un naufragio. Y sin embargo, con esos pasos, casi imperceptibles, labramos nuestro destino, único y diferente al de los demás. El problema fundamental se da cuando renunciamos a las posibilidades que nos brindan esas decisiones; cuando sentimos que todo da igual y que hagamos lo que hagamos, no podremos cambiar nada. Que ya nada del mundo (ni nuestra carrera, ni la gente que nos rodea) nos emociona.

Eso es lo que le está pasando a Walter, pues desde que su esposa murió ha perdido la capacidad de desear. Lo único que parecía ayudarle, esas clases de piano que esperaba cada día y en la que cada día también vivía una decepción por su falta de talento musical, lo han terminado por convencer que a su edad, ya no hay espacio para la esperanza. Hasta que es obligado por un superior de esa universidad en la que hace 20 años dicta el mismo curso —con alumnos que ya no se molesta en conocer—, a viajar a New York a presentar una ponencia en un encuentro académico. Él se resiste, por supuesto, pero no hay nada que hacer: tendrá que ir a ese apartamento de soltero que todavía conserva, durante tres días que desde ya, considera perdidos.

Aunque nos dijeran su nombre no podríamos recordar su rostro. Richard Jenkins, el actor que interpreta a Walter Vale en The visitor ha construido una carrera impecable como actor de reparto, distinguiéndose por camuflarse con su personaje; siempre preciso, siempre invisible. Sólo los que son aficionados a las buenas series de televisión lo recordarán como el patriarca fantasmal de la familia Fisher en Six feet under. Esa misma economía de recursos que lo ha distinguido en sus apariciones secundarias le permite encarnar perfectamente a ese hombre bueno pero gris, que aprovecha la oportunidad que le pone la vida para actuar correctamente. Humanamente. Porque en vez de llamar a la policía cuando encuentra a Tarek y a Zainab viviendo en su apartamento, engañados por algún conocido inescrupuloso, les pide que se queden hasta que encuentren donde vivir. Y mientras concurre a sus compromisos académicos, va acercándose a punta de buenos modales y cortesía a ese matrimonio árabe-africano, especialmente al esposo, con quien comparte el amor por la música. Tarek es un profesional del djembé, una clase particular de tambor, y animado por el movimiento del cuerpo de Walter cada vez que escucha música, se le mide a enseñarle a tocar y a escuchar sonidos que el profesor nunca había disfrutado.

La película, gracias a las interpretaciones sencillas y sin exageraciones de su reparto, a una edición que no se siente, a una cámara fluida y a una fotografía muy natural, brinda una sensación de verosimilitud que atrapa. Por eso los momentos en que Tarek y Walter (a quien por fin le vemos en el rostro algo parecido a la alegría) practican o tocan junto a otros percusionistas en el parque se ven como un documental. Por eso cuando a Tarek lo arresta la policía con el pretexto de que no metió su tiquete en el metro (cuando todos vimos que sí, que simplemente se atrancó con su tambor en el torniquete de marcación) sentimos la misma impotencia de Walter, esa sensación de que presenciamos una injusticia causada por los prejuicios hacia los árabes. Pero lo peor de todo llega cuando nos enteramos de que Tarek y Zainab son ilegales y que a él lo han enviado a un centro de detención en Queens donde, por obvias razones su esposa no lo puede ver. En ese momento Walter se convierte en el visitante del título, en el vínculo de Tarek con el mundo exterior. Y si no fuera por esos dos actores, las visitas en que Walter pone las cartas de Zainab contra el vidrio que los separa para que Tarek las lea, en las que Tarek revisa los resultados de sus prácticas obligando a Walter a tocar en la mesa que comparten, serían insoportablemente tristes. Pero no. Ellos logran que tengan la melancolía de las tardes de domingo, de las desgracias que aceptamos porque no hay de otra.

Hay un símbolo visual de la humanidad de Walter. Es la repetición del acto de abrir la puerta del apartamento para salir al corredor del edificio. Lo hace tres veces: la primera para decirle a los esposos que no se vayan, después para insistirle inútilmente a Zainab que se quede cuando Tarek está detenido y la tercera, la más importante, cuando le dice a Mouna Khalil, la mamá de Tarek —que ha venido a saber de su hijo aún cuando ella también es ilegal—, que no hay ningún problema en que ella ocupe el otro cuarto del lugar. Mouna, la bellísima actriz Hiam Abbas, a la que hemos visto en La novia siria o en Munich, aparece en la película para terminar de transformar a Walter con su forma de ver el mundo. Es ella quien le muestra que los prejuicios se pueden superar cuando conoce a su nuera, que le parece demasiado negra en un principio y que luego abraza como a una hija. Es a ella a quien se le ocurre visitar los sitios que amaba Tarek para conocerlo mejor y quien comenta que las injusticias contra los inmigrantes ilegales del sistema norteamericano son iguales a los que cometía la dictadura en Siria que encarceló y mató de tristeza al papá de Tarek. Con Mouna a su lado, Walter reconocerá que lo que era en un principio un “problema” que se había ganado sin querer, es ahora el mejor motivo que tiene para seguir viviendo, para aprender que a veces hay que encontrar el instrumento apropiado para expresar la música que llevamos dentro.

En The visitor todos los personajes son buenas personas. Con una excepción: el “sistema” que los pone contra las cuerdas, la burocracia que trata mal a personas como Tarek y que tiene el rostro de los policías, de las cámaras electrónicas que miran desde lo alto, de los guardias de seguridad. Walter, el hombre impasible y tranquilo, sólo estalla frente a uno de éstos representantes del Estado cuando no le da ninguna razón de Tarek. Pero la película, inteligente más que independiente, evita las moralejas fáciles y los mensajes de superación. Cuenta la vida como es, dándole valor a ciertas cosas: los lazos que se crean entre las personas, las decisiones que toma cada conciencia, la música que trasciende fronteras. Por eso al final a Walter sólo le queda eso: un ritmo que le recuerda que está vivo. Y una palabra en un idioma desconocido, que lo hizo sentir amado. Más que suficiente para un viaje que sólo iba a durar tres días.

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