Nombre: Gran Torino
Categorías: Drama, Crimen
Director: Clint Eastwood
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * * ½
Javier Moreno

Gran Torino (2008)

Old School

Cuando el señor Walt Kowalski se enfurece, cosa frecuente por estos días tras la muerte de su mujer, gruñe. Es un gruñido casi caricaturesco aunque no haya nada caricaturesco en su situación: La vida del viejo Kowalski es triste: Encerrado en su gran casa perdida en un barrio que ya no es suyo, tomado por los chinos, los latinos y los negros que destruyeron el sueño de país -de mundo- que tenía, alejado de sus hijos -tal vez sin reparo, lo sabe-, y repleto de odio contra todo que probablemente -como pasa tanto- es sólo odio contra sí mismo por las cosas que hizo, por las cosas que vivió, por que es difícil aprender a perdonarse y continuar.

Ahí está Kowalski, que es igualito a Clint Eastwood: se sienta en su porche a beber cerveza, saca a su perra labrador a caminar, arregla a diario su prado, cuida con compulsión de un Gran Torino 1972 que es su gran tesoro y de cierta manera un símbolo -si es que les gustan los símbolos- de los orgullos que alguna vez tuvo. Por eso es más que comprensible que una noche, cuando escucha ruido en su garaje trasero, corra con su fusil de la guerra y le apunte a la sombra que intenta sin éxito robar su carro. La sombra escapa pero Kowalski sabe perfectamente quién es: Uno de esos chinos de mierda que cada fin de semana se reunen en la casa a la izquierda de la suya. El menor de todos. El que el día del funeral de su mujer vino a pedir una extensión con esas insensibilidad característica de los otros que jamás entienden lo que pasa y siempre parecen dispuestos a romper duelos, a desconocer el dolor, a cagarse en mi vida con su presencia. Un muchacho llamado Thao Vang Lor.

Lo que sigue es una mezcla entre un Western y una película de entrenamiento estilo Karate Kid, pero por encima de todo una película -valga el cliché- sobre una amistad: Kowalski descubre que Thao intentó robar su carro presionado por su primo pandillero que intenta iniciarlo en el mundo del crimen al que todos los chinos jóvenes del barrio están más o menos condenados. Thao tiene una deuda con Kowalksi y Kowalski convertirá esa deuda en una oportunidad para enseñarle a Thao a ser un hombre de verdad: a decir las cosas de la manera apropiada en el momento apropiado, a apretar la mano con fuerza, a cortarse el pelo cada quince días donde ese italiano usurero de mierda, a invitar a salir a la deliciosa Yum-Yum o como quiera que se llame, y, sobre todo, de trabajar para hacerse a uno mismo. El problema es que la amenaza de la pandilla sigue latente y alguien tiene que hacer algo para detenerlos. ¿Y quién mejor que el viejo y enfermo Walt Kowalski que vivió la guerra y tiene suficientes años para saber qué es vivir y morir? Kowalski también le debe algo a Thao, lo sabe bien, y cada vez le deberá más. Tal vez esa sea la mejor manera de pagar.

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