Nombre: El silencio de Lorna
Categorías: Drama
Director:
País: Belgica
Año: 2008

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Samuel Castro * ½

El silencio de Lorna (2008)

Cómo lanzar una película por un despeñadero

No es lo mismo la tercera película que vemos de un director que la primera. A pesar de que hablar de evolución sea osado (más aún en el cine, porque a veces son los jóvenes inexpertos con sus operas primas los que crean revoluciones) sí vamos aumentando los parámetros de evaluación conforme conocemos el trabajo de un realizador. Jackie Brown no nos parecería tan regular si fuera la primera película de Tarantino; no seríamos tan exigentes con Vicky Cristina Barcelona si no hubiéramos visto tanto cine de Woody Allen antes. Pero se supone que eso viene con el hecho de que miremos a los directores como los autores del séptimo arte: cada vez les pedimos mejores trabajos (a veces olvidando que las cúspides de las carreras artísticas rara vez se dan al final de la vida), o por lo menos que estén a la altura de su pasado. Por eso es tan grave lo que ocurre cuando vemos El silencio de Lorna. Lo que hubiera sido un pecado venial de un principiante es en el caso de los hermanos Dardenne, una tragedia.

Al comienzo estamos un poco desorientados. Acompañamos a una mujer que consigna sus ahorros en una cuenta, dirigiéndose al empleado en francés pero luego usando un locutorio para hablar con su familia en otro idioma. Probablemente sea una inmigrante. Después entendemos que comparte el apartamento en el que vive con un muchacho que la irrita, tal vez por la actitud que tiene para hablarle, con esa disposición corporal de súplica que no cesa. Lorna (sabemos su nombre cuando él la llama con angustia porque no puede dormir) en cambio, es dueña de sí misma y firme en cada uno de sus movimientos, como si no dudara, como si se hubiera trazado un plan y lo estuviera cumpliendo a cada minuto.

La cámara de los Dardenne —ese es su estilo—, parece manejada por un estudiante de periodismo: los personajes están siempre en el centro del cuadro como en las fotos familiares de los paseos, la cámara los sigue para mantenerlos así, se mueve repentinamente sin darle la menos importancia al ritmo que pide la secuencia, con muy pocos cortes a primeros planos o a vistas generales. Probablemente sea una herencia de su pasado como documentalistas, que han sabido convertir en su marca de fábrica. Para quien ya ha visto películas como Rosetta o El hijo ese tipo de narración no le es extraña. Por eso tampoco sorprende cuando, unos minutos después, entendemos cuál es la verdadera situación de Lorna: asesorada por un mafioso de poca monta, se ha casado con Claudy, ofreciéndole dinero que él se gasta en su adicción a las drogas para poder —luego de que ella obtenga el documento de ciudadanía belga gracias a su matrimonio—, matar al drogadicto (que no le interesará mucho a las autoridades policiales si sufre una sobredosis)  y ofrecer ella el mismo acuerdo a un ruso que quiere emigrar. Y no sorprende porque eso es lo que han hecho los Dardenne con las historias que escriben: mostrarnos el lado menos luminoso de una Europa que a pesar de ufanarse de su equidad social y del bienestar de sus ciudadanos, también tiene miserias por ocultar, pobreza y corrupción, mafias y vicios.

Durante la primera hora de proyección los Dardenne son coherentes con su historia y su estilo. Uno se alcanza a involucrar con el conflicto y aunque puede parecer forzado en alguien que estaba tan segura minutos antes, es posible entender por qué Lorna se compadece y decide que no van a lastimar a Claudy (otra actuación sobresaliente de Jérémie Renier, el actor que más ha actuado con los hermanos belgas) por su fragilidad y su empeño en abandonar la adicción. Incluso podemos creerle a la película cuando ella se golpea para fingir un abuso que acelere el divorcio legal o cuando usa el sexo para que él no salga de la casa a comprar droga, y hacen el amor en la sala del apartamento, con desesperación y angustia, en una escena realmente pasional.

Al día siguiente, cuando los secuaces de Fabio asesinan a Claudy y Lorna acepta seguir con la farsa de su viudez inesperada, guardando silencio frente a las autoridades mientras visita el local donde quiere poner un restaurante con su verdadero novio, también podemos convencernos de que la historia es posible y que los Dardenne están diciéndonos nuevamente que la crueldad es sólo otra cualidad de los seres humanos, con la que se puede vivir sin culpas. ¡Si ya nos habían mostrado cómo un padre puede vender a su hijo sin sentir remordimiento en El niño!

Pero de repente, como si hubiéramos sintonizado El canal de las estrellas o si la película fuera una coproducción con Televisa, a Lorna le da un mareo mientras sube unas escaleras. Como hemos crecido influenciados malignamente por Verónica Castro y Thalía, decimos casi al unísono en el cine: “Está embarazada”. Y sí, eso es lo que parece. Que Lorna, tan inteligente para todo, no usaba ningún método anticonceptivo. De repente, la trama que nos habían contado hasta ese momento, y que ponía de manifiesto el trasfondo de una sociedad llena de fronteras entre el primer mundo y los demás, se convierte en la historia de una mujer que enloquece, sin que sepamos cómo ni por qué.

De ahí en adelante la película avanza a trompicones por un barranco. Fabio, el mafioso, que hasta entonces escapaba del cliché de los criminales, empieza a actuar exactamente como un matón del DF o de Caracas (de Colombia no, nuestros mafiosos televisivos son protagonistas de sus propias historias, nunca secundarios), Lorna pierde toda compostura y se transforma en una mitómana esquizofrénica que olvida todo lo que antes deseaba. Como si los Dardenne se hubieran arrepentido de lo que estaban contando, el guión decide castigarla con la soledad y la locura. Y todos en la sala comenzamos a mirarnos, incrédulos, dudando en reírnos ahora de una historia que parecía tan seria. ¿Estos son los Dardenne? ¿Esto fue lo que ganó el premio al mejor guión en Cannes?

Por eso El silencio de Lorna decepciona tanto. Porque pensábamos, después de seguir su obra con atención, que uno podía animarse a ver una película de los belgas a ojo cerrado. Pero no. En este, hay que cerrar los ojos a la mitad de la película para guardar el buen recuerdo de algo que pudo ser, y no fue.

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