Nombre: El lector
Categorías: Drama, Basado en una novela, Histórica
Director: Stephen Daldry
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * * *

El lector (2008)

Somos lo que hacemos

Los grandes actores se conocen en los silencios. En lo que hacen con su rostro y con su cuerpo cuando no hay palabras que les ayuden. Porque es mucho más fácil demostrar enojo gritando algún insulto que hacerlo con una mirada. O tal vez no más fácil pero sí más primario. Y no todos los personajes pueden ser primarios. Por eso cuando Hanna Schmitz, desnuda en una bañera, le responde a Michael Berg, ese jovencito que conoció hace pocos días y con quien hace el amor con suavidad y pasión, como quien da una clase sobre un tema que conoce a la perfección, la pregunta que él le formula sobre si lo ama, no dice simplemente “sí”. Duda con los ojos, hace un movimiento con el labio, y como si no quisiera reconocerlo, finalmente inclina la cabeza para aceptar que es cierto, que está enamorada de ese muchachito frágil, para quien ella es toda la felicidad del mundo. Es tan complejo lo que contiene aquel gesto, que cuando horas después ella deja su casa para abandonar al muchacho, podemos comprenderla. Toda la angustia y el miedo de ser feliz con algo que se va a acabar, la ansiedad por estar al borde del abismo con quien no debía, estaban encerradas en ese momento.

Se habían conocido semanas atrás, en la Berlín de 1958 que estaba renaciendo de la ruina en que la había dejado su derrota en la Segunda Guerra Mundial. En un detalle intencional que muestra la astucia visual del director, Stephen Daldry (el de Billy Elliot, el de Las horas) vemos frente al apartamento de Hanna un edificio en construcción, una metáfora de lo que le pasa a los personajes y al país en que viven. El avance de la obra nos marca el paso de los días del romance entre la vendedora de tiquetes de tranvía en sus treintas y el colegial que se deslumbra con aquella mujer, que con la belleza cansada de los años sufridos, se encarga de enamorarlo enseñándole las delicias del sexo. Un sector de la crítica, que confunde juicios artísticos con juicios morales ha dicho que The reader es un pastiche cinematográfico que utiliza una excusa histórica para filmar escenas sexuales pornográficas (porque se supone que el protagonista es menor de edad en la historia). Mentira. Sin esas escenas, sin que veamos qué es lo que ha unido a Michael con Hanna, esa mezcla de aprendizaje mutuo con deseo y ternura, de amistad con complicidad, no podríamos entender la trascendencia de sus acciones posteriores. Porque en este caso la única medida del amor que nace entre estos dos personajes es la manera en que se tocan, la forma en que el sexo se convierte en su vínculo particular. Si no se mostraba, el conflicto de la película sería banal y ridículo.

Cada uno fue fundamental para el otro. Si Michael tenía a una mujer que se le ofrecía, Hanna tenía a un hombre que le leía, un lector particular que le relataba las grandes historias de la literatura, con las mismas ganas de enseñarle a ella lo que Hanna le daba entre las sábanas. Por eso, cuando años más tarde se encuentran, él convertido en un estudiante de leyes y ella como acusada en un juicio de responsabilidad por sus actos como guardia nazi de un campo de exterminio judío, el choque es tan terrible.

Él, desengañado por averiguar algo que no sabía de la mujer que amó, tiene el dato que podría rebajarle la pena con sólo contarlo, un dato que ella tampoco revela (con otro gesto único y sin palabras en la actuación formidable de Kate Winslet) por la vergüenza que le causa. Y entonces, casi una hora después de comenzar a verla, entendemos cuáles son los temas centrales de la película (no es el deseo, ni la madurez, como podríamos creer hasta ese momento): son la culpa y el perdón. Michael, el mismo que vemos encarnado por Ralph Fiennes al comienzo de la cinta como un abogado exitoso y solitario, incapaz de pasar la noche entera con una mujer, no ha podido perdonarse por lo que NO hizo. A Hanna, la sociedad alemana que en algún momento guardó un silencio cómplice no la puede perdonar por lo que hizo, lo que ella no acaba de comprender, pues pensaba que sólo estaba haciendo bien el trabajo que le encargaron (y aquí el toque de franqueza ingenua que le imprime Winslet es perfecto). Y la culpa que sienten los dos, que normalmente miraríamos con aprobación pues ambos son culpables, nos sabe amargo. Porque la película quiere recordarnos lo fácil que podemos condenar y lo tramposas que son las grandes verdades cuando se confrontan con las realidades particulares. Por eso, el profesor de Michael (Bruno Ganz, el mismo que representó a Hitler en La caída) le recuerda que “Lo que sentimos no es importante. Realmente es lo menos importante. La única cuestión que vale algo es lo que hacemos”. Por eso las lecturas de El lector resuenan hasta nuestros días y en nuestra propia geografía.

La narración a cargo de Stephen Daldry es impecable. Aunque son mucho mejores las transiciones temporales que se hacen sin que aparezca el crédito del año en que transcurren los hechos, porque las consiguen con planos parecidos que se superponen, la edición de Claire Simpson, ganadora del Oscar por Platoon y acompañante en la edición de la primera parte de la carrera de Oliver Stone, logra imprimirle a una película pausada un ritmo que nunca pierde el aliento. La fotografía, cuya dirección comparten el maestro Roger Deakins (cuya hoja de vida está llena de trabajos bellísimos) y Chris Menges (no tan brillante pero con cuatro nominaciones al Oscar en los últimos 25 años) nos habla al oído: por eso la textura fría de todo lo que rodea a ese Michael maduro, hasta el último momento en que por fin hace las paces con su memoria; por eso el contraste entre la Berlín lluviosa y opaca en la que vive el Michael adolescente y ese espacio cálido y rojizo del apartamento de Hanna; por eso la mirada escrutadora que espía las ventanas de enfrente del Michael estudiante, que le recuerdan cómo cada persona es una historia única.

Pero es la actuación de Kate Winslet lo mejor de esta película. No sólo porque crea un personaje que supuestamente es “malo”, al que somos capaces de comprender y de justificar. Es porque logra acercarnos a un ser humano de verdad: a una mujer que se enamora de ese niñito con el que hace el amor en las tardes, que defiende lo indefendible en un tribunal que está en su contra, que le da nuevos significados a la palabra dignidad. Es ella, con la fuerza de su rostro, la que nos conecta con el alma de esta película. Porque cuando la vemos escuchando con deleite las palabras que Michael pronuncia en cintas de audio como una forma de perdón, entendemos que lo único de lo que debemos arrepentirnos es de aquello que dejamos de hacer. Porque el resto, es eso que llamamos vida. Y cada cual carga con la suya tan bien como puede.

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