Nombre: Twilight
Categorías: Erótico, Artes marciales, Religiosa, Fantasía, Infantil, Basado en hechos reales, Comedia romántica, Romance, Biográfica
Director: Catherine Hardwicke
Año: 2008

Otras reseñas para esta película

Javier Moreno

Twilight (2008)

Del vampiro como cristiano renacido.

La cosa, ustedes saben, empieza cuando Dios reconoce que todo es bueno y crea al hombre a su imagen y semejanza. Pero el hombre es libre y esa libertad es premio y trampa -y si me preguntan tal vez más lo segundo que lo primero (El Cabrón es sádico)-, así que en menos de lo que canta un gallo el hombre es castigado por un acto de desobediencia que se parece a esos arrestos ilegales de camioneros que acceden a los favores de alguna puta de carretera para luego descubrir que es la buenona Teniente McWilliamson del departamento de policía de Champaign County. Esto probablemente ya estaba planeado o, peor aún, ocurría simultáneamente pues por algo Dios es Dios y creó el tiempo y el espacio y todo lo demás, así que si somos estrictos el Señor Todopoderoso experimenta el universo como un objeto estático -una variedad en cuatro dimensiones sobre su mesa de noche- y al mismo tiempo que crea al hombre lo tienta, lo castiga, lo ahoga, lo crucifica, lo perdona, lo juzga y lo destruye en medio de dragones voladores y ángeles en llamas. Dios, lo sabemos, no es un tipo que se destaque por su sutileza. 

Y bueno, incapaces como somos de apreciar el universo como Dios debemos someternos a esta experiencia del tiempo e imaginar que el objeto estático que habitamos en realidad se mueve y ciertas cosas ocurren y otras no, y hay giros y decisiones y contamos con cierto limitado control sobre nuestras vidas y nuestro entorno. Todo esto es una ilusión pero es útil: nos permite creer que avanzamos, que podemos hacer cosas, que esto dura y sirve, que importamos; y es desde esta perspectiva que contamos la historia y la vivimos. La historia va más o menos así:

Dios crea al hombre pero el hombre es desobediente así que Dios lo castiga con la mortalidad, lo degrada, y el hombre -consecuentemente- se deja llevar por su nueva naturaleza. La clave de esta nueva naturaleza es que Dios puede jugar al premio y el castigo: vosotros sois mis hijos y os aprecio pero sois unos malagradecidos hijos de puta así que os voy a ahogar a todos salvo por dos que sereis elegidos más o menos al azar -tú y tú-, os quiero, pero estos dos engendran una nueva estirpe de pequeños mortales orgullosos y malcriados así que el Señor en su inmensa Sabiduría los somete a pruebas y castigos al mismo tiempo que telepáticamente le dicta libros crípticos a poetas alcoholizados para que los hombres recuerden sus errores y entiendan que siempre habrá una nueva oportunidad para el castigo, la posterior penitencia y la promesa de redención. Para que entiendan y teman y se preparen para un nuevo arrebato innovador del Creador, que decide -lo había prometido- enviar a su hijo hecho hombre (y que era de alguna manera misteriosa Él mismo (me imagino esa escena de The Preacher en la que el Preacher manda a tomar por culo a un sheriff y el pobre desgraciado -forzado por La Voz de Dios- se autosodomiza)) para enseñarle a esta raza degenerada de infieles el camino de la Salvación y el retorno a la Vida Eterna. El método es sencillo. Juan, ese psicodélico genial, lo transcribe en griego en el capítulo seis versículo cincuenta y cuatro de su evangelio y millones de curas alrededor del mundo lo repiten en infinidad de idiomas desde que la misa se estandarizó tras el Concilio de Trento: "El que come de mi carne y bebe de mi sangre tendrá vida eterna; y Yo lo resucitaré en el día final." 

Como quien dice: ¿Quieres salvarte? Fácil: toma sangre humana.

Haberlo dicho antes, dice Pedro, y sobre esa piedra construyó su árbol bifurcante de iglesias mutuamente contradictorias. Dos milenios de maduración teológica fueron necesarios para que un ama de casa residente en Phoenix, Arizona, entendiera a cabalidad el mensaje del Creador: Érase una vez una niña llamada Bella. La joven Bella llega de la ciudad a un pueblo en la mitad de la nada y en el colegio sus compañeros excluyen a cinco muchachos raros y timidones. Bella pronto descubre que Edward, uno de los cinco, tiene poderes sobrenaturales. Edward nació de nuevo hace casi noventa años y desde entonces se sostiene en diecisiete años y brilla al sol. A cambio de la inmortalidad, Edward lleva una vida de privaciones dietéticas y carnales y eso no es algo que le guste. Se siente un monstruo a veces. Tiene la piel pálida de tanto reprimirse. Le gustaría poder volver a ser normal y liberarse de todas esas ataduras pero no puede, y sabe que si Bella está con él corre el riesgo de terminar igual. Pero el amor es más fuerte, como en esa película argentina malísima, y Edward termina confesándole a Bella su secreto: "El que come de mi carne y bebe de mi sangre tendrá vida eterna." Bella, aunque también paliducha (sin excusa) y bastante sosa, es calentona y experimentada y liberal y nada de eso le importa pero Edward, con todo y todo, sigue siendo un tipo controlado, consciente de su compromiso con el Señor, y no permite que Bella lo haga caer en la tentación. Ese es el conflicto. Así se resume: Edward dice no y Bella dice, venga, chiquillo, suelta lo que tienes. En los intermedios Bella, para justificar la boleta, corre peligro, porque otro cristiano más desinhibido que Edward decide que la quiere para él, así que la familia de Edward la protege y finalmente masacra al insolente y le prende fuego, por arrecho.

Todo lo anterior es tal vez exagerado, pero la verdad sea dicha Twilight no es más que un aparato propagandista para vender la abstinencia sexual y la obediencia como virtudes deseables a las adolescentes descarriadas y desenfrenadas que arrastran la Gran America al infierno. Es un producto inteligente y bien armado que vende de lo lindo y, sobre todo, cala. Nos esperan tres capítulos más. Hacia el tercero los bobitos bonitos de Kristen Stewart y Robert Pattinson empezarán a sonar verosímiles, pero entonces será demasiado tarde. Como productos cinematográficos son desdeñables. Como material narrativo son despreciables. Como hábil discurso religioso velado son una absoluta genialidad. Merecen todos mis aplausos y todos mis abucheos. En su moralismo sonso constituyen un preocupante y digno representante de nuestros tiempos.

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