Nombre: La boda de Rachel
Categorías: Drama
Director: Jonathan Demme
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * *

La boda de Rachel (2008)

La princesa disfrazada de oveja negra

They tried to make me go to rehab, I said, “No, no, no”
Yes, I’ve been black but when I come back you’ll know, know, know
Rehab, de Amy Winehouse

Es una situación que hemos visto muchas veces en el cine. Un grupo de apoyo de aquellos donde todos se presentan y dicen, “Hola, soy Samuel y soy adicto” mientras los demás aplauden y un personaje protagonista asiste a la cita. Pero aquí hay algo diferente. Mientras sus compañeros relatan sus sufrimientos y describen el esfuerzo que hacen cada día para sobrellevar la carga en que se ha convertido su vida, Kym, la joven a quien hemos seguido hasta acá con el lente de una cámara que parece documental, asiente con fuerza. No hay en ella, como hemos visto en otras películas, ironía o superioridad. Para Kym todo lo que los demás dicen es cierto. Ella no sólo quiere creer que la rehabilitación es posible y que su programa de los doce pasos funciona. Kym necesita que funcione. Desea con todas sus fuerzas que su vida tenga arreglo.

Le han dado permiso en la clínica donde está internada para asistir a la boda de su hermana Rachel, quien ha querido hacer la ceremonia en el jardín de la casa familiar. Desde el momento que recogen a Kym sabemos que hay algo más. Como en las familias donde se han discutido los mismos problemas cientos de veces, parece que el sarcasmo constante fuera la única manera que tienen de comunicarse. Todos la miran como un mal necesario y la cuidan como si fuera a incendiar la casa en cualquier momento. Y ella, que se siente fuera de lugar en esa casa que ha sido invadida por músicos de todos los estilos y nacionalidades amigos del novio, que no sabe cómo actuar cuando se da cuenta de que su hermana ha escogido a una amiga como madrina en vez de a ella, que no puede conducir el carro de su papá, Paul, para ir al grupo de apoyo que describimos al comienzo por un acontecimiento del pasado que no la deja perdonarse, comienza a desmoronarse frente a nosotros, cansada de pedir atención o de buscar la compasión de los demás.

Jonathan Demme, que tiene un lugar en la historia del cine por haber dirigido El silencio de los inocentes, que ya nos había mostrado lo que significa enfrentarse con una sociedad que te acusa en Philadelphia y que últimamente se dedica a los documentales, ha tomado unas decisiones de estilo muy apropiadas para que creamos en esta historia. Por momentos sentimos que vemos un video familiar que alguien grabó con su cámara casera, una cámara a la que no le importa que las habitaciones estén a oscuras (como cuando pillamos a Kym teniendo sexo casual y desesperado con el padrino de la boda) y que atrapa a todos los visitantes en sus gestos más íntimos: a la novia mirando con desdén a su hermana, al novio embelesado con su prometida, al papá sobreprotector ofreciéndole comida a sus hijas como una forma de cuidarlas y mostrarles su cariño. La música, en esta casa que parece una asamblea de Naciones Unidas, no hace parte de una banda sonora: aparece en el momento indicado con la excusa de que los intérpretes están ensayando lo que van a tocar en la fiesta. Sin excepción, los actores lucen como si no tuvieran maquillaje, como si esa fuera la ropa que se ponen todos los días. Incluso a veces dudamos que estén actuando.

Esa sensación de naturalidad se suma a unas excelentes interpretaciones por parte del reparto, algunas verdaderamente memorables. Bill Irwin como Paul, ese padre sensible incapaz de centrar su atención en Rachel aún en vísperas de su matrimonio porque Kym, su hija más frágil, lo necesita. Rosemarie DeWitt, de carrera ascendente en Hollywood, que interpreta a Rachel, en una composición brillante: es la hermana mayor que está harta de ser siempre la más responsable, harta de la condescendencia con la inestabilidad de su hermana a pesar del cariño que le tiene, pero feliz por tenerla a su lado el día más importante de su vida. Y por supuesto, Anne Hathaway, la muchachita que comenzó su carrera como princesa de Disney y que está decidida a mostrar que es una actriz respetable, combinando trabajos comerciales como Get smart con elecciones más arriesgadas como Rachel getting married, donde se destaca por asumir los riesgos que implica el personaje sin preocuparse por su imagen (es difícil recordar a otra estrella femenina que haya aceptado afeitarse las axilas frente a cámara) y que construye una Amy compleja, sin hacerla parecer nunca como una desquiciada, dándole la dignidad que merecen las ovejas negras de todas las familias en el mundo.

Sin embargo, el afán por aparentar naturalidad no siempre es acertado o creíble. La secuencia de los brindis por los novios o de las presentaciones musicales se alarga innecesariamente, como si cada personaje secundario necesitara su cuarto de hora de lucimiento. Para el momento de la boda ya se ha dejado ver la mano del guionista, sacándose algunas casualidades del sombrero de un mago: el padrino también es drogadicto y justo va a la sesión a la que asiste Kym, un excompañero de rehabilitación se encuentra con ella en el salón de belleza y delata una de sus mentiras para que la oiga su hermana mayor. Por fortuna, la edición es prodigiosa y logra, a punta de primeros planos cortos, conectados con sabiduría, que nos creamos esa fiesta exagerada y multicultural, donde se baila de todo, hay invitados de cada color y forma posible y sin que nadie se lo espere, puede aparecer una batucada y un grupo de garotas que bailan samba.

Rachel getting married conecta con su público por muchas razones: un matrimonio es una situación que todos hemos vivido, cada familia es un mundo con sus propias reglas invisibles, nadie se la lleva del todo bien con sus hermanos o con su mamá. Pero la principal razón tal vez sea que nunca claudica en el empeño de mostrarnos que en cualquier vida hay espacio para la esperanza. Que cuando la fiesta acaba, cuando los golpes se desinflaman y a los carros accidentados se los llevó la grúa, siempre habrá alguien con quien contar, por mucho que uno la haya embarrado. Que como en todas las familias, hay muchas cosas dolorosas que sólo salen a la superficie en los momentos de tensión, en las reuniones familiares, en los grandes encuentros. Pero que son esos encuentros, con su caos y su desorden, precisamente, preciosamente, los que te sostienen al borde del abismo, como hoteles de paso siempre abiertos.

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