Nombre: Gran Torino
Categorías: Drama, Crimen
Director: Clint Eastwood
País: Estados Unidos
Año: 2008

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Samuel Castro * * * ½

Gran Torino (2008)

El último gran héroe

No es fácil ser viejo. No es fácil ser extranjero en un país donde te miran como a una rata. No es fácil ser adolescente. No es fácil ser. Pero son las dificultades, es la angustia que nos produce lidiar con el mundo, precisamente, lo que hace que tengamos algo en común incluso con gente muy distinta a nosotros. Porque los problemas y los defectos nos convierten en humanos, mientras que nuestras pocas virtudes se notan demasiado en un mundo cruel. Tanto, que incluso la rabia y el orgullo se pueden confundir con valentía, y un viejo gruñón puede ser, sin que él lo espere o lo quiera, el héroe de un barrio de clase media. Como le pasa a Walt Kowalski en Gran Torino, la última película de Clint Eastwood, aquel vaquero oxidado que sigue cabalgando entre nosotros, haciendo dos películas en un año como si nada. Siempre buenas. Siempre apreciables.

Ha muerto la esposa de Walt (el mismo Eastwood hace el papel principal, para seguir sembrando la duda de qué tanto de él, del verdadero Eastwood hay presente en sus personajes) y éste no puede evitar odiar al mundo en que él tiene que seguir resistiendo solo. Porque él sabe que está solo a pesar de la existencia de su familia, que no lo soporta. Él tampoco los soporta a ellos, con su falta de respeto por las tradiciones y su interés sin límites por las cosas que Walt pueda darles, como si no pudieran esperar para echarlo a la fosa y ahorrarse el segundo viaje al cementerio. Por eso el viejo no es capaz de reprimir su ira y gruñe (en un gesto que por exagerado y propio de una comedia, nos molesta en un comienzo, pero al que nos acostumbramos conforme pasan los minutos) espantando a quienes se le acercan, especialmente a ese cura pelirrojo con cara de adolescente que quiere obligarlo a que se confiese, para cumplir el último deseo de la difunta esposa.

Pero como son los dolores y los problemas los que nos unen, Walt se ve involucrado con la familia hmong (una etnia oriental que tuvo que emigrar a Estados Unidos después de ser los principales aliados de los norteamericanos en Vietnam) que vive en la casa de al lado, cuando Thao Vang Lor, el único hombre de la familia, es obligado por una pandilla a unirse a ellos, con un delito de iniciación: intentar robar el Gran Torino (un auto clásico que le da el título a la cinta) que Walt conserva en el garaje como una joya de otros tiempos. El intento falla y los destinos del viejo y el adolescente se cruzan por unos segundos. Cuando al día siguiente Walt espanta con el rifle que usó en su paso por la guerra de Corea a los pandilleros que insistían en agarrar a Thao, la comunidad entera de los hmong lo convierte en un salvador. La puerta de su casa se llena de platos de comida y de flores, que Kowalski rechaza en un primer momento. Pero al defender a Sue, la hermana de Thao, de unos muchachos negros que querían sobrepasarse y darse cuenta conversando con ella de que es una joven inteligente y perspicaz, que no se asusta con sus apuntes fingidamente rudos, comienza a sentir por esa familia ajena el aprecio que no tiene con la propia.

Después viene una combinación de varios estereotipos cinematográficos: el viejo amargado que se vuelve simpático combinado con el sabio que le encarga a su aprendiz algunos trabajos que lo llevarán por el camino de la perfección (“Canción de Navidad" con Karate Kid). Por fortuna al director de 78 años no le dan miedo los estereotipos (a Clint Eastwood no le da miedo nada) y convierte este guión, que en otras manos podría ser un material pueril, en una reflexión sobre varios temas importantes en la sociedad actual: la intolerancia, la soledad, las diferencias culturales. Pero no como un discurso, porque los vaqueros son hombres de pocas palabras, sino en acciones. Cuando Kowalski va a la peluquería y se insulta de todas las maneras posibles con el barbero descendiente de italianos, nos está diciendo que Estados Unidos ha sido tierra de inmigrantes desde siempre, y que es más importante el respeto mutuo que usar las palabras políticamente correctas (ya saben, italoamericano, afroamericano, todos las conocemos). Cuando hace que su personaje central tenga un garaje lleno de herramientas para reparar cosas y le recuerda a Thao que él las ha podido acumular después de décadas de esfuerzo, es como si Eastwood con sus 78 años a cuestas se pusiera delante de un atril y nos soltara una conferencia sobre los valores que han construido a Norteamérica y sobre el hecho de que es el trabajo duro el que nos sostiene (un mensaje pertinente en tiempos de financieros creativos con compensaciones millonarias que quiebran a un planeta)

Esto es la vida, o al menos pretende serlo. Para que todo saliera bien, la productora de la cinta debería ser Disney, no la compañía del mismo Eastwood, que no se llama Malpaso de casualidad. Por eso la armonía que se siente por unos minutos se estropea y el heroísmo de Walt tiene una consecuencia terrible: que la violencia se responda con más violencia, con una violencia brutal que afecta directamente a Sue. Porque la guerra que vivimos en la sociedad moderna no acaba nunca y se ensaña aún más con las mujeres. Y Kowalski, que ha aprendido a amar a esa familia, que ha adoptado a esos hermanos orientales como si fueran su hija y su nieto, se da cuenta de que es el momento de hacer las paces consigo mismo, y se decide por una última acción, una acción drástica que sólo puede realizar el hombre que no tiene nada que perder, que tose sangre a escondidas y que ha hecho ya su testamento para quedar en paz, donde el Gran Torino pasa a las manos que se lo merecen.

Eastwood, como siempre, tiene un instinto entrenado con los años para descubrir a actores que gracias a él comienzan con pie derecho su carrera. Ahney Her, la joven que encarna a Sue y Christopher Carley como el padre Janovich se destacan entre los demás con personajes que son duros por dentro y frágiles por fuera. Todo lo contrario que el mismo Kowalski, que sólo es un árbol viejo de corteza gruesa, muerto de ganas de llenar sus ramas con nidos pero que todavía se opone al rayo que lo puede partir en dos. El cine de Clint Eastwood (él mismo tal vez el último gran héroe del cine aún en actividad) está lleno de hombres que resisten y que al final, cansados, se dejan llevar, recordándonos que nada es fácil. Y que esa es la gracia.

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