Nombre: Los fantasmas de Goya
Categorías: Drama, Histórica
Director: Milos Forman
País: Espa
Año: 2006

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Luis Fernando Afanador Perez

Los fantasmas de Goya (2006)

Una película sin duende

Películas decepcionantes hay muchas. Y por esas películas, decía Marcelo Mastrioani, no hay que llorar, simplemente se olvidan. Sin embargo, las películas decepcionantes de un gran director, un gran guionista, un gran fotógrafo, unos grandes actores y un gran productor, no se pueden echar al olvido de una manera tan olímpica: necesitamos una explicación, necesitamos saber qué fue lo que pasó. La malograda Fantasmas de Goya de Milos Forman, Jean Claude-Carrièrre, Javier Aguirresarobe, Natalie Portman, Javier Bardem y Saul Saentzla, merece al menos, creo yo, un entierro de primera.

¿Por dónde empezar? Por el título: la película no es sobre Goya y mucho menos sobre sus fantasmas. “El gran fantasma en la película es Goya mismo”, dijo Carina Chocano en Los Angeles Times. Además, el actor sueco Stella Skarsgard, con su bonhomía y su pasividad, no convence nunca a nadie de ser el atormentado Francisco de Goya y Lucientes. ¿No es creíble un sueco representando a un mito cultural español? Para nada, ese no es el problema: un buen actor es capaz de cualquier cosa. La prueba es la excelente película, Goya, genio y rebeldía (1971), del alemán Konrad Wolf. Y allí, por cierto, el pintor aragonés es representado muy bien por el actor lituano Donatas Banionis.  No hay que buscar el muerto aguas arriba, el problema de la película de Milos Forman no es que sea hablada en inglés. Y si de idiomas se trata, más peligroso que el inglés de Stella Skarsgard, es el incoloro y balbuceante acento castellano de Javier Bardem.

Los Fantasmas de Goya, para empezar a abordarla con cierto orden, es una película sobre la Inquisición española en el momento de la invasión napoleónica que trae una Ilustración “a la fuerza”. A la postre inútil porque la monarquía borbónica regresa de nuevo apoyada por los ingleses con Wellington a la cabeza. Según el testimonio del propio Milos Forman, era un viejo proyecto, nacido cuando aún vivía en la Checoslovaquia comunista y leyó un libro sobre la Inquisición española en el que se hablaba de una falsa acusación de crimen en contra de una persona. Situación muy parecida a las vivida por él en la Checoslovaquia comunista de su juventud, que antes había sido democrática y luego volvió a serlo, como si la historia tuviera un movimiento permanente de flujo y reflujo, de periodos de libertad a otros de represión e intolerancia.  Eso es lo que quería contar desde hace cincuenta años; el proyecto con el cual sedujo al productor Saul Saentz y a su viejo y querido amigo, el connotado guionista Jean Claude-Carrièrre. Aunque una visita por primera vez al Museo del Prado donde quedó impresionado con la pintura de Goya, fue el catalizador que necesitaba para empezar: “Durante la visita al Prado, Forman le relató a Zaentz el incidente sobre la Inquisición que había leído tantos años atrás, y debatieron la idea de hacer una película que hablara de la Inquisición y Goya. A Zaentz le pareció que el resultado podía ser maravilloso”.

Desafortunadamente no lo fue. El recurso que encontraron Forman y Carrière para incrustar a Goya en el tema de la Inquisición y de la invasión napoleónica, es un melodrama poco convincente. Inés Bilbatúa (Natalie Portman), una atractiva muchacha, hija de un rico comerciante, posa como modelo para Francisco de Goya. Hasta que un día, alguien dice haberla visto rechazar carne de cerdo en una tasca, prueba suficiente para apresarla, torturarla y acusarla de ser una judía. Su influyente familia nada puede hacer contra la injusta detención y acude a Goya en vista de sus influencias en la corte: es el pintor de la familia real y un cliente suyo es el hermano Lorenzo (Javier Bardem), el artífice de una nueva ofensiva de la Inquisición con renovados bríos.  Por cierto, un personaje en exceso gesticulante y sobreactuado que inútilmente busca infundir miedo (contrasta con la sobriedad del veterano Michael Lonsdale, verdadero Gran Inquisidor, desperdiciado en su papel secundario). Goya, nada podrá hacer por Inés Bilbatúa que terminará acosada sexualmente por el hermano Lorenzo, un cura hipócrita y libidinoso, vaya qué novedad.  Antes que los lugares comunes sigan adelante habrá un inesperado salto en el tiempo. Un fatal “quince años después” en la que pasarán hechos importantísimos a espaldas del espectador.

El primero, es el giro de 180 grados en las convicciones del hermano Lorenzo quien había huido a Francia. Ahora es un “temible” partidario de la ilustración. Sin que sepamos por qué ni a qué horas, se convirtió a las ideas de Voltaire y ha regresado como dirigente de las tropas napoleónicas a salvar a España del oscurantismo. Es cierto, los extremos se tocan: el derechista furibundo puede llegar a convertirse en el izquierdista furibundo, el inquisidor en el jacobino, abrazados por la religión de la intolerancia. Pero hay que hacer un mínimo esfuerzo por justificarlo, no se puede transformar de un solo machetazo las características de un personaje. Eso es algo que sabe cualquiera, eso ya está inventado desde hace miles de años: la conversión de San Pablo pasa por una epifanía y una caída del caballo en su ruta hacia Damasco. Y eso que los evangelistas creían en milagros.

El segundo, es otra transformación inesperada. Inés, ha envejecido y enloquecido en prisión. Natalie Portman hace lo que puede –siendo justos, lo hace mejor que Bardem-da gritos, se retuerce, pero estamos distraídos con las abundantes capas de crema en su cara para provocar su envejecimiento prematuro. Menos mal que su afeamiento es provisional: su belleza resurgirá de las cenizas en la forma de una maja prostituta que busca sus clientes en un concurrido parque madrileño, dirigida por la mano firme de una celestina, como es debido. Resulta que entre acoso y acoso del hermano Lorenzo en la cárcel, la dama Inés había sido preñada y dio a luz una niña que de inmediato le arrebataron: tal es la causa de su locura. Buscar a la niña por hospicios y por las calles vagabundas será labor del padre irresponsable instigado por la furia de la madre herida. El culebrón es perfecto y para resaltarlo Milos Forman le construye un espejo: la madre y la hija son la misma actriz, Natalie Portman. Un pobre simbolismo barroco: la historia se repite en un eterno retorno.

Entretanto, ¿qué hace Goya? Mirar impotente, ser un testigo sin fantasmas de la locura de Inés, de la miseria en las calles, de las arbitrariedades de los franceses, de la resistencia del pueblo español y de la gran farsa del convertido hermano Lorenzo con sus juicios revolucionarios. Sin duda se trata de una época muy interesante, un momento histórico decisivo y Milos Forman quiere hacérnoslo vivir con una buena puesta en escena y la estupenda fotografía de Javier Aguirresarobe. Pero esto no es suficiente. No queríamos ver un bonito documental histórico.

El grave problema de Los fantasmas de Goya  es su indefinición: no es del todo melodrama ni película histórica. El melodrama que Forman y Carriére le quisieron implantar a los hechos reales se ve más artificioso que la crema utilizada para envejecer a Natalie Portman. No es mostrando un poco de lo uno y de lo otro como se logra el ensamblaje entre el destino individual y el destino colectivo. El punto de vista no está focalizado: no es la película de Inés, ni la de Goya, ni la de Lorenzo. No hubo una apuesta seria por ninguno de los personajes y por eso, al final, es la película de nadie. Sin alma y sin emoción concreta. O, para decirlo en las palabras de Federico García Lorca, que sabía de estas cosas: es una película sin duende.

Si efectivamente Francisco de Goya vivió en aquella época convulsa, si es un personaje complejo sobre el cual nadie ha dicho la última palabra, ¿qué necesidad había de inventarle a su alrededor un relato de pacotilla para hacer una película convincente sobre la Inquisición y la invasión napoleónica? Qué paradoja, esta obra me ha obligado a mirar hacia atrás para ver lo importante que es la película de Konrad Wolf, esa sí sobre los fantasmas de Goya. Y también, a descubrir que la validez de Amadeus reside en el acierto de haber contado la vida de Mozart desde la perspectiva de Salieri. El punto de vista adecuado, he ahí el detalle.

Publicada en Kinetoscopio en marzo de 2009

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